7 alimentos que se venden como «sanos» o «light» en el supermercado, pero que los nutricionistas piden evitar

El supermercado está lleno de envases que prometen salud en la cara delantera y la desmienten en la trasera. Por eso, el criterio de esta lista que te dejamos a continuación es contrastar el reclamo grande —«0% materia grasa», «integral», «100% fruta», «sin azúcar añadido» o «fuente de proteínas»— con la información nutricional y la lista de ingredientes de la letra pequeña. La referencia para los azúcares es el Reglamento (CE) 1924/2006, que solo autoriza la mención «bajo contenido en azúcares» por debajo de 5 g por 100 g en sólidos y 2,5 g por 100 ml en líquidos. Varios de los siete lo superan.

Los siete comparten un patrón: el adjetivo que los vende describe una ausencia (sin grasa, sin azúcar añadido) o un origen (de avena, de fruta), no un efecto sobre el organismo. Cuando se retira la grasa se añade azúcar, sirope o edulcorante para recuperar el sabor; cuando la harina es refinada se compensa con sal, jarabe de glucosa y grasa vegetal; y un zumo conserva el azúcar de la fruta, pero pierde la fibra que modera su absorción. Las cifras salen de comparar etiquetas de marcas corrientes, con trabajos como los de la OCU o el estudio del grupo BADALI sobre barritas.

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Pan de molde «integral» o «100% integral»

white dough on brown wooden table
Foto de Simona Sergi en Unsplash

El pan de molde que se vende como «integral» o incluso «100% integral» no siempre es lo que promete la etiqueta. La conocida como ley del pan (Real Decreto 308/2019), en vigor desde julio de 2019, reserva esa denominación para los panes elaborados exclusivamente con harina de grano entero; si se mezcla con harina refinada, el envase debe indicar qué porcentaje de la harina es integral. Por eso, cuando el primer ingrediente de la lista es «harina de trigo» a secas —es decir, harina refinada—, el producto no es un integral auténtico, por mucho que el color oscuro o la palabra «integral» en grandes letras sugieran lo contrario. El detalle no es menor: la harina refinada conserva solo el endospermo del grano y pierde buena parte de la fibra, de las vitaminas del grupo B y de minerales como el magnesio y el zinc, de modo que su aporte nutricional se acerca mucho más al de un pan blanco que al que anuncia el envoltorio.

A la harina refinada se suman los azúcares añadidos, que en este tipo de panes suelen camuflarse como jarabe de glucosa, sirope de maíz, dextrosa, maltosa o melaza. Su función es dar color tostado y una miga más esponjosa y dulce, y en la práctica convierten un alimento que debería ser básico en un producto azucarado que nadie espera encontrar en el pan. La sal juega en la misma dirección: algunos panes de molde llegan a los 1,2 gramos por cada 100 gramos, de forma que dos rebanadas de unos 30 gramos ya aportan alrededor de 0,7 gramos de sal, una parte considerable de la que se recomienda repartir a lo largo del día. La ley del pan fijó un máximo de 1,66 gramos de sal por 100 gramos para el pan común, obligatorio desde abril de 2022, precisamente para frenar el sodio oculto en un alimento de consumo diario. Con harina refinada de base, azúcares añadidos y una carga de sal elevada, el producto pierde el principal argumento con el que se vende.


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