Inversión histórica: Bruselas destina 25.000 millones a obras renovables en el norte de África

El plan T-MED aspira a desarrollar 15 GW adicionales de capacidad renovable y formar a 100.000 trabajadores en el norte de África. La primera reunión operativa se celebrará en octubre de 2026.

Veinticinco mil millones de euros. Esa es la cifra que Bruselas ha puesto sobre la mesa este lunes en la Semana Europea de la Energía Sostenible para transformar el mapa energético del norte de África y, de paso, abrir un mercado colosal para la industria europea de tecnologías limpias.

El plan, bautizado como T-MED, no es un proyecto de infraestructura al uso. La Comisión Europea lo presenta como una plataforma de inversión que aspira a movilizar hasta 25.000 millones de euros hasta 2035 para desarrollar renovables, hidrógeno, redes eléctricas, electrolizadores, turbinas y almacenamiento en los países del sur del Mediterráneo. El comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, lo ha resumido con una frase que va directa a la línea de flotación del debate energético europeo: «Será clave para desbloquear el potencial de energía limpia aún sin explotar de la región del Mediterráneo sur».

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La cifra no es menor. Hablamos de una región que concentra el 40% del potencial solar mundial pero que apenas recibe el 2% de la inversión global en renovables. Una brecha que Bruselas quiere corregir con una combinación de financiación comunitaria, inversión privada y reformas regulatorias en los países socios. La comisaria para el Mediterráneo, Dubravka Suica, ha puesto más números encima de la mesa: 2.300 gigavatios de potencial renovable sin explotar, más del doble de la capacidad instalada actual de toda la UE, con costes solares y eólicos entre un 30% y un 40% más bajos que en Europa.

Las cifras marean. Pero conviene recordar que ya hemos visto esto antes.

El fantasma de Desertec y por qué Bruselas cree que esta vez es diferente

En 2009, un consorcio de gigantes alemanes lanzó Desertec, un proyecto faraónico que prometía abastecer a Europa con electricidad generada en los desiertos del norte de África. En 2008, la Unión por el Mediterráneo impulsó el Plan Solar Mediterráneo con una ambición similar. Ninguno de los dos llegó a materializarse.

Las razones fueron múltiples: las inversiones no fluyeron al ritmo previsto, los países de tránsito —España e Italia a la cabeza— recelaban de facilitar interconexiones que compitieran con su propia producción renovable, y el contexto geopolítico no ayudaba. La Primavera Árabe primero, y la inestabilidad crónica de la región después, enfriaron cualquier voluntad inversora.

Bruselas sostiene ahora que el contexto ha cambiado radicalmente. El coste de la tecnología solar y eólica se ha desplomado, la urgencia por reducir la dependencia de los combustibles fósiles rusos es máxima, y la UE ha hecho de la autonomía estratégica una prioridad. «Esto no es principalmente sobre infraestructura, sino para desarrollar renovables en esos países con empresas europeas», apuntan fuentes comunitarias citadas por la propia Comisión. La diferencia con Desertec es sustancial: entonces se trataba de tender cables hacia Europa; ahora se trata de crear un ecosistema industrial compartido.

T-MED no es un cable de ida y vuelta: es una plataforma para que la industria europea fabrique, instale y opere renovables en el norte de África con sello comunitario.

Sin embargo, los expertos de la Comisión no han precisado cómo llegaría esa energía al norte de Europa. La pregunta es pertinente: la UE sigue arrastrando dificultades para acelerar sus propias interconexiones internas, como evidencia el eterno cuello de botella entre la Península Ibérica y Francia. Si Bruselas no es capaz de conectar la electricidad renovable que se genera en España con el resto del mercado europeo, ¿cómo va a gestionar un flujo procedente del otro lado del Estrecho?

Qué incluye T-MED: 15 GW, 100.000 trabajadores y alianzas industriales

La plataforma se articula en torno a varios objetivos concretos. El primero y más ambicioso: contribuir al desarrollo de al menos 15 gigavatios adicionales de capacidad renovable en los países socios mediterráneos. El segundo: impulsar al menos tres proyectos transfronterizos de electricidad e hidrógeno que conecten ambas orillas del Mediterráneo. El tercero: promover reformas regulatorias en al menos cinco países socios para crear un entorno favorable a la inversión privada.

Hay una pata industrial que merece atención. T-MED no se limita a instalar paneles y aerogeneradores: busca apoyar alianzas entre empresas europeas y locales en equipos de red, energía solar, componentes eólicos, electrolizadores y almacenamiento. La etiqueta Made in Europe sobrevuela todo el plan.

Y luego está la agenda de formación. Bruselas se ha marcado el objetivo de apoyar la capacitación o recualificación de al menos 100.000 trabajadores de aquí a 2035 en renovables, modernización de infraestructuras y fabricación de tecnologías limpias. Es una cifra considerable para una región donde la falta de mano de obra cualificada suele ser uno de los principales cuellos de botella en los proyectos energéticos.

El norte de África tiene el 40% del sol del planeta y menos del 2% de la inversión renovable mundial. Esa brecha define la oportunidad y el riesgo de T-MED.

Según el calendario que maneja la Comisión, la primera reunión operativa de la plataforma de inversión se celebrará en octubre de 2026, mientras que las primeras colaboraciones industriales euro-mediterráneas deberían empezar a tomar forma en 2027.

T-MED

Lo que nadie quiere decir en voz alta: geopolítica, neocolonialismo y el precedente argelino

Conviene no mirar al norte de África solo con los ojos del inversor. La región es un polvorín geopolítico, y cualquier movimiento económico de esta magnitud tiene implicaciones que van más allá de los megavatios. El anuncio de T-MED llega en un momento en que varios países europeos —especialmente Italia y España— están redefiniendo su relación energética con sus vecinos del sur.

El precedente más inmediato es Argelia. Durante años, el gas argelino fue una pieza clave en la ecuación energética europea, y especialmente española. Pero la relación se ha tensado por el giro diplomático respecto al Sáhara Occidental y la competencia del gas natural licuado estadounidense. T-MED, en cierto modo, ofrece una alternativa: en lugar de depender de los hidrocarburos de regímenes autoritarios, se trata de construir una relación basada en renovables y desarrollo industrial compartido.

Pero el riesgo de que la narrativa del desarrollo se convierta en una coartada para un nuevo extractivismo —esta vez verde— es real. La historia de la minería y los hidrocarburos en África está plagada de ejemplos de socios internacionales que llegaron con promesas de desarrollo y se fueron dejando pasivos ambientales, deuda y descontento social. Si T-MED quiere ser diferente, tendrá que demostrarlo con contratos transparentes, transferencia real de tecnología y participación de las comunidades locales en los beneficios.

Yo creo que ahí está la clave de si T-MED será un punto de inflexión o un Desertec 2.0 con más presupuesto. La cifra de 25.000 millones impresiona, y los objetivos de 15 GW y 100.000 trabajadores formados son ambiciosos. Pero el éxito no se medirá por los anuncios en Bruselas, sino por lo que ocurra sobre el terreno en Marruecos, Túnez, Egipto o Argelia cuando lleguen los primeros proyectos.

La ventana de oportunidad es real. Las renovables son ya la fuente de energía más barata en la mayoría de los mercados, y el norte de África tiene ventajas competitivas difíciles de replicar: sol casi permanente, viento en zonas costeras, proximidad al mercado europeo y una demanda local de electricidad al alza que justifica inversiones incluso sin exportación. Pero entre la oportunidad y la ejecución media un océano de obstáculos regulatorios, inestabilidad política y competencia de actores como China, que ya está presente en la región con sus propias ofertas de financiación y tecnología.

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Bruselas ha puesto los números y la narrativa. Ahora necesita que los inversores, las empresas y los gobiernos del sur del Mediterráneo compren la historia. La primera reunión de octubre será un primer termómetro. Si la sala está llena de consejeros delegados y ministros con chequeras, habrá motivos para un optimismo moderado. Si se convierte en una cita más de funcionarios intercambiando powerpoints, el fantasma de Desertec volverá a planear.

El tiempo corre, y el sol del Sáhara no espera.


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