Juan Bengoechea (35), comandante del Ejército del Aire: “Volamos a un metro de otro avión y a más de 600 km/h”

El comandante del Ejército del Aire Juan Bengoechea reveló cómo es pilotar un Eurofighter en misiones de riesgo extremo, con maniobras a más de 600 km/h y vuelos a escasa distancia entre aviones en operaciones de combate y disuasión militar.

¿Estarías dispuesto a morir por personas que no conoces? Juan Bengoechea, comandante del Ejército del Aire y piloto de caza, no solo se ha hecho esta pregunta, sino que la contesta cada vez que sube a su avión. En una reciente entrevista, habló sin tapujos sobre vocación, riesgo y las decisiones que se toman en milésimas de segundo a miles de metros de altura.

Bengoechea viene de familia militar. Su padre es piloto de caza, su hermano también, y su tío Juan murió en acto de servicio antes de que él naciera, legándole el nombre y, según reconoce, parte de la vocación. No es un relato épico sino uno más cotidiano y más honesto: el de alguien que eligió un oficio sabiendo lo que cuesta, y que convive a diario con ese peso.

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La vida dentro de la cabina

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«Me juego la vida a diario volando un avión de caza», dijo Bengoechea. No lo cuenta para impresionar, sino para explicar el tipo de vínculo que se genera entre pilotos cuando comparten ese riesgo. Vuelan siempre en parejas, con una lógica de protección mutua: mientras uno ejecuta la misión, el otro cubre. Un fallo de cualquiera de los dos puede costar la vida al otro. De ahí nace un compañerismo que, según él, es difícil de encontrar fuera de ese contexto.

Las cifras ayudan a entender la dimensión del desafío. El Eurofighter puede operar entre menos 30 y casi 50 grados, y somete al piloto a hasta nueve veces la fuerza de la gravedad en maniobras agresivas. El cuerpo humano se comprime, el corazón trabaja contra esa presión y la consciencia puede perderse si el organismo no resiste. Para eso existe un sistema de recuperación automática: si el piloto pierde el conocimiento, el avión toma el control, sube con morro alto y mantiene la actitud hasta que el piloto recupera la lucidez.

Y si el avión queda irrecuperable, queda la eyección. Un asiento con cohetes debajo, una cúpula que sale lanzada en décimas de segundo y un proceso en el que la posición del cuerpo puede marcar la diferencia entre sobrevivir con daños o sin ellos. Las piernas y los brazos van atados al asiento de forma automática para evitar amputaciones. «La eyección puede salvarte la vida», explicó Bengoechea, «pero también puede destrozarte el cuerpo». La decisión de activarla, sabiendo todo eso, tampoco es sencilla. Se entrena también para tomarla.

Disparar desde el avión sin ver el objetivo y volar sin ser el agresor

Disparar desde el avión sin ver el objetivo y volar sin ser el agresor
Fuente: Agencias

Uno de los momentos más reveladores de la conversación llegó cuando Bengoechea describió el combate aéreo moderno. La imagen del duelo visual entre cazas ya no es la norma. Hoy los misiles aire-aire alcanzan decenas de kilómetros. «Disparo a objetivos que están a decenas de kilómetros y ni siquiera veo el impacto», explicó. El radar identifica, el sistema confirma, el piloto ejecuta. La distancia física no elimina la responsabilidad moral, pero sí cambia por completo la experiencia de quien aprieta el botón.

En cuanto a los drones, Bengoechea fue preciso: un dron no supera a un Eurofighter en términos de capacidad como sistema de armas, pero eso no lo hace irrelevante. El bajo coste, la posibilidad de lanzar centenares a diario y el desgaste psicológico que generan sobre la población civil los convierten en un factor que replantea la lógica del conflicto moderno. Él lo ha visto de cerca: acaba de regresar de Rumanía, donde la OTAN despliega aviones para identificar drones que sobrevuelan el espacio aéreo del país, fronterizo con el conflicto en Ucrania.

Sobre la posibilidad de entrar en combate real, Bengoechea al asegurar que «los militares son las personas menos bélicas que te puedas encontrar». No es una paradoja. Es que son ellos quienes irían primero, quienes conocen el coste real de un conflicto armado y quienes entienden mejor que nadie que la disuasión, cuando funciona, ahorra ese precio. Pero para que funcione, la amenaza tiene que ser creíble. El avión tiene que estar en el aire, el piloto tiene que estar preparado, y la capacidad tiene que demostrarse antes de que nadie tenga que emplearla.


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