Lloyd Blankfein revela las claves para triunfar en Wall Street

El exconsejero delegado de Goldman Sachs explica a CNBC International cómo dejar de fingir y abrazar sus orígenes humildes en Brooklyn fue la decisión que terminó marcando su carrera en Wall Street.

Pocos perfiles encarnan tanto el sueño meritocrático de Wall Street como el de Lloyd Blankfein. El que fuera consejero delegado de Goldman Sachs durante más de una década creció en una vivienda social de Brooklyn y aterrizó en Harvard sintiéndose un marciano entre sus compañeros. En una conversación reciente con CNBC International, dentro de la serie Executive Decisions, Blankfein desgrana cómo dejar de fingir fue probablemente la decisión más rentable de su carrera.

De la vivienda social de Brooklyn a las aulas de Harvard

El relato que comparte con CNBC International arranca con una imagen muy concreta: un chaval de barrio obrero, hijo de un trabajador de correos, llegando a un campus donde sus compañeros de cuarto venían de internados privados. Blankfein admite sin rodeos que se sentía un outsider absoluto, alguien que no encajaba ni en la estética ni en los códigos sociales del lugar. Compraba camisetas Lacoste y americanas que consideraba apropiadas, intentando mimetizarse con un entorno que le resultaba tan ajeno como aspiracional.

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Lo curioso, reconoce ante el entrevistador, es que esa sensación de no pertenecer no le frenó. Más bien funcionó como combustible. Asegura que cuando ha entrevistado a otros directivos de primer nivel a lo largo de su trayectoria, casi todos arrastran una historia parecida: orígenes humildes, una distancia inicial respecto al entorno donde acaban triunfando y un impulso interno por salir del punto de partida.

El consejo que cambió su forma de estar en una sala

Hay un episodio que el propio Blankfein señala como bisagra. En sus primeros años profesionales se pasaba el día calibrando qué versión de sí mismo tocaba interpretar en cada reunión: cómo hablar, cómo modular el acento neoyorquino, qué tono adoptar. Hasta que alguien, según cuenta, le puso la mano en el hombro y le soltó una frase que le desmontó la coreografía.

Aquel mentor le vino a decir que podía creerse que estaba cambiando de registro, pero que todo el mundo veía perfectamente quién era. A partir de ahí, Blankfein decidió rendirse a la evidencia: si no estaba engañando a nadie, mejor dejar de intentarlo. Esa rendición, paradójicamente, le liberó.

Lo que más se valora en el mundo, lo reconozcan o no, es la autenticidad. Yo creía que estaba cambiando, pero todos sabían exactamente quién era.

— Lloyd Blankfein, en CNBC International

Por qué sentirse fuera puede ser una ventaja competitiva

El exCEO de Goldman defiende que crecer fuera del molde tiene una contrapartida útil. Quien se ha pasado años leyendo la sala para no quedar en evidencia desarrolla, casi sin querer, una inteligencia emocional más afilada. Aprende a interpretar gestos, a anticipar lo que el interlocutor quiere oír y a calibrar la temperatura de una negociación. Eso, en un negocio como la banca de inversión, vale oro.

Eso sí, no lo presenta como un superpoder gratuito. Reconoce ante CNBC International que también pesa: uno se vuelve, en sus palabras, un poco pleaser, alguien condicionado por la mirada ajena. Hoy, dice, ha aprendido a no ser tan duro consigo mismo por haber sentido aquella vergüenza juvenil cuando invitaba a sus amigos del campus a casa de sus padres.

Del derecho fiscal al parqué: un giro inesperado

Otro capítulo revelador es el de su salto desde la abogacía a los mercados. Tras pasar por Harvard Law School, Blankfein trabajaba como abogado fiscalista en Donovan Leisure, un puesto sólido pero que, admite, no le emocionaba. Empezó a moverse en busca de algo más estimulante y acabó interviewando en J. Aaron, una pequeña firma de trading de materias primas que justo entonces era adquirida por Goldman Sachs, un detalle que en su momento ni siquiera registró.

Aquella casa contrataba a veinte personas con la expectativa de que solo dos sobreviviesen al filtro. Era un entorno ruidoso, bronco, de operadores gritándose y gesticulando. Para alguien criado en Brooklyn, dice medio en broma, resultaba sorprendentemente familiar. Y, sobre todo, los horarios eran más humanos que los de un asociado en un bufete de Nueva York.

El choque cultural dentro de Goldman Sachs

Buena parte de su carrera, recuerda, consistió en defender la legitimidad de J. Aaron dentro de Goldman. La banca de inversión clásica venía de las Ivy League y miraba con cierto recelo a los operadores de materias primas, muchos de ellos sin estudios universitarios y con trayectorias que empezaban como chófer de algún socio. Blankfein, con su chip de outsider ya bien instalado, se sintió cómodo defendiendo ese flanco hasta convertirlo en una de las palancas de crecimiento del banco.

Lecciones de liderazgo: criticar sin destruir

El último gran aprendizaje que comparte tiene que ver con el liderazgo en equipo. Asumir críticas, dice, es relativamente fácil cuando uno tiene ambición y piel curtida. Lo difícil es darlas bien. Subraya que un buen compañero de equipo debe ser algo más blando al emitir el juicio de lo que es al recibirlo, porque los puntos ciegos del otro casi nunca se corrigen a base de dureza.

Una lectura para el ejecutivo de hoy

Para el lector que se mueve en banca, consultoría o cualquier entorno corporativo exigente, el testimonio de Blankfein funciona como antídoto frente a la cultura del personaje impostado. La tesis que recorre toda la entrevista es sencilla y, a la vez incómoda: el coste energético de fingir es enorme y, a la larga, contraproducente. Mostrarse tal y como uno es —con acento de Brooklyn incluido— no es una concesión, es una ventaja competitiva. La autenticidad, sostiene, no se opone a la ambición; la hace sostenible.

Queda una pregunta abierta para quienes hoy están en pleno ascenso: ¿cuánto tiempo y energía invertimos en parecer otra persona en cada reunión y qué pasaría si dejásemos de hacerlo mañana mismo?

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de CNBC International en YouTube.


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