Los drones ucranianos desatan la escasez de gasolina en Rusia: colas de 8 horas para repostar

La ofensiva ucraniana deja casi un tercio de las refinerías rusas fuera de servicio, forzando a Moscú a importar gasolina por primera vez en años. La crisis del combustible erosiona la confianza en Putin en plena guerra.

He analizado las imágenes de las interminables colas frente a las gasolineras rusas y los datos son demoledores. En ciudades del interior de Rusia, los conductores esperan hasta ocho horas para repostar, y no pocos se quedan sin combustible en plena espera, empujando sus coches hacia el surtidor. La paradoja de un país que extrae petróleo a gran escala y ahora sufre una escasez aguda de gasolina tiene una causa directa: los drones ucranianos han desatado una ofensiva que ha dejado casi un tercio de la capacidad de refino rusa fuera de servicio.

Un tercio de las refinerías rusas, fuera de combate

Desde hace meses, Ucrania ha intensificado los ataques con drones contra la infraestructura energética rusa. Las diez mayores refinerías del país han recibido impactos, desde la región de Leningrado hasta Omsk, a 2.500 kilómetros de la frontera. El ataque del 18 de junio contra la refinería de Kapotnya, en el mismo Moscú, fue el mayor de este tipo desde el inicio de la invasión. Fue el segundo impacto en menos de una semana sobre la misma instalación.

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Según fuentes oficiales y reportes locales, la cifra total de plantas fuera de servicio ronda el 30%. La producción de gasolina se ha desplomado, y las consecuencias son inmediatas: en la ciudad costera de Anapa, han desplegado cosacos para mantener el orden en las colas; en Irkutsk y Transbaikalia, las autoridades han declarado el estado de alerta reforzada. Las ventas de bicicletas se han disparado un 131% en junio respecto al mes anterior, y los taxistas cancelan trayectos largos mientras las tarifas suben.

El viceprimer ministro Alexander Novak insiste en que el mercado está «plenamente abastecido» y achaca la situación a compras por pánico y especulación. Los gobernadores regionales repiten el mismo argumento. Pero las medidas de emergencia del Kremlin desmienten esa narrativa: acortar los plazos de mantenimiento en refinerías, prohibir la exportación de diésel y, lo más sorprendente, importar gasolina de India, un movimiento impensable cuando eran las refinerías indias las que compraban crudo ruso para revenderlo sorteando las sanciones.

«Los ataques ucranianos obviamente están creando problemas, pero no son críticos.» — Vladímir Putin, presidente de Rusia, intervención en la televisión pública estatal, agosto de 2026

Lo que me llama la atención de estas declaraciones es que el propio líder ruso haya tenido que salir en televisión para explicar la escasez de gasolina. Esa necesidad comunicativa es en sí misma la confirmación de la gravedad del problema.

Un shock de oferta con profundas implicaciones económicas y políticas

El impacto de los ataques sobre el refino ruso tiene un primer efecto global inmediato: la reducción de la capacidad de producción de gasolina y diésel en uno de los grandes exportadores mundiales. Aunque las sanciones occidentales limitan las compras directas de productos refinados rusos, los mercados de combustibles son globales, y cualquier restricción de oferta eleva los precios de referencia en los mercados de Ámsterdam o Singapur, con el consiguiente arrastre para los consumidores europeos. En paralelo, la paradoja de que Moscú tenga que importar gasolina mientras sigue exportando crudo subraya el éxito de la guerra energética asimétrica planteada por Kiev.

En el plano doméstico, las colas frente a los surtidores son un escenario políticamente corrosivo. Son visibles, cotidianas y no pueden ocultarse con censura digital. La encuestadora estatal VCIOM ha registrado una caída de la confianza en Putin de 3,4 puntos porcentuales en una semana, hasta el 73%, mientras que la Fundación FOM la sitúa en el 69%, el nivel más bajo desde el inicio de la guerra en 2022. La firma Gallup añade que el 60% de los rusos cree que las condiciones económicas en su lugar de residencia están empeorando, el peor dato en dos décadas.

La pregunta clave es si esta presión interna modificará la estrategia del Kremlin en el conflicto. Por ahora, el discurso oficial resta importancia, pero la ventana de tiempo para que la crisis se estabilice se estrecha. Mantener a la población ajena a la guerra ha sido una constante del régimen; ahora, las colas la meten en cada garaje.

🌍 El impacto en España y Europa

Para el consumidor europeo, la crisis del refino ruso puede traducirse en una nueva presión alcista sobre los precios de los carburantes. Aunque la UE no importa gasolina rusa por sanción directa, la reducción de la oferta global de diésel y gasolina tira al alza de los futuros del Brent y los índices de referencia, como el ICE gasoil. Los automovilistas españoles ya han asumido meses de volatilidad; esta crisis añade un factor de incertidumbre adicional que los mercados descuentan con cautela. En un contexto en el que el BCE vigila cualquier repunte inflacionista para sus decisiones de tipos, un encarecimiento de los combustibles podría complicar la senda de recortes de política monetaria que los hogares esperan para aliviar sus hipotecas.

En el plano estratégico, el éxito de los ataques ucranianos contra la infraestructura energética rusa demuestra que la guerra se libra también en el terreno económico, y que la capacidad de Rusia para proyectar estabilidad energética como arma geopolítica se ha debilitado. Para Europa, que ha dependido históricamente del gas ruso y aún siente las cicatrices energéticas, la lección es que la seguridad energética sigue siendo una prioridad inaplazable.


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