La demanda mundial de electricidad crecerá un 3,6% tanto en 2026 como en 2027, según la actualización semestral de la Agencia Internacional de la Energía (IEA). Es la tasa más alta desde la recuperación post-pandemia y duplica con creces la media del último decenio, que rondaba el 1,5% anual. El repunte descansa en cuatro vectores que el organismo considera irreversibles: la electrificación de la industria, la expansión de los electrodomésticos y los sistemas de climatización, el despliegue masivo del vehículo eléctrico y, como novedad disruptiva, el consumo voraz de los centros de datos.
El informe, publicado este 27 de julio, revisa al alza las estimaciones que la propia IEA manejaba hace apenas seis meses y entierra la narrativa de un estancamiento de la demanda eléctrica en las economías avanzadas. El documento advierte que el incremento del consumo será especialmente intenso en Asia-Pacífico, pero que ni siquiera Europa y Norteamérica escaparán a la tendencia al alza.
Los motores de un crecimiento insólito
El sector industrial sigue siendo el principal consumidor de electricidad del planeta y su apetito no se ha moderado. La IEA detecta un doble fenómeno: la relocalización de cadenas de suministro —especialmente en semiconductores y baterías— está levantando nuevas fábricas que necesitan gigavatios, y la descarbonización de procesos como el acero o el cemento exige hornos de arco eléctrico y electrolizadores que disparan los requerimientos de red.
A ese motor se suma un segundo, más difuso pero igual de potente: la climatización. En 2026, el número de aparatos de aire acondicionado instalados en el mundo roza los 2.500 millones, un 40% más que en 2016, y su uso concentrado en horas punta obliga a los operadores a dimensionar las redes para picos de demanda que antes no existían. La IEA calcula que solo los equipos de refrigeración añadirán 350 TWh de consumo adicional en los próximos dos años, una cifra equivalente a la producción anual de todas las renovables de Brasil.
El tercer vector, el vehículo eléctrico, ya representa más del 2% del consumo eléctrico global y su participación se duplica cada dos años. La agencia prevé que en 2027 circulen 70 millones de coches eléctricos puros, frente a los 38 millones de 2025. Cada uno de esos vehículos demanda, de media, unos 2.000 kWh al año, lo que suma 140 TWh de demanda nueva en solo dos ejercicios.
Y luego está el comodín que está reescribiendo las proyecciones: los centros de datos. Hasta ahora, el sector tecnológico presumía de mejoras constantes de eficiencia; pero la explosión de la inteligencia artificial generativa ha roto esa tendencia. Un solo entrenamiento de un modelo de lenguaje grande puede consumir tanta electricidad como 1.000 hogares estadounidenses durante un año, y la multiplicación de estos procesos está llevando el consumo de los data centers a tasas de crecimiento del 15% interanual.
La IEA estima que los centros de datos, las criptomonedas y la inteligencia artificial representarán el 4% de la demanda global de electricidad en 2027, el doble que en 2022.
Ese 4% puede sonar modesto, pero equivale al consumo eléctrico conjunto de Francia y Alemania. Y lo relevante es que se trata de una demanda baseload, rígida, que necesita suministro 24 horas al día, siete días a la semana, y que las renovables intermitentes no pueden cubrir sin un respaldo firme detrás.
El rompecabezas de la oferta: entre las renovables y el gas
Que la demanda crezca no es, en sí mismo, un problema: el problema es cómo se alimenta ese crecimiento adicional. La IEA constata que las renovables seguirán siendo la fuente que más crece. La eólica y la solar sumarán 700 GW de nueva capacidad en los próximos dos años, un récord absoluto. Sin embargo, esa potencia no siempre está disponible cuando la demanda aprieta.
El resultado es que el gas natural vuelve a colarse por la rendija. El informe señala que, pese a la expansión verde, las centrales de ciclo combinado aumentarán su producción un 2% en 2026, sobre todo en Asia y Norteamérica, donde los periodos sin viento o sin sol dejan huecos que las baterías aún no pueden rellenar. Las emisiones de CO₂ del sector eléctrico, que llevaban tres años estancadas, podrían subir ligeramente en 2027 por primera vez desde 2022.
El carbón resiste en algunas regiones, pero su participación en el mix global sigue cayendo. China e India siguen siendo los grandes consumidores, aunque ambos países están instalando renovables a un ritmo que sorprende incluso a la IEA. La gran incógnita es si la velocidad de la electrólisis del hidrógeno verde, que podría absorber los excedentes renovables y devolver electricidad firme, será suficiente para evitar un nuevo ciclo de inversiones en gas.

Análisis: la red, el verdadero cuello de botella
El dato más preocupante del informe no está en las proyecciones de demanda ni en las cifras de nueva generación. Está en la palabra que aparece con más frecuencia en el capítulo de advertencias: redes. La IEA calcula que se necesitan 1,2 billones de dólares al año de inversión en infraestructura de transporte y distribución hasta 2030 para evitar que el crecimiento de la demanda se estrangule a sí mismo. La cifra actual de inversión mundial ronda los 600.000 millones,, un 50% por debajo de lo necesario.
El desfase es especialmente grave en economías emergentes del sur y sudeste asiático, donde la demanda crece más rápido y la red es más débil. Pero incluso en Europa, los retrasos en la conexión de nuevos parques renovables se miden ya en años. En España, Red Eléctrica ha advertido que la cola de solicitudes de acceso supera los 130 GW, cuando la demanda punta peninsular rara vez excede los 45 GW. El atasco de la red es, hoy por hoy, el principal riesgo para que la transición energética pueda absorber un crecimiento de la demanda del 3,6% sin recurrir al gas de emergencia.
La IEA pone el foco en las interconexiones internacionales como solución parcial, pero reconoce que los proyectos avanzan a un ritmo de diplomacia, no de ingeniería. Construir una línea de alta tensión entre continentes sigue llevando más de una década, y los plazos no se compadecen con una demanda que crece al doble dígito en los centros de datos cada año.
Hay, con todo, una lectura positiva. La aceleración de la demanda está forzando a gobiernos y empresas a tomarse en serio la eficiencia energética. La IEA destaca que el crecimiento del consumo en 3,6 puntos porcentuales sobre una base que ya es enorme solo es digerible si los dispositivos, los procesos industriales y los centros de datos mejoran su rendimiento por kWh en paralelo. Las bombas de calor, que consumen una cuarta parte de la electricidad que un calefactor resistivo para la misma potencia térmica, son el ejemplo que la agencia repite como mantra. Si el parque de bombas de calor se multiplica, parte de la nueva demanda se compensa con la destrucción de demanda fósil anterior, y el impacto neto sobre las redes puede ser manejable.
Pero la condición es que la inversión en red y en almacenamiento se ejecute sin más dilaciones. Los datos de la IEA, leídos con realismo, dibujan un horizonte en el que la demanda eléctrica, tras décadas de crecer al 1,5%, ha entrado en una nueva era estructural del 3%. Eso implica que cada año habrá que añadir a la red mundial el equivalente a la demanda de un país como Reino Unido. Y que si la cola de conexión no se desatasca, el cuello de botella no estará en la generación, sino en los cables que llevan esa electricidad a los centros de datos, a las fábricas y a los coches eléctricos. La pregunta no es si el sistema podrá con ello, sino si los políticos y los reguladores están dispuestos a tomar las decisiones impopulares —trazar líneas de alta tensión, agilizar permisos, movilizar capital privado— que el 3,6% de crecimiento ya da por hechas.




