Hay temporadas que se olvidan. Hay temporadas que no deberían olvidarse porque lo que revelan sobre una institución es demasiado importante como para que el mercado de fichajes del verano lo tape. La 2025-26 del Real Madrid de baloncesto es de las segundas. Primero sin títulos en quince años. Final de Euroliga perdida. Final de Copa del Rey perdida ante el Baskonia. Eliminados en cuartos de ACB por un Tenerife que no debería ganar al Madrid si el Madrid funciona. Y todo culminado con la cadena de decisiones más cara y menos coherente que recuerdo en la historia reciente de la sección blanca. Lo peor curiosamente no fue no ganar ni un título, sino la imagen final de equipo patético y en descomposición y el carrusel de fichajes mediocres e inútiles que aportaron cero.
Permíteme contarlo con el orden que se merece.
Lyles y Hezonja se van. Los buenos no quieren quedarse. Y eso no pasaba
Empecemos por lo que más duele, porque es lo más revelador. Trey Lyles y Mario Hezonja han sido los dos mejores jugadores del Real Madrid en la temporada que acaba de terminar. No es una opinión de aficionado. Es lo que dicen los números, es lo que dijo el propio Scariolo cuando aún era el entrenador, y es lo que confirma que Lyles llegó a la final de Euroliga siendo uno de los destacados del equipo y que Hezonja ha liderado al equipo en puntos en múltiples jornadas durante todo el año. Hezonja se va curiosamente perdiendo dinero, la explicación es evidente, esta harto y no se cree el proyecto, ya ni presume ni vende ese falso madrilismo que tan rentable le había sido.
Los dos mejores jugadores de la temporada se van. Uno por la NBA o Dubai. El otro porque simplemente no ha querido renovar. Y esto —que un jugador de primer nivel decida marcharse del Real Madrid sin que haya un equipo claramente mejor esperándole— no pasaba hace cinco ni hace diez años. El Madrid de baloncesto en su mejor época era un destino que los jugadores buscaban. Era un proyecto en el que querías estar. Una plataforma. Un escudo que sumaba.
Que Hezonja, con contrato hasta 2029, haya forzado su salida, y que Lyles, que llegó con mucha ilusión y demostró ser un jugador de primera línea europea, se marche anunciándolo en Instagram sin que el club haya podido —o querido— retenerle, dice algo muy concreto sobre el estado del proyecto. Yabusele es el ejemplo histórico que lo confirma: tras su paso por el Madrid, vuelve a Europa y ni se planteó regresar al club blanco por una cuestión de salario y de proyecto. Antes eso era impensable.
La plantilla del año pasado: fichajes que no ficharon
La plantilla de la temporada 2025-26 fue un experimento que salió mal casi en todos los frentes externos. Los fichajes del verano pasado han demostrado un nivel de acierto que en cualquier empresa del mundo supondría una revisión profunda del departamento responsable.
David Krämer, el escolta alemán, fue fichado con expectativas razonables y tuvo un rendimiento tan irregular que no encontró continuidad en el sistema de Scariolo. Se va. Alex Len, el pívot que llegó como refuerzo de emergencia, tampoco ha dado el nivel. Se va. Theo Maledon, llegado también en circunstancias de urgencia por las lesiones, igual. Además ilusione y contacta lo justo con la grada. No hace jugar al equipo penetra (muy bien) y penetra para sacar faltas y alguna que otra canasta. Primer año decepcionante que hace pensar que no es jugador para el Madrid. Chuma Okeke, que atravesó la temporada en distintas fases hasta ser descartado en algunos encuentros, está en la rampa de salida hacia el Hapoel Tel Aviv. Surrealista sería que se quedara porque ha aportado lo justo tras unos ilusionantes diez primeros partidos.
Cuatro o cinco jugadores que llegaron, no aportaron lo esperado y se van. El coste de esos fichajes fallidos —en salarios, en derechos de imagen, en plazas de extracomunitario malgastadas, en oportunidades de mercado que no se aprovecharon— nadie lo ha cuantificado públicamente. Pero alguien tomó esas decisiones. Y ese alguien no ha rendido cuentas de nada.
El circo del entrenador: cinco millones por un año de Scariolo y un millón de cláusula por el siguiente
Aquí está el capítulo que me parece más escandaloso en términos de gestión del dinero del socio.
Sergio Scariolo fue contratado con un contrato de tres temporadas. Un entrenador con enorme currículum, seleccionador de España durante décadas, con experiencia en la NBA como asistente en Toronto. Se le contrató con el proyecto claro de construir algo. Se le firmó hasta 2028.
Un año después, se le ha despedido con una indemnización de cerca de cinco millones de euros —equivalente a sus dos años restantes de contrato— porque el sentir del vestuario era negativo y la temporada había terminado sin títulos. Cinco millones de euros para un entrenador que no va a entrenar. Cinco millones del dinero de los socios, que son quienes en última instancia financian esta institución. Se va a un presupuesto record y no será por grandes fichajes y jugadores, sino por técnicos, directivos y finiquitos. A Florentino le parece bien. Está ya en otro universo.
¿El baloncesto de Scariolo era antiguo y poco atractivo? Sí, y quien lo vio lo sabe. ¿Era el entrenador idóneo para el proyecto actual? Posiblemente no, por estilo, por edad, por la dirección que el equipo necesitaba. Pero entonces, ¿por qué se le contrató por tres años? Si alguien firmó a Scariolo con la información suficiente para saber que podría no funcionar, ese alguien debería explicar qué proceso siguió para tomar esa decisión. Sea como fuere Scariolo no puede estar ni triste por el despido; es el pelotazo de su vida y queda liberado para seguir entrenando este mismo año. Estará rezando para que le pase lo mismo, pero en los clubes normales la gente no es tan irresponsable.
Y encima, el sustituto cuesta un millón de euros adicional en cláusula de rescisión a Valencia Basket —club rival directo en la competición— más 1,2 millones netos anuales durante tres temporadas para Pedro Martínez. Pedro Martínez puede ser un gran entrenador. Lo que hizo en Valencia este año fue extraordinario. Pero pagar la cláusula de rescisión de un entrenador a un rival directo para reforzarle económicamente, un verano después de haberle pagado cinco millones al entrenador anterior para que no trabaje, supera cualquier estándar razonable de gestión institucional.

Juan Carlos Sánchez: el único que gana en todo esto
Y llegamos al episodio que, visto desde fuera, resulta el más surrealista de todos.
Juan Carlos Sánchez Lázaro fue cesado el pasado verano con un «espectacular finiquito», según todas las fuentes consultadas. Fue separado del cargo que había ocupado durante quince temporadas. La justificación fue la necesidad de un cambio de rumbo. Se contrató a Sergio «Chacho» Rodríguez para el cargo, con el mandato explícito de renovar estructuras y corregir las deficiencias que arrastraba la sección.
Doce meses después, Juan Carlos Sánchez ha vuelto. No como asesor. No como consejero informal. Ha vuelto exactamente al mismo cargo del que fue cesado con finiquito. Y la consecuencia inmediata de su vuelta ha sido la dimisión del Chacho Rodríguez, que no quería trabajar con Sánchez por encima de él y que había llegado con la promesa implícita de tener margen real de operación.
El resultado: el Madrid ha pagado el finiquito de Sánchez, ha pagado el salario del Chacho durante el año que estuvo, y ahora vuelve a pagar a Sánchez en su mismo puesto. Tres nóminas de director general o equivalente para cubrir un cargo en doce meses, contando solo los gestores de la sección.
Existe una pregunta jurídica que ningún medio ha formulado con claridad y que me parece relevante: si alguien es cesado de un cargo con finiquito —que implica la extinción de la relación laboral y la renuncia mutua a reclamaciones— y luego es contratado de nuevo en el mismo cargo, ¿puede considerarse que el primer finiquito fue una liquidación real o un acuerdo temporal para sortear algún tipo de restricción? Cualquier socio del club que quisiera plantear esa pregunta ante los tribunales tendría argumentos para hacerlo. El dinero con el que se pagaron esas operaciones es el dinero de los ciento diez mil socios del Real Madrid, no el dinero personal de quien tomó las decisiones.
Sánchez tuvo grandes éxitos. Veintiocho títulos en quince años es un palmarés que habla por sí solo. Pero sus últimas temporadas al frente de la sección también mostraron sombras importantes: la relación con el agente correcto como criterio implícito para las operaciones, la pérdida de jugadores que no encajaban en ese sistema, el fin de ciclo que llegó hace dos o tres años sin que se articulara un relevo real. Demasiado tiempo en el cargo. Demasiados intereses más allá del deportivo. Demasiado jugar al paddle. Demasiado comerle la oreja a Florentino.
Pradilla, Procida y las decisiones que contradicen a las decisiones
Otro capítulo que merece atención separada: la coherencia de las operaciones de planificación.
Se paga 1,5 millones de euros en concepto de cláusula de rescisión para fichar a Jaime Pradilla de Valencia Basket. Pradilla tiene 25 años, cumple cupo de formación y tiene proyección. Todo correcto. Excepto que ese dinero va directamente al Valencia Basket, el equipo al que se le acaba de fichar también al entrenador pagando su cláusula. El Madrid ha enriquecido al Valencia Basket con 2,5 millones de euros este verano a través de dos operaciones. Valencia Basket, que compite directamente con el Madrid en Liga Endesa y en Euroliga. No es ilegal. Es, como poco, una ironía difícil de explicar a cualquier abonado del WiZink.
Gabriele Procida: se le fichó con contrato hasta 2028, se le presentó como apuesta de futuro, se pagó a precio de mercado por un jugador joven con talento demostrado incluso con minutos reducidos. Y ahora se está valorando cederle porque no habría sitio para él en la nueva plantilla. Un jugador joven con contrato largo firmado a precio de oro, cedido al año siguiente porque el mismo club que apostó por él ya no tiene claro dónde encaja. Ni una decisión se mantiene. Y no mantener las decisiones tiene un coste real que paga el socio.
Campazzo, Tavares y la estructura viejuna del proyecto sin nuevas ilusiones
Los dos mejores jugadores teóricos del Madrid en este momento son Facundo Campazzo y Edy Tavares. Los dos tienen más de treinta años. Los dos arrastran lesiones recurrentes que afectan a su disponibilidad. Los dos son jugadores de primer nivel cuando están al cien por cien, lo que cada temporada ocurre durante menos semanas. Los dos han tenido una temporada discreta. Los dos ven a lo lejos su momento prime que se ha ido y no volverá.
Construir el grueso del proyecto alrededor de dos treintañeros con problemas de lesiones y rodearlos con jugadores de segundo nivel que no estaban entre los diez mejores de la Euroliga en toda la temporada pasada no es una estrategia de futuro. Es la descripción exacta de por qué el Madrid lleva un año entregado a vivir de las rentas de su historia reciente sin haber articulado el relevo generacional.
Sergio Llull se ha ganado el derecho a retirarse en el Madrid cuando quiera. Es historia viva del club y no hay argumento válido para cuestionarlo. Pero la paradoja de que Llull siga y los que tiraron del carro este año —Lyles y Hezonja— se vayan dibuja un equipo que fideliza al pasado y pierde el presente.
La revolución por un partido perdido, y una imagen patética al final en la ACB
El argumento más demoledor de todo lo que ha ocurrido este verano es este: si el Madrid no llega lesionado a la final de la Euroliga, si la gana, si el partido que se perdió en el momento clave hubiera salido al otro lado, nada de esto habría sucedido. No habría revolución. No habría cinco millones a Scariolo. No habría vuelta de Juan Carlos Sánchez. No habría nueva planificación con sus costes asociados.
Una derrota en una final —que puede ganar o perder cualquier equipo cualquier día— ha costado al club decenas de millones de euros en restructuraciones, finiquitos, cláusulas y contratos nuevos. Eso no es gestión. Es reacción emocional con el dinero del socio. En cualquier empresa del mundo, una restructuración de este calado por un resultado deportivo adverso en una final requeriría una explicación detallada a los stakeholders. En el Real Madrid de baloncesto, basta con un comunicado de prensa.
La temporada que viene: poca razón para renovar el abono
La plantilla que se está configurando para 2026-27 tiene un problema estructural que los fichajes de este verano no resuelven: ningún jugador de la plantilla actual está entre los diez mejores de la Euroliga en cualquier métrica relevante. No hay un jugador que mires y pienses «este tipo dentro de dos años va a ser el mejor de Europa.» No hay proyecto deportivo de largo plazo visible. Hay una suma de veteranos, algún joven con talento al que se manda cedido y un puñado de jugadores nuevos de los que nadie ha oído hablar en la final de ningún torneo importante.
El abono sube cada año. El nivel competitivo no acompaña. La planificación genera más dudas que confianza. Y el único que sale claramente ganador de toda esta temporada es el hombre que fue finiquitado, siguió cobrando como asesor y ha vuelto al cargo con más poder (y mucho más dinero) del que tenía. A lo mejor, con la cartera rebosante, se preocupa menos de quién representa a cada jugador y más de criterios estrictamente deportivos.
El aficionado que lleva veinte años en el WiZink tiene toda la razón del mundo en plantearse si la renovación del abono tiene sentido. Un club que no puede retener a sus mejores jugadores, que paga cifras astronómicas para deshacer decisiones que tomó hace doce meses y que gestiona la sección con el dinero de sus socios como si fuera el presupuesto de alguien que no tiene que rendir cuentas a nadie, no merece el beneficio de la duda automático que le da la historia.
El fin de ciclo empezó hace dos años. Nadie lo gestionó. Ahora nos cobran el precio de esa omisión. Tiene pinta que la vamos a arrastrar por muchos años.




