Las 12 mejores escapadas en AVE o tren desde Madrid (imperdibles)

Desde la monumental Sevilla hasta la coqueta Segovia, la alta velocidad convierte España en un abanico de destinos para un fin de semana. Un recorrido por doce ciudades que se saborean sin prisas y se alcanzan en poco más de un par de horas.

Pocas cosas despiertan tanto el deseo de viajar como la certeza de que, en poco más de una hora, el paisaje cambie por completo. Desde Madrid, la alta velocidad tiende un puente de acero hacia una docena de ciudades que aguardan con los brazos abiertos, cada una con su propio latido. Los trenes de bajo coste han multiplicado las opciones y han democratizado los puentes festivos, las escapadas de fin de semana y hasta los caprichos de un día. Basta con subir al andén.

La red de AVE, Avant y los nuevos operadores privados conecta la capital con joyas patrimoniales, puertos de mar y mesetas vinícolas sin que el viajero tenga que preocuparse más que del asiento que elija. A continuación, doce destinos que confirman que el verdadero lujo es la cercanía.

Publicidad

Sevilla

El sol se cuela entre las ramas de los naranjos de la plaza Virgen de los Reyes, justo cuando la Giralda proyecta su sombra sobre la piedra. En dos horas y treinta y dos minutos de trayecto desde Madrid, Sevilla se despliega como un abanico de cal, azulejo y leyenda. La catedral, el Archivo de Indias y el Real Alcázar forman un trío monumental declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, pero la ciudad no se agota en los tópicos: los corrales de vecinos de Triana, los bares de la Alameda donde la cerveza llega con una tapa de jamón sin preguntar, o un paseo en barca por el Guadalquivir al atardecer son regalos que solo se descubren caminando sin mapa.

En el barrio de Santa Cruz, un patio escondido huele a azahar y a incienso de Semana Santa perpetua. La recomendación inevitable es asistir a una velada flamenca en un tablao con solera, donde el quejío rasga la noche y las palmas estremecen. Y antes de volver a la estación de Santa Justa, un paseo en calesa por el parque de María Luisa devuelve al viajero a un tiempo más pausado.

Huesca

Con un viaje de apenas dos horas y trece minutos, Huesca desmiente a quienes creen que el interior es solo trigo y soledad. La capital altoaragonesa es una ciudad amable, de piedra gris y tapas generosas, donde la catedral gótica y el monasterio románico de San Pedro el Viejo dialogan en silencio. El aroma a ternasco asado se cuela por las callejuelas del casco antiguo, y en los bares del Coso, el viajero entiende por qué la gastronomía oscense tiene tantos devotos.

Para quienes deseen salir del casco urbano, la provincia ofrece dos escapadas de altura. La primera, el tren de alta montaña de Panticosa, que asciende entre neveros y prados hasta cotas donde el aire sabe a hierba fresca. La segunda, las pasarelas del río Alquézar, un balcón suspendido sobre cañones esculpidos por el agua. Ambas excursiones justifican por sí solas el billete.

Barcelona

Barcelona se saborea en dos horas y media de alta velocidad, y su horizonte, con el mar a un lado y la montaña al otro, es uno de los más rotundos de Europa. La Sagrada Familia sigue alzándose como un organismo vivo que cambia con cada visita; el Parque Güell y sus formas ondulantes son un reguero de color que anticipa la fantasía de Gaudí. Pero si el viajero ya ha pisado antes la ciudad condal, la oferta se duplica: la Casa Milà, el barrio gótico, o un catamarán con música en directo para contemplar el skyline desde el Mediterráneo.

Un capricho que pocos olvidan: un paseo en globo sobre el Parque Natural del Montseny, donde los alcornoques se vuelven puntos verdes y el azul del mar compite con el del cielo. Los billetes de bajo coste, desde los nueve euros, convierten Barcelona en una excursión tan fácil que casi se hace sola.

Barcelona
Fuente: Servimedia

Logroño

Cuatro horas separan Madrid de Logroño; un trayecto que, en lugar de disuadir, invita a saborear el viaje como quien degusta un vino con cuerpo. La capital riojana es un cruce perfecto entre patrimonio y tapeo. La concatedral de Santa María de la Redonda vigila un entramado de calles peatonales donde el eco de los pasos se mezcla con el tintineo de los catavinos. La calle Laurel es una romería sin santoral: los champiñones a la plancha, las alcachofas y los pinchos de tortilla son la gramática básica de cualquier conversación.

El plan redondo incluye reservar una visita a una bodega cercana, en Laguardia o Haro, para caminar entre barricas y oír a los enólogos hablar de la tempranillo como quien habla de un viejo amigo. Logroño, sin alzar la voz, convence por la boca.

Valencia

En una hora y cuarenta minutos, el tren deja atrás la meseta y entrega una brisa que ya huele a mar. Valencia es una ciudad de contrastes afortunados: el casco antiguo, con la Lonja de la Seda —declarada Patrimonio de la Humanidad—, la Catedral y el Mercado Central, aún late al ritmo de los comercios de siempre; mientras que la Ciudad de las Artes y las Ciencias, con sus formas de hueso y ojo, mira al futuro sin complejos.

El barrio del Carmen, con sus muros de grafiti y sus plazas escondidas, es la mejor antesala para una tarde de horchata y fartons en un merendero a la sombra. Y si el tiempo acompaña, una barca por la Albufera al atardecer convierte el arrozal en un espejo anaranjado que solo se rompe con el vuelo de las garzas.

Centro Cultural de Bancaja en la calle General Tovar Valencia Espaa 2014 06 30 DD 84 Merca2

Málaga

Málaga desarma al visitante primerizo con una luz que parece recién estrenada. Desde que el AVE cubrió el trayecto en dos horas y veinticuatro minutos, la capital de la Costa del Sol dejó de ser solo playa para reivindicarse como una ciudad de museos y sabores. La alcazaba, el teatro romano y el Museo Picasso son un itinerario de siglos que se recorre a pie, mientras el olor a espeto de sardinas tira hacia el paseo marítimo.

La calle Larios, peatonal y bulliciosa, es el corazón que bombea vida hacia el puerto. Y si la jornada da para más, los pueblos de Frigiliana y Nerja, con sus fachadas blancas y sus cuevas de balcón al mar, esperan a menos de una hora de coche. El Caminito del Rey, con sus pasarelas colgadas sobre el desfiladero, añade la dosis justa de adrenalina.

Córdoba

En una hora y cuarenta minutos se alcanza la ciudad donde el crisol de culturas dejó su huella más luminosa. La Mezquita-Catedral de Córdoba, con su bosque de columnas y arcos bicolores, es una experiencia que aturde tanto por su belleza como por su silencio. Declarada Patrimonio de la Humanidad en 1992 junto con el casco histórico —uno de los más extensos de Europa—, la ciudad invita a perderse por la judería, donde las macetas de geranios compiten en color con los patios del Alcázar de los Reyes Cristianos.

A ocho kilómetros del centro, el yacimiento de Medina Azahara asoma como una Pompeya califal que asombra por su refinamiento. En la mesa cordobesa, el salmorejo —espeso, frío y con huevo picado— y las berenjenas fritas con miel de caña hacen que el paladar se rinda a la tradición.

Si vives en Sevilla, Córdoba o Badajoz, la NASA advierte: el calor extremo hará imposible la vida en pocos años
El estudio de la NASA proyecta que Andalucía experimentará tres meses seguidos de 35 grados o más en 2050

Zaragoza

El trayecto desde Madrid hasta Zaragoza apenas dura una hora y veintiún minutos, y el viajero, nada más bajar del tren, se topa con un caso único: la Plaza del Pilar, donde la basílica barroca y la catedral del Salvador se miran de reojo mientras el Ebro fluye indiferente. El Palacio de la Aljafería, joya del mudéjar aragonés también Patrimonio de la Humanidad, traslada a la época de los reinos de taifas con sus yeserías y sus patios de naranjos.

El tubo zaragozano es la zona de tapeo por excelencia, donde los huevos rotos con foie y las croquetas de jamón se piden con un vino de Cariñena. Zaragoza es una ciudad que suma y sigue, sin estridencias, y que deja al visitante con la sensación de haber descubierto algo que pocos cuentan.

Publicidad

Alicante

Dos horas y dieciséis minutos bastan para cambiar el secano por las palmeras. Alicante recibe con una luz blanca que rebota en el castillo de Santa Bárbara y se filtra por las callejuelas empedradas del barrio de Santa Cruz. La ciudad ha sabido guardar sus refugios subterráneos de la guerra civil, visitables hoy como testigos de otra época, y al mismo tiempo se abre al Mediterráneo con playas de bandera azul donde el chiringuito manda al mediodía.

La isla de Tabarca, a unos veinte minutos en barco, es una reserva marina de aguas turquesas ideal para el snorkel y el buceo. Sus casas bajas y su calma insular contrastan con el bullicio del puerto alicantino. Y de vuelta en tierra, una cena a base de arroz a banda y un helado en la Explanada cierran la jornada con la brisa del atardecer.

León

El viaje hasta León se despacha en una hora y cincuenta y seis minutos, y la recompensa es una ciudad que abraza al viajero con sus tapas gratuitas y su piedra milenaria. La catedral, con las segundas vidrieras más grandes del mundo, solo superadas por las de Chartres, convierte la luz en liturgia cada mañana. Muy cerca, la Casa Botines de Gaudí y el palacio de los Guzmanes recuerdan que León fue capital de reino y de vanguardia.

El Barrio Húmedo y el Romántico son el epicentro del tapeo: una caña siempre viene acompañada de un pincho generoso, y la cecina, el botillo y los vinos del Bierzo redondean la experiencia. El antiguo convento de San Marcos, hoy parador, añade el broche de oro con un claustro que transporta al siglo XVI.

Valladolid

En una hora y cincuenta y un minutos se llega a la que fue capital del imperio y que hoy presume de una elegancia discreta. Valladolid está considerada una de las ciudades mejor iluminadas del mundo, y al caer la noche, la iglesia de San Pablo y la catedral se bañan en una luz que realza cada detalle plateresco. La iglesia de Santa María de la Antigua, con su torre románica, es una joya que merece la visita pausada.

El tapeo vallisoletano tiene fama bien ganada: las croquetas de bacalao, los pinchos de lechazo y los vinos de Ribera del Duero o Rueda componen una sinfonía que se reparte entre los bares de la plaza Mayor. Valladolid sabe a tradición y se saborea sin prisa.

Segovia

A solo treinta minutos en alta velocidad, Segovia es la escapada más cercana y una de las más rotundas. El acueducto romano, aún en pie sin una gota de argamasa, corta la ciudad con la misma naturalidad que el cochinillo corta la cuchara. El Alcázar, que inspiró a Disney, y la catedral gótica coronan una visita que no necesita más que un paseo por la muralla y el barrio judío.

La mesa segoviana no se anda con rodeos: el cochinillo asado, los judiones de la Granja y el ponche segoviano son el cierre perfecto para una jornada que empieza con la historia y termina con el mantel. Desde la estación de Guiomar, el regreso a Madrid se hace en un suspiro, dejando al viajero con la sensación de haber vivido un paréntesis monumental.

Estas doce ciudades forman un collage de paisajes, sabores y piedras viejas que la alta velocidad ha colocado al alcance de la mano. La red ferroviaria española no solo conecta puntos en un mapa: acerca historias, vidas y un patrimonio que, en el fondo, es de todos.


Publicidad