El BCE avisa de que una guerra prolongada en Oriente Medio detonará una segunda oleada inflacionista en la eurozona. Lo dice en una encuesta a empresas conocida esta semana, que retrata un tejido productivo nervioso, atento al precio del crudo y a las rutas marítimas, y dispuesto a repercutir costes si el conflicto se alarga más allá del verano. La advertencia llega cuando los gobiernos europeos daban por encarrilada la desinflación.
El BCE constata el miedo de las empresas a una segunda ola de precios
La encuesta del Banco Central Europeo a compañías de la zona euro, recogida por Reuters, refleja una conclusión incómoda: si el conflicto entre Israel e Irán se extiende durante varios meses, las empresas ven probable un repunte de la inflación que vuelva a colocarla por encima del objetivo del 2%. No es un escenario marginal. Es el escenario que más empresarios marcan como plausible si la escalada continúa.
El mecanismo es conocido y por eso preocupa. El petróleo Brent, que en abril cotizaba en torno a los 78 dólares por barril, podría tensionarse hacia los 95-100 dólares si se cierra parcialmente el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del crudo mundial, según datos de la Energy Information Administration. A eso se suma el sobrecoste de fletes en el Mar Rojo, que las navieras llevan meses repercutiendo. La cadena es directa: energía y logística más caras, márgenes presionados, traslado a precios finales.
Las empresas encuestadas por el BCE admiten que esta vez tendrían menos margen para absorber el golpe. La inflación de servicios, que en marzo seguía en el 3,9% en la eurozona según Eurostat, no termina de moderarse, y los costes salariales acordados en los convenios de 2025 ya están incorporados a las cuentas. Cualquier choque externo nuevo se traslada antes y con más intensidad.
España, expuesta por el canal energético y por el turismo
Para España, el riesgo tiene dos vectores. El primero es la factura energética: pese al avance de las renovables, el sistema eléctrico sigue dependiendo del gas para fijar el precio marginal en horas punta, y un repunte del Brent arrastra al TTF holandés con un retardo de pocas semanas. El segundo, menos comentado, es el turístico. Si el conflicto eleva el precio del queroseno y obliga a las aerolíneas a desviar rutas hacia Asia, el coste medio del billete intercontinental sube y la competitividad relativa de los destinos del Mediterráneo se resiente.
El Banco de España ya apuntó en su último informe trimestral a una previsión de IPC del 2,4% para el conjunto de 2026, pero esa cifra asume un precio del crudo estable. Si el supuesto se rompe, la previsión se queda corta. Puedes consultar el detalle en los informes trimestrales del Banco de España, donde la sensibilidad de la inflación a los precios energéticos aparece estimada con cierta precisión.
Hay un dato que conviene no perder de vista. El BCE bajó tipos por última vez en marzo y dejó la tasa de depósito en el 2,25%. El consenso de mercado descontaba otro recorte antes del verano. Esa expectativa se ha enfriado en las últimas semanas: los futuros del Euríbor a tres meses cotizan ya un escenario en el que el siguiente movimiento podría retrasarse hasta otoño si los datos de inflación sorprenden al alza. Las comunicaciones oficiales del Consejo de Gobierno de las últimas semanas ya recogen el matiz: dependencia de los datos, paciencia, ningún compromiso previo.
Por qué esta vez el choque sería distinto
Conviene situar este aviso en perspectiva. Cuando la inflación se disparó en 2022 tras la invasión de Ucrania, el BCE reaccionó tarde y luego con dureza, llevando los tipos del 0% al 4% en quince meses. Aquella curva de aprendizaje pesa. Christine Lagarde y su consejo no quieren repetir el error de subestimar un choque energético, pero tampoco pueden permitirse cortar en seco la incipiente recuperación del crédito. Es un equilibrio incómodo.
Creo que el matiz relevante de la encuesta no está en el titular, sino en lo que revelan las respuestas de las pymes. Son ellas, y no las grandes corporaciones con coberturas financieras, las que admiten que trasladarían el sobrecoste a precios casi de inmediato. En España, donde el tejido pyme representa cerca del 99% de las empresas según datos del INE y emplea a dos de cada tres trabajadores del sector privado, esa elasticidad importa. La política antiinflacionista del BCE, diseñada para grandes agregados macro, se enfrenta a un canal de transmisión donde miles de pequeños decisores fijan precios con poco margen y mucha urgencia.
Hay también un riesgo que el propio BCE no menciona, pero que circula en los corrillos del Eurosistema: el de las expectativas. Si los hogares europeos perciben que la inflación vuelve, ajustan su consumo y sus demandas salariales antes de que el dato se publique. Esa profecía autocumplida es lo que más teme un banco central. Y es lo que la encuesta, leída entre líneas, está intentando prevenir haciéndola pública. La teoría de las expectativas de inflación lleva décadas estudiada y sigue siendo el talón de Aquiles de cualquier política monetaria.
La pregunta abierta es si el conflicto se prolonga lo suficiente como para activar todo este encadenamiento. Si Ormuz queda al margen de los ataques y el flujo de crudo se mantiene, el escenario base apenas se desvía. Si no, el próximo dato de IPC adelantado de la eurozona, previsto para finales de mayo, será la primera prueba real del aviso del BCE.




