El conflicto de Irán podría acelerar las inversiones energéticas 

La inversión en exploración y producción de crudo ha sido insuficiente durante más de una década.

El nuevo cierre del estrecho de Ormuz por la guerra de Irán ha generado una situación de volatilidad en todos los mercados energéticos. En este sentido, el último informe de Scholders plantea que, debido a la contracción previa de los mercados de petróleo que se ha visto acelerada por la guerra, se dará pie a un nuevo ciclo inversor para satisfacer a la demanda energética. Una demanda, que estructuralmente no deja de subir debido a la entrada de infraestructuras clave como la inteligencia artificial. 

Irán podría propiciar un nuevo ciclo inversor

A partir de ahí, el diagnóstico que dibuja la gestora británica no se limita a un episodio puntual de tensión geopolítica, sino que apunta a un cambio de fase en el sistema energético global. Aún así el daño generado por Irán al mercado internacional es evidente, no por nada el estrecho de Ormuz actúa como un punto crítico de la arquitectura energética internacional, ya que por él transita en torno al 20% del petróleo mundial y una parte relevante del gas natural licuado. Por lo que su cierre efectivo introduce un choque inmediato sobre la oferta disponible.

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Pero el elemento estructural, según el análisis, es otro: el mercado ya venía tensionado antes del conflicto. En este sentido, la inversión en exploración y producción de crudo ha sido insuficiente durante más de una década, en un contexto en el que el sector energético ha reducido su peso en los índices globales desde niveles cercanos al 14% en ciclos anteriores hasta aproximadamente el 3% actual.

Esta infraponderación no solo refleja un cambio de preferencias del capital que abogan por energías más descarbonizadas, sino también una disciplina financiera más estricta por parte de las compañías, que han priorizado retornos al accionista frente a expansión de capacidad.

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El resultado es una base de oferta más rígida, ya que la vida útil de las reservas en muchas compañías se ha reducido de los 14-15 años de principios de los 2000 a niveles de entre 7 y 10 años en la actualidad. Al mismo tiempo, los grandes yacimientos maduros continúan en declive natural y los nuevos proyectos tardan más en madurar, con un pipeline de inversión limitado más allá de 2026 fuera de regiones concretas como Brasil, Guyana o Canadá.

Estrecho de Ormuz. Fuente: Merca2.
Estrecho de Ormuz. Fuente: Merca2.

En paralelo, la demanda eléctrica entra en una fase de crecimiento estructural más visible para compensar los problemas del petróleo propiciados por la guerra de Irán. En Estados Unidos, por ejemplo, se proyectan tasas de expansión del 2% al 3% anual a largo plazo, impulsadas por dos vectores principales: la electrificación de la economía (transporte y calefacción) y el auge de los centros de datos vinculados a la inteligencia artificial generativa. Este último factor introduce un nuevo elemento de presión, ya que una parte creciente de estas infraestructuras depende directamente de generación a gas natural, especialmente en ubicaciones no conectadas plenamente a red.

Iran EEUU geopolitica Merca2
Bandera de Irán y de EEUU. Fuente: Merca2

Según el análisis de Scholders el resultado de esta situación es un mercado con menor elasticidad entre oferta y demanda, debido a que la inversión necesaria para añadir nueva capacidad energética no solo es intensiva en capital, sino también lenta en ejecución, con ciclos de varios años entre la decisión de inversión y la entrada en producción.

En este escenario, el informe de Schroders interpreta que el sector energético una vez superada la coyuntura de Irán, entraria en una fase potencialmente más rentable, con un medio plazo consolidando un entorno de beneficios más sostenido para las compañías energéticas.


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