Entre las diferentes habilidades y capacidades que debe tener un emprendedor siempre se menciona el liderazgo. Sin embargo, no siempre quién está al mando tiene todo el poder que debería. Un líder débil no está capacitado para tomar las mejores decisiones ni sabe cómo manejar a su equipo.
Por eso, si tienes personas a tu cargo, es hora que hagas una evaluación de tus capacidades y conozcas cómo es tu tipo de liderazgo. Si resulta que es débil, es momento de empezar a hacer cambios para conseguir convertirte en un ejemplo a seguir para los demás y que así te resulte más fácil llevar tu negocio hasta el éxito.
Si eres un líder débil, tu equipo estará quemado

El efecto burnout, estar quemado por el trabajo, es una de las causas más habituales de malestar en el trabajo. De hecho, lo sufren hasta los autónomos, y ya está reconocido como enfermedad profesional. Si notas que en tu equipo de trabajo hay demasiadas personas con este problema, empieza a valorar que quizá la causa seas tú.
Puede que estés sobrecargando de tareas a tus empleados, o que estés castigando mucho los errores y premiando poco los aciertos. El talento de tus empleados es de vital importancia para el éxito de tu negocio, y si no los tratas bien aumentarán los niveles de absentismo laboral, incluso puede que más de uno y de dos decidan marcharse a trabajar a otro sitio.
No tomas decisiones difíciles

Pocas cosas nos demuestran tanto que estamos ante un líder débil que el hecho de que el emprendedor al frente de un negocio no sea capaz de tomar decisiones difíciles. Porque esto demuestra que ni tú mismo confías al 100% en ti y en lo que estás haciendo. Y si tú no lo haces, ¿cómo van a confiar los demás en ti?
Si dilatas la toma de decisiones difíciles esto influye también de forma directa en tu equipo de trabajo, que se verá obligado a implementar los cambios que hayas decidido y hacerlo de forma inmediata, sin tiempo para evaluar bien cómo hay que hacerlo.
Un líder débil no es bueno dando directrices

Una de tus tareas más importantes es ser capaz de transmitir a tus empleados qué objetivos estáis persiguiendo y qué se espera de cada uno de ellos. Dar directrices no es dar órdenes, porque para dar directrices es fundamental manejar el arte de la comunicación. Saber expresarse y también escuchar.
Si no eres bueno transmitiendo las directrices al final tus empleados tienen que interpretar qué es lo que quieres, y puede que lo que ellos interpretan no sea realmente lo que tú querías, lo que da lugar a ineficiencias y a una bajada de la productividad.
No sabes tratar a tu equipo

Un líder débil se comporta como un jefe al estilo clásico y no tiene problema en corregir e incluso regañar en público a sus empleados. Esto, que no parece importante, puede causar una sensación de humillación y malestar en el equipo de trabajo. Si hay algo que nunca debería tenerte un subordinado, es miedo.
Cuando el liderazgo de alguien está debilitado es normal que recurra a malas prácticas como humillar, gritar y montar escenas. Esto no solo no corrige las actitudes incorrectas, sino que consigue que el equipo de trabajo se desapegue todavía más de quien se supone que es su líder.
No das un buen feedback

Una cosa es no abroncar a las personas en público y otra cosa es no darles un buen feedback cuando su desempeño no está siendo el mejor. Si alguien está haciendo algo mal y no se lo dices, lo más normal es que siga trabajando de forma incorrecta, lo que es un lastre para ti y para el resto del equipo, porque alguien tiene que solucionar lo que se ha hecho mal.
Frente al líder débil que busca el enfrentamiento, hay otro modelo de líder debilitado que opta por esconder la cabeza. No sabe cómo criticar a alguien de forma positiva y por eso prefiere no hacerlo. Tampoco es claro con respecto a las expectativas de sus empleados, y esto le puede llevar a prometer cosas que luego no cumple: un ascenso, una subida de sueldo, etc.
No repartes bien el trabajo

Un buen líder debe ser capaz de asignar las tareas a las personas más capacitadas para ellas. Si en lugar de ello adjudicas la misma tarea a diferentes personas para ver quién lo hace mejor, y además no les explicas que lo has hecho así, lo más común es que surja un sentimiento de desconfianza dentro del equipo de trabajo.
Tus empleados sentirán que no confías en ellos, y que además no conoces o no valoras lo suficiente sus capacidades, lo que te lleva a ser inexacto a la hora de repartir las tareas. Y este es un fenómeno que afecta mucho a la motivación y puede provocar que algunos empleados decidan marcharse o, por lo menos, no dar lo mejor de sí mismos en el trabajo.






























































