La vicepresidenta tercera del Gobierno, Sara Aagesen, ha confirmado este jueves que España, Portugal y Francia celebrarán «en las próximas semanas» una reunión ministerial de alto nivel para abordar las interconexiones energéticas de la península ibérica. Lo harán junto al comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, en un intento por romper un bloqueo que dura lustros. La cita no tiene aún sede fija, pero el hecho de que Francia se siente a la mesa ya es, en sí mismo, una señal de cambio.
El anuncio se produjo a su llegada al consejo de ministros de Energía de la UE, reunido esta semana en Luxemburgo. Aagesen subrayó que «estamos en un estadio diferente» y que la colaboración con París, Lisboa y Bruselas es ahora «muy importante». La ministra española evitó dar fechas concretas —solo avanzó que el encuentro será inminente—, pero el tono denota urgencia: la península lleva años por debajo de los niveles de interconexión que los Veintisiete consideran mínimos para un mercado eléctrico integrado.
La cita ministerial: lo que se sabe
La reunión se enmarca en el debate europeo sobre redes eléctricas, interconexiones y almacenamiento, una carpeta que Bruselas ha elevado al primer plano estratégico. La Comisión Europea lleva meses advirtiendo de que la falta de capacidad en las infraestructuras de transporte es «la mayor barrera potencial» para la transición verde. Jørgensen lo ilustró esta misma semana con un ejemplo que resonó en el sector: «Digamos que necesitamos 200 coches para conectar Europa. Tenemos 100 pero solo dejamos circular a 50». La analogía, directa y autocrítica, apunta a un problema de gestión además de inversión.
España, con uno de los mayores parques renovables del continente, se topa con un cuello de botella en los Pirineos. La interconexión actual con Francia apenas supera los 2.800 MW —muy por debajo del objetivo del 15 % de capacidad de interconexión sobre la potencia instalada que la UE marcó para 2030— y el proyecto de un nuevo enlace a través del golfo de Vizcaya, el cable submarino de 2.000 MW, acumula retrasos. Mientras, la generación renovable ibérica se apaga en horas valle porque no puede encontrar comprador al otro lado de la frontera.
Jørgensen ha puesto la mejora de estas conexiones «entre sus prioridades», según confirmó en una entrevista previa al consejo. El comisario danés defendió multiplicar por cinco la financiación europea para grandes proyectos de interconexión en el próximo marco presupuestario, consciente de que las inversiones necesarias —decenas de miles de millones— no pueden depender solo de los estados miembros.
Por qué el bloqueo francés fue el gran obstáculo
Históricamente, Francia ha frenado nuevas interconexiones para proteger su mix nuclear, temerosa de que una entrada masiva de electricidad barata procedente de las renovables ibéricas debilitara la competitividad de sus propias centrales. Ese proteccionismo energético, disfrazado de discusiones técnicas, ha mantenido a la península como una isla energética dentro del mercado único, encareciendo la factura eléctrica en los picos de demanda y obligando a España a instalar más ciclos combinados de gas como respaldo.
El cambio de actitud que ahora percibe el gobierno español no es casual. La crisis de precios de 2022 y la guerra de Ucrania demostraron que la seguridad de suministro europea exige solidaridad eléctrica real. Además, la propia Francia necesita importar electricidad en los momentos en que su parque nuclear —envejecido y con paradas recurrentes— no cubre la demanda. París empieza a ver las interconexiones no como una amenaza, sino como un seguro mutuo.
La península ibérica ha sido, durante demasiado tiempo, un generador renovable sin salida comercial. Esta cumbre puede cambiar el relato.
Portugal, que también participará en la cumbre, comparte el interés español: sus ambiciosos proyectos de hidrógeno verde y almacenamiento solo serán rentables si la electricidad fluye sin trabas hacia el centro del continente. El eje Lisboa-Madrid-Bruselas se ha alineado para presionar a Francia y, de paso, para exigir a la UE herramientas de financiación más ágiles.

Redes, presupuesto y la batalla que viene
El creciente protagonismo de las redes en la agenda europea no es coyuntural. Alemania, según datos manejados en Luxemburgo, pierde unos 4.000 millones de euros al año en energía que no puede transportar por limitaciones de sus propias infraestructuras. En Dinamarca se han decretado moratorias a nuevos proyectos renovables por la misma razón. El mensaje es claro: sin cables, la transición se ahoga.
Jørgensen lo sabe y por eso ha vinculado el debate de las interconexiones a la inminente negociación del presupuesto plurianual de la UE. La propuesta de quintuplicar los fondos para proyectos de interés común —los que cruzan fronteras— es ambiciosa, pero chocará con las tensiones fiscales del bloque. Alemania, Países Bajos y los nórdicos mantienen posiciones de austeridad que podrían limitar la ambición. Mientras, los países del sur reclaman que la solidaridad energética se traduzca en inversión tangible.
España llega a esta cita con una posición de fuerza. Es el cuarto mayor productor renovable de Europa y aspira a convertirse en un hub de exportación, no solo de electricidad, sino de moléculas verdes a través de futuros hidroductos. Pero para que ese plan funcione necesita dos cosas: que las interconexiones eléctricas se amplíen sin más demora y que el marco regulatorio europeo premie a quien invierte en almacenamiento y flexibilidad.
En mi opinión, el escepticismo sigue estando justificado. Francia ha sabido usar la diplomacia técnica para retrasar decisiones durante años. Que hoy haya un lenguaje más constructivo no garantiza que los próximos meses no aparezcan nuevos estudios de impacto ambiental, consultas públicas interminables o exigencias de compensación económica. El compromiso político es imprescindible, pero habrá que medirlo en hechos: en expedientes de red que avancen, en fechas de puesta en servicio que se cumplan y en partidas presupuestarias que no se diluyan.
La reunión de las próximas semanas —probablemente en julio— es una oportunidad real, pero el riesgo de que se convierta en otra foto de familia sin consecuencias operativas es alto. El sector eléctrico español lleva décadas esperando que la conexión con Europa deje de ser una aspiración y pase a ser un kilovatio hora que cruza la frontera. Esta vez, la urgencia climática y la seguridad de suministro juegan a favor. A partir de ahí, la pelota está en el tejado de los ministros.




