The Economist alerta: Trump pierde popularidad entre hombres jóvenes de forma alarmante

El canal analiza por qué la imagen de masculinidad del presidente ya no convence a los votantes jóvenes, pese a sus gestos en la UFC. Las encuestas revelan una caída alarmante en su popularidad.

Donald Trump quiere volver a seducir a los jóvenes y ha encontrado en las artes marciales mixtas su nueva arma de campaña. Este fin de semana, el expresidente convertirá el jardín de la Casa Blanca en un octágono con un combate de la UFC. Pero, según un análisis de The Economist, la maniobra no detiene lo que las encuestas revelan: los hombres de entre 18 y 35 años le están dando la espalda de forma alarmante.

James Bennett, copresentador del medio, acudió a un evento de la UFC para comprobar las sensaciones sobre el terreno. Describe un ambiente muy masculino, pero no necesariamente politizado. «Vi una camiseta de un hombre que decía que estaba orgulloso de no haber criado a ningún liberal. Algo hay, pero el evento no respira política como un mitin», relata. La paradoja que señala The Economist es que los luchadores profesionales exhiben un código de conducta más estricto que el propio Trump. En la jaula hay reglas: no se patea en la ingle, no se insulta al rival después del combate y, sobre todo, se acepta la decisión del árbitro sin aspavientos. «Metafóricamente, esas son las reglas básicas que Trump se salta una y otra vez», subraya Bennett.

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La masculinidad escenificada no llena la nevera

El problema de fondo, según el análisis, no es que Trump haya dejado de proyectar la imagen de macho alfa que cultivó desde 2016. Lo que falla es la entrega de lo que esos hombres reclaman en su vida cotidiana: mejores empleos, vivienda asequible y un horizonte económico que no dependa de un golpe de efecto. «Está perdiendo a los jóvenes no por fallar en la imagen, sino por no ofrecerles nada tangible», sentencia el vídeo.

Esa desconexión genera una tensión creciente. El votante joven se siente atraído por el espectáculo —la UFC, los mítines con pulso de pelea— pero a la hora de votar empieza a medir la factura de las promesas rotas. The Economist recuerda que en 2016 Trump respondió a la clásica pregunta sobre empleo con un «nos han robado los trabajos y voy a recuperarlos». Ocho años después, la guerra comercial con China no ha desencadenado el renacimiento industrial prometido. Las cadenas de suministro siguen tensionadas y los empleos manufactureros no han vuelto en la cantidad prometida. Además, los trabajos agrícolas y de servicios que ocupaban los inmigrantes, muchos de ellos indocumentados, no atraen a los trabajadores nativos. Como señala el análisis, la ecuación no cuadra y el votante joven lo nota en su cartera.

«. Ya en 1899 Teddy Roosevelt arengaba en Chicago a favor de la «vida esforzada» porque temía que el varón estadounidense se ablandara. En 1958, el historiador Arthur Schlesinger se preguntaba en un artículo qué le pasaba al hombre americano. «No hay historias nuevas, solo reporteros nuevos», ironiza Bennett. La novedad ahora es que el debate ha migrado del ámbito cultural a la economía real. Antes se trataba de preservar una esencia masculina; hoy, el enfado se dirige contra un sistema que no da oportunidades.

Durante las campañas anteriores, muchos jóvenes declararon sentirse más hombres tras votar a Trump, como si el acto de depositar la papeleta fuera en sí mismo un gesto viril. Esa percepción, recogida en sondeos, funcionó en 2016 y 2020. Pero en 2026, con el coste de la vida disparado, la lealtad se desgasta. The Economist subraya que el trumpismo ha mutado de un mensaje de responsabilidad individual —el «levántate por tus propios medios» de Hillbilly Elegy de J.D. Vance— a un discurso que culpa al inmigrante y a China. «Es más fácil quejarse que gobernar», critican, y la diferencia entre culpar y actuar es el centro de la hemorragia de votos. En la UFC, al menos, los luchadores asumen su responsabilidad; en la política actual, la culpa siempre está fuera.

Republicanos, ¿el nuevo partido mamá?

The Economist aborda un giro curioso. Desde los noventa, los demócratas eran vistos como el partido mamá (regulador, protector) y los republicanos el partido papá. Pero con Trump, los conservadores se han vuelto tan intervencionistas que la etiqueta se diluye. Las políticas republicanas ahora buscan moldear estilos de vida, una actitud que históricamente se atribuía al progresismo. Esta ambigüedad de roles no aclara a quién votar si lo que se busca es una identidad masculina definida. Además, la agresividad del movimiento trumpista en la regulación de comportamientos —desde el aborto hasta la educación— recuerda más al supuesto estado niñera que tanto criticaban.

La encrucijada para Trump es compleja: necesita mantener la épica de la lucha sin ofrecer victorias materiales. Los datos de intención de voto revelan que por mucha UFC en el jardín, los hombres jóvenes prefieren a candidatos que hablen de salarios, alquileres y estabilidad. La puesta en escena ya no es suficiente. Y en las elecciones de 2026, esa brecha puede costarle caro al Partido Republicano.

Las cuentas vacías y el voto que huye

Si Trump no revierte la tendencia, el Partido Republicano podría perder una franja que fue decisiva en sus dos victorias anteriores. Las elecciones de medio mandato de este año se antojan un termómetro clave. Sin embargo los datos muestran una erosión constante entre los hombres jóvenes, justo el segmento al que la campaña apelaba con más fuerza. El informe de The Economist sugiere que el votante masculino joven ha madurado políticamente: distingue entre el espectáculo y la sustancia, y está dispuesto a castigar a quien no le resuelva los problemas de su día a día. La masculinidad performativa, concluye el análisis, pierde fuelle cuando la cuenta de ahorros está vacía.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de The Economist en YouTube.


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