Lo admito: cuando vi los primeros datos de aduanas, tuve que frotarme los ojos. Las exportaciones estadounidenses de chatarra de tungsteno a Japón se han disparado en los últimos meses, una respuesta directa a las restricciones a la exportación impuestas por Pekín. Esta mañana he revisado el informe de Nikkei Asia y el mensaje es claro: la guerra de los minerales críticos ha sumado un nuevo capítulo, y Europa debería tomar nota.
La lógica es impecable. China, que controla más del 80% de la producción mundial de tungsteno —un metal indispensable para herramientas de corte, contactos eléctricos, filamentos y componentes aeroespaciales—, ha limitado sus ventas al exterior desde principios de 2026. La medida obliga a los compradores globales a buscar alternativas, y la chatarra reciclada se ha convertido en el recurso más codiciado. Estados Unidos, con sus crecientes inventarios de material recuperado procedente de la industria militar y de perforación, se ha erigido como el principal suministrador para Japón, cuya industria de semiconductores y maquinaria de precisión no puede permitirse un corte de abastecimiento.
La chatarra de tungsteno viaja de EE.UU. a Japón para esquivar a Pekín
Los datos que manejo, procedentes del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) y confirmados por fuentes del sector, indican que los envíos de chatarra de tungsteno desde EE.UU. hacia Japón alcanzaron en mayo un volumen que ya supera con creces el de todo 2025. El detonante no es otro que el bloqueo progresivo de China: Pekín no solo ha restringido la exportación de concentrados de tungsteno y de productos semielaborados como el paratungstato amónico (APT), sino que ha incrementado sus propias compras de chatarra para garantizar su abastecimiento interno. Este doble movimiento ha desatado una puja global que ha llevado los precios a niveles nunca vistos.
Lo más relevante es que Japón, segundo mayor consumidor mundial de tungsteno tras el gigante asiático, se ha visto obligado a reorientar sus fuentes de suministro en tiempo récord. Tradicionalmente, el archipiélago compraba el mineral a China en forma de concentrados; ahora, las acerías y fundiciones niponas están pagando primas del 40 % o más por la chatarra estadounidense de alta pureza. Una lección práctica de resiliencia en la cadena de suministro.
Precios que se cuadruplican en un año y la competencia por el reciclaje
El termómetro más revelador es el coste de la chatarra. Según la agencia Reuters, los precios mayoristas en mayo de 2026 se multiplicaron aproximadamente por cuatro respecto al mismo mes del año anterior. Si en 2025 una tonelada de chatarra de tungsteno de alta pureza rondaba los 20.000 dólares, hoy supera los 80.000. Japón no es el único que compra: Corea del Sur, Taiwán y la propia China están absorbiendo todo el material reciclado disponible, conscientes de que la oferta primaria de mina está estrangulada por las políticas de Pekín.
Esta tormenta perfecta tiene un nombre: minerales críticos. El tungsteno es uno de los 34 elementos que la Unión Europea clasifica como esenciales para la transición digital y verde, según su Reglamento de Materias Primas Fundamentales de 2024. Su presencia en baterías de estado sólido, semiconductores y equipos industriales de alta temperatura lo convierte en un eslabón débil de la cadena de suministro occidental.
Análisis E-E-A-T: el tablero de los minerales críticos se fractura
Lo que observo desde hace meses es un movimiento estratégico de Pekín que va mucho más allá del tungsteno. Tras las restricciones al galio y al germanio en 2023, y al antimonio en 2024, China ha ampliado en 2026 su arsenal de controles a una lista que incluye el grafito, las tierras raras pesadas y, ahora, el tungsteno. No se trata de un ajuste temporal: es una política deliberada de reordenación de las cadenas de suministro globales.
La lectura es doble. Por un lado, Estados Unidos y sus aliados se ven forzados a acelerar el nearshoring y el reciclaje, como demuestra este flujo de chatarra hacia Japón. Por otro, Pekín mantiene su propia demanda interna de material secundario, lo que erosiona cualquier intento de autoabastecimiento occidental. Estamos ante un juego de suma cero en el que cada tonelada de material reciclado que va a Tokio es una tonelada que no se queda en Shanghái.
El riesgo más evidente es que la escalada derive en una fragmentación total del mercado, con precios que no se justifiquen por los fundamentales sino por el pánico a la escasez. Y aquí Europa aparece como el gran perdedor, porque su dependencia de las importaciones de tungsteno (más del 70 % proviene de China, según la Comisión Europea) no se puede sustituir de la noche a la mañana. Aunque el Ejecutivo comunitario ha activado proyectos mineros en Portugal y Austria en el marco de la Ley de Materias Primas Críticas, los plazos de producción comercial no arrancarán antes de 2030.
🌐 El efecto dominó en Occidente
El impacto de esta reconfiguración ya está llegando a los mercados europeos:
- Precios al alza para la industria: los fabricantes de herramientas de corte y los productores de componentes electrónicos —desde el sector automovilístico alemán hasta los subcontratistas de semiconductores en Italia y Francia— están viendo cómo el coste del tungsteno se ha multiplicado por tres en sus pedidos a seis meses. Dado que la UE importa la mayor parte del metal procesado de Asia, la inflación de materias primas se filtrará al consumidor final en forma de electrodomésticos y vehículos más caros.
- El BCE y la inflación importada: aunque el tungsteno no es un producto de consumo masivo, su peso en la cadena industrial puede añadir entre 0,1 y 0,2 puntos porcentuales a la inflación subyacente de la eurozona en el segundo semestre, según las primeras estimaciones de analistas de materias primas. En un contexto de tipos aún restrictivos, ese repunte podría retrasar la flexibilización monetaria que espera Fráncfort para después del verano.
- Dependencia y falta de alternativas a corto plazo: la Unión Europea apenas cubre el 10 % de su consumo de tungsteno con reciclaje interno. Mientras los proyectos mineros no despeguen, la chatarra externa —incluida la de EE.UU.— será un salvavidas imprescindible, pero también un coste adicional que restará competitividad a las fábricas europeas.
En definitiva, la crisis del tungsteno no es una tormenta pasajera: es la manifestación más reciente de que la geopolítica de los minerales críticos ha dejado de ser una amenaza abstracta para convertirse en una factura mensual para la industria europea. Y todo apunta a que Pekín seguirá apretando las tuercas.





