La construcción española se enfrenta a un cuello de botella inédito. Según el arquitecto sevillano Juan Manuel Rojas, faltan un millón de albañiles para levantar las viviendas que el país necesita. Su diagnóstico, compartido en una entrevista con ABC, encaja con las alarmas sobre la falta de mano de obra cualificada que atenazan al sector desde hace años.
Rojas, fundador del estudio Hombre de Piedra Arquitectos y galardonado con el premio Rebuild Advanced Architecture por su obra industrializada, no se limita a señalar el problema. Propone un giro copernicano: trasladar la mayor parte del proceso constructivo a las fábricas. La industrialización, defiende, es la única salida viable para cubrir el déficit de trabajadores y abaratar unos costes que ahogan la producción de vivienda.
Un déficit histórico de mano de obra cualificada
La carencia de albañiles no es un fenómeno reciente, pero las cifras que maneja Rojas son contundentes. Calcula que España necesita un millón de profesionales para recuperar el ritmo de edificación necesario. El arquitecto, profesor en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla, recuerda que antiguamente a un maestro de albañil no tenías que decirle nada, pues conocía su oficio a la perfección.
Hoy, la realidad es otra. La falta de cualificación se ha convertido en un peligro en las obras, según el arquitecto. El orgullo artesanal se ha diluido en un mercado que paga mal las profesiones manuales y que no atrae a las nuevas generaciones. La digitalización y la precarización han vaciado las canteras de la construcción. ‘El que se quiere dedicar a la albañilería es porque no le queda otra cosa’, lamenta.
Rojas distingue entre la artesanía, que considera un lujo bien remunerado, y la producción masiva que una sociedad avanzada necesita. ‘No se puede resolver el problema de la vivienda con artistas’, sentencia. La paradoja es que en un país con una demanda residencial insatisfecha, los albañiles son escasos y caros, y los que quedan carecen del saber hacer que construyó ciudades enteras.
No se puede construir el bienestar de una sociedad con las manos; la industria es la única vía para que la vivienda sea un derecho y no un lujo.
Construcción industrializada: la apuesta por la fábrica
Frente a la escasez de mano de obra, la industrialización emerge como el antídoto más prometedor. Consiste en fabricar módulos o componentes completos en factorías y ensamblarlos en el solar, reduciendo la dependencia de la albañilería in situ. Rojas, pionero en Andalucía con su estudio Hombre de Piedra Arquitectos, defiende que esta metodología permite control de calidad, plazos más cortos y costes más estables. Dos de sus proyectos, la Terminal de Cruceros del Puerto de Sevilla y la Casa Escondida, avalan con premios la viabilidad de este enfoque.
La industrialización no solo sortea el cuello de botella de los albañiles, sino que recoloca a los arquitectos en el centro técnico del proceso. En lugar de limitarse a diseñar, asumen la responsabilidad de integrar sistemas, materiales y procesos fabriles. Un cambio de paradigma que, según Rojas, casa con la alta capacitación técnica de los arquitectos españoles, reconocidos como de los mejores de Europa pero paradójicamente de los peor pagados, junto a Bulgaria y Rumanía.

Un nuevo modelo que podría atraer el talento expatriado
El arquitecto conecta la industrialización con otro fenómeno: la fuga de talento que siguió a la crisis de 2008. Muchos profesionales tuvieron que emigrar y encontraron éxito en otros países. Rojas sostiene que la arquitectura industrializada puede ser la palanca para recuperar ese talento, porque crea un ecosistema donde el conocimiento técnico y la innovación pesan más que la mano de obra tradicional. ‘Es una oportunidad estupenda para que los arquitectos que se fueron puedan volver’, afirma.
Desde mi punto de vista, la propuesta de Rojas va más allá de una receta técnica: es una redefinición económica del sector. Si la construcción se convierte en un proceso fabril, España podría competir con otros países europeos en productividad y reducir la brecha de vivienda asequible. Pero el camino no está exento de riesgos: la industrialización exige inversión en fábricas, formación en nuevos perfiles y un marco normativo que la impulse. Sin esos mimbres, el discurso puede quedarse en una bella teoría.
La pregunta no es si la industrialización llegará, sino cuándo y con qué reglas. Y si los actores tradicionales —desde las promotoras hasta los gremios de albañiles— sabrán adaptarse antes de que el déficit de vivienda se convierta en un lastre estructural. Rojas tiene claras las cuentas: sin un millón de albañiles, el sistema actual está colapsado. La industria, al menos, ofrece una tabla de salvación.




