Hay una escena que varios asistentes describen con cierta incredulidad. Una cena cualquiera en una casa cualquiera de La Moraleja, en Madrid. Los invitados: algunos de los nombres con más peso de la industria sanitaria española. Promotores de hospitales, directivos de aseguradoras, algún gestor de primer nivel del sistema público. El anfitrión: Juan Abarca Cidón, presidente de HM Hospitales, doctor en Medicina, licenciado en Derecho y, desde hace tres semanas, propietario del diario más leído de la prensa sanitaria especializada en España.

Hasta aqui todo normal, pero la sorpresa de la noche no era el menú. Era la invitada.
Me cuentan quienes estuvieron que cuando Mónica García apareció, hubo un momento de desconcierto generalizado. No porque la ministra de Sanidad no deba cenar con empresarios del sector —eso es parte del trabajo—, sino por lo que vino después: la naturalidad con la que ambos interactuaban, la complicidad que mostraban, el tono de quien lleva años construyendo una relación y no necesita disimularla. «Fraternidad» es la palabra que utilizó uno de los presentes. Otro, algo más críptico, dijo que parecían «viejos cómplices». Y un tercero señaló, entre confundido y divertido, que Juan siempre asentía. Con silencio o con comentarios aprobatorios. Nunca con distancia.
A mí esto me genera una pregunta que me parece legítima: ¿cómo se explica que el presidente de un importante grupo hospitalario privado de España, con 719 millones de euros de facturación en 2024 y presencia en seis comunidades autónomas, sea el anfitrión más frecuentado por una ministra cuyo discurso público se construye sobre la defensa a ultranza de la sanidad pública?
La respuesta corta es: con di fi cul tad.
Quién es Juan Abarca y por qué importa
Confieso que Juan Abarca Cidón me parece un personaje genuinamente interesante, y eso no es frecuente en el ecosistema sanitario español, que suele producir gestores de vuelo corto y tecnócratas sin criterio propio. El hombre nació en Madrid en 1971, se hizo médico en la Complutense, se doctoró en San Pablo-CEU y se licenció también en Derecho en la misma universidad. Lleva desde 1998 en HM Hospitales —el grupo fundado por sus padres, Juan Abarca Campal y Carmen Cidón— y desde 2016 lo preside. Fue asesor del Ministerio de Sanidad entre 2012 y 2019, durante los gobiernos de Rajoy. Es expresidente de la Fundación IDIS —el principal think tank de la sanidad privada española— y tiene una columna de opinión en Redacción Médica donde escribe con un criterio que, hay que reconocerlo, no es el de un lobbista disfrazado de analista.
Tanto le debe gustar escribir su columna que ha comprado el medio. La compra se formalizó en marzo de 2026. Fuentes del sector sitúan el precio en torno a seis millones de euros, adquiridos a título personal y no como activo de HM Hospitales —él lo subraya con cuidado, como si eso le vacunara del evidente conflicto de intereses—. Ha prometido, para sonrisa de muchos, también de un servidor, «plena independencia editorial» y un estatuto deontológico que sus periodistas deberán seguir. Todo muy razonable. Todo muy bien redactado.
Permítanme, sin embargo, una pregunta de las que a nadie le gusta responder: ¿el medio sanitario más leído por médicos, gestores hospitalarios, la industria farmacéutica y los responsables políticos del sector, propiedad del presidente del mayor grupo hospitalario privado del país, puede ser independiente de forma estructural? No digo que tenga que ser una herramienta de propaganda. Digo que la arquitectura del poder que crea esa compra —el editor es simultáneamente el empresario con más intereses en juego en el sector que ese medio cubre— merece ser nombrada con claridad.
En la prensa económica española lo llamaríamos «conflicto de interés estructural». En la sanitaria, aparentemente, se llama «compromiso con el debate de calidad».
La ministra y el empresario: más unidos de lo que aparentan
Vayamos a los hechos verificados, que ya son suficientemente llamativos.
A Juan le encantan las tribunas de opinión, su Linkedin y los premios. Tanto le gustan que no sólo tiene los suyos, sino que le entregaron el de Madrileño del Año en 2023 «por su destacada labor en la defensa y mejora del sistema sanitario español». Este galardon lo entrega la Fundación Madrileño del Año. Es un premio bonito, y cómo no la conocía indagué a ver quien estaba detrás de dicha fundación, y resulta que fue creada por… el propio Juan Abarca, que además ejerce como patrono. Me hubiera encantado estar en las deliberaciones…
Pero no sólo le gusta ganarlos sino tambien entregarlos, por eso en noviembre de 2025, Mónica García asistió a la gala de los Abarca Prize, el evento anual con el que HM Hospitales reúne a la élite empresarial española alrededor de sus valores y su modelo de negocio. No asistió de oyente: entregó el premio. Compartió estrado con Ignacio Sánchez Galán, uno de los empresarios de más éxito del país, y presidente de Iberdrola; los CEOs de las principales farmacéuticas —AstraZeneca, Pfizer, PharmaMar—; y Ana Pastor, ex ministra de Sanidad y ex presidenta de AMA.

Desde la tribuna, Juan Abarca agradeció especialmente a la ministra «el cariño que demostró a mi familia y a mi persona y la buena disposición para relacionarse con todo el mundo con independencia de su ideología o tendencia política». En público. Con fotógrafos delante. Sin que a nadie pareciera importarle demasiado la contradicción.
Me dicen quienes frecuentan ese entorno que esto no fue un episodio aislado sino el punto visible de una relación mucho más frecuente y mucho menos documentada. Las cenas de La Moraleja son, según varias fuentes del sector con las que he podido hablar, la parte sumergida del iceberg. Una dinámica privada donde los grandes del sector sanitario se han encontrado —con la natural sorpresa inicial— con la ministra que en rueda de prensa les señala como parte del problema del sistema público.
Lo que resulta más llamativo, según estas mismas fuentes, no es que García acuda, sino lo que pasa cuando está. En la intimidad de esas cenas, las posiciones de la ministra se vuelven considerablemente menos radicales que en sus declaraciones públicas. Frente a ella, Juan Abarca hace lo propio. Si en sus columnas y en LinkedIn suele utilizar un tono técnico, didactico y mesurado —muy alejado del que sufren en el día a día sus más cercanos, ¿mérito de su community manager?—, en estas reuniones se limita a asentir. Con generosidad.
Hay una causa que sí los une abiertamente: ambos comparten una crítica sostenida a la política sanitaria de la Comunidad de Madrid y al modelo Ayuso. En esto, según quienes los han escuchado juntos, hay menos matices y más convicción. El madrileño de La Moraleja y la anestesista de Moratalaz tienen un enemigo común. Y compartir enemigos, como saben todos los que han estado alguna vez en una trinchera, crea vínculos que no requieren explicación.
El refranero español nunca defrauda: «el que mucho aprieta poco Abarca«
El argumento que destroza el discurso: Ceuta y Melilla
Pero aquí está la madre del cordero, y es donde yo me pongo serio.
La ministra que construyó su carrera sobre la defensa de la sanidad pública, que llegó a San Bernardo 55 en noviembre de 2023 con el aval de haber combatido la privatización sanitaria en la Asamblea de Madrid, gestiona directamente dos sistemas sanitarios: los de Ceuta y Melilla, a través del INGESA —el Instituto Nacional de Gestión Sanitaria, que depende directamente del Ministerio.
Son los únicos territorios donde el Ministerio de Sanidad tiene control de gestión directa. No puede echarle la culpa a Ayuso. No puede responsabilizar a ningún consejero autonómico. Es suyo. Es su laboratorio. Es su experimento de gestión pública de la sanidad sin interferencia política regional.
El resultado es el siguiente: el Sindicato Médico de Ceuta (SMC) ha pedido públicamente la dimisión de la ministra por el deterioro sanitario en ambas ciudades. No el PP. No Ayuso. Los médicos. Los mismos médicos cuya huelga histórica a nivel nacional ha ocupado todos los titulares de los últimos meses. Falta de especialistas en Psiquiatría, Reumatología, Endocrinología y Radiología. Más de 7.300 traslados de pacientes a la Península entre 2022 y 2025, porque el sistema local no puede atenderlos. Equipamiento tecnológico de 13 millones de euros —resonancias, salas de hemodinámica— que no puede funcionar a pleno rendimiento porque no hay personal para operarlo. Y la mayor incidencia de tuberculosis de España en ambas ciudades.
El SMC lo resumió con una frase que merece ser repetida: «No hay mayor privilegio que poder enfermar y ser atendido en tu propia ciudad. Y hoy, en Ceuta y Melilla, eso no está garantizado.»
Y, como guinda, La Razón informó de que el Ministerio ha adjudicado contratos por valor superior a 100.000 euros para derivar servicios sanitarios a la sanidad privada en Melilla. La ministra anti-privatización subcontratando servicios asistenciales en las ciudades que gestiona directamente. No como excepción: como política.
si esto lo hubiera hecho Ayuso, habríamos tenido un escándalo nacional de dos semanas.
El triángulo que hay que nombrar
Vayamos al grano, porque yo no tengo ninguna obligación de andarme con rodeos.
Tenemos a un empresario que preside el mayor grupo hospitalario privado de España y que acaba de comprar el medio sanitario más influyente del país. Tenemos a una ministra de Sanidad que en privado mantiene con ese empresario una relación que sus propios colaboradores describen como de alta complicidad. Y tenemos un ministerio que, en los únicos territorios donde gestiona directamente la sanidad sin interferencia autonómica, está produciendo resultados que sus propios médicos califican de «insostenibles».
A mí me parece que esto no es una conspiración. Me parece algo más sencillo y más revelador: el resultado natural de lo que ocurre cuando la política sanitaria se diseña más pensando en el equilibrio de poderes dentro del sector que en los pacientes que esperan en una lista de espera de 121 días de media o que tienen que coger un barco o un avión para que les hagan una endoscopia.
Juan Abarca es, seré justo, uno de los hombres del sector sanitario que más en serio se toma el debate de fondo. Sus columnas son argumentadas, sus posiciones son consistentes, su historial tiene coherencia. Eso lo hace más útil como interlocutor de poder, no menos.
Pero un médico que preside un hospital privado con 719 millones de facturación, que es propietario del diario de referencia de su sector, que cena con la ministra en La Moraleja y con quien esa ministra comparte públicamente el estrado de entrega de premios, no es un interlocutor neutral. Es el lobby sanitario más amigable de España. Y «amigable» no significa «inocente».
Lo que ocurre en esas cenas de La Moraleja no es un escándalo. Es algo más incómodo: es la demostración de que la política sanitaria española, con independencia del color de quien mande, acaba siempre sentándose en la misma mesa.
Bon appétit.




