Los bonos globales se desploman con una violencia que recuerda a las peores sacudidas de las últimas dos décadas. El rendimiento del Treasury a 30 años cerró la semana en el nivel más alto desde 2007, según recoge el Financial Times, superando el 5,2% en varios momentos de la sesión del viernes. Una cota que no se veía desde los días previos a la gran crisis financiera y que ha arrastrado a toda la renta fija soberana.
El Treasury a 30 años, en zona de máximos históricos
La referencia a largo plazo del mercado de deuda más líquido del mundo se ha convertido en el termómetro de un miedo concreto: que la escalada bélica en Oriente Medio dispare la inflación y fuerce a la Reserva Federal a mantener los tipos altos mucho más tiempo del previsto. El movimiento no es aislado. El bund alemán a 30 años ha repuntado más de 40 puntos básicos en mayo, y el gilt británico coquetea con niveles de 1998.
Los datos oficiales del Tesoro estadounidense confirman la tendencia: la curva de rendimientos se empina, castigando con especial dureza los plazos más largos. La pendiente entre el 2 y el 30 años se ha ampliado hasta rozar los 220 puntos básicos, algo que no sucedía desde 2014. El mercado descuenta un escenario de estanflación —crecimiento débil con precios al alza— que devuelve el riesgo de duración al centro del tablero.
El detonante: Irán y la amenaza inflacionista
El detonante inmediato es la espiral de tensión en el golfo Pérsico. Los ataques a infraestructura petrolera y el bloqueo intermitente del estrecho de Ormuz han llevado el crudo Brent a superar los 125 dólares por barril. Cada incremento de 10 dólares en el petróleo añade entre tres y cuatro décimas a la inflación subyacente de las economías importadoras, según cálculos del Banco de Pagos Internacionales. El temor a una inflación importada ha provocado una huida masiva de los bonos de larga duración.
No es un simple repunte puntual. Los analistas consultados por esta redacción señalan que el mercado empieza a poner en precio una prima geopolítica permanente, similar a la que castigó a la deuda en los años setenta del siglo pasado. La diferencia es que ahora los bancos centrales no tienen margen para bajar tipos sin arriesgar la credibilidad de sus mandatos antiinflacionistas.
Renta fija: un cambio de paradigma para los inversores
Me parece que estamos ante un punto de inflexión comparable a 1994, cuando la Reserva Federal sorprendió con un ciclo de subidas que pulverizó las carteras de renta fija. Los bonos globales han entrado en en una espiral bajista que pocos modelos de riesgo habían contemplado con seriedad. La mayoría de los gestores con los que hablo reconoce haber infraponderado duración, pero muy pocos anticipaban un movimiento de esta magnitud en el tramo largo.
La correlación entre acciones y bonos, que durante años fue negativa —protegiendo las carteras mixtas—, ha virado a positiva en los últimos compases. Ambos activos caen a la vez, erosionando los colchones tradicionales. Eso obliga a repensar la asignación de activos. Fondos de pensiones y aseguradoras, grandes tenedores de deuda a largo plazo, se enfrentan a minusvalías latentes que ya alcanzan los dos billones de dólares a nivel global, de acuerdo con estimaciones de JP Morgan.
El inversor particular tampoco está a salvo. La caída del precio de los bonos soberanos de máxima calidad golpea a los fondos de inversión conservadores, que este mes pierden de media un 3,4%. Si el conflicto con Irán se enquista, el siguiente paso lógico sería una revisión al alza de las proyecciones de inflación del BCE y de la propia Fed, lo que cerraría la puerta a cualquier recorte de tipos este año.
Solo una desescalada rápida en Oriente Medio o un deterioro brusco del mercado laboral estadounidense podría frenar la sangría. Pero con un Brent por encima de 120 dólares, ninguna de las dos opciones parece inminente. El mercado de bonos ha dejado de ser el puerto seguro que aprendimos a querer.




