El acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur ha entrado en vigor de forma provisional este 1 de mayo, después de un cuarto de siglo de negociaciones intermitentes.
Un pacto que no transformará el comercio de un día para otro
La presentadora abre la emisión recordando que la Comisión Europea sitúa los mayores beneficios en la industria automotriz, la ingeniería mecánica y el sector químico, con una proyección de exportaciones europeas que podría escalar hasta los 50.000 millones de euros, frente a unos 38.900 millones que se prevé que el Mercosur dirija hacia Europa. La cifra, sostiene el programa, ilustra el músculo industrial que Bruselas espera desplegar sobre el bloque sudamericano.
Conectada desde Bruselas, la periodista Ana Lázaro matiza una idea clave: los cambios serán graduales. Algunos aranceles desaparecen de inmediato, como los que pesaban sobre los vinos de alta gama; otros se irán reduciendo a lo largo de los años, como en el caso de los automóviles; y los sectores considerados más sensibles, entre ellos la carne de vacuno y las aves de corral, quedarán sometidos a cuotas. Lázaro recoge además las palabras de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, quien defiende que esta aplicación temporal servirá para demostrar que los temores estaban sobredimensionados.
Ganadores, perdedores y un mapa nada homogéneo
El reportaje no esquiva el reverso del acuerdo. En Francia y Polonia, recuerda Lázaro, la oposición política y agraria ha sido frontal: liberar los aranceles a productos del Mercosur se percibe como un agravio para los productores europeos, obligados a respetar estándares ambientales y sanitarios mucho más exigentes. Para la agricultura europea, sobre todo la ganadería, el acuerdo abre una vía de competencia con países cuya producción opera bajo reglas distintas.
En el otro lado del Atlántico, según retrata DW, la balanza se inclina al revés. Los grandes exportadores de carne, arroz, soja o azúcar ven una oportunidad histórica para entrar en un mercado de alto poder adquisitivo. La industria sudamericana, en cambio, teme la llegada masiva de bienes de capital europeos, especialmente automóviles y productos químicos.
Ahora se abre un periodo de test para ver si los miedos de los agricultores europeos estaban realmente fundados o si las precauciones del acuerdo bastan para contenerlos.
— Ana Lázaro, corresponsal de DW Español en Bruselas
La espada de Damocles del Tribunal de Justicia europeo
Hay un detalle jurídico que el programa subraya y que conviene no perder de vista. La aplicación es provisional porque queda pendiente el pronunciamiento del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Si el fallo llegara a cuestionar capítulos enteros del pacto, según explica Lázaro, la Comisión Europea podría verse obligada a renegociar partes del texto, y los países críticos —con Francia a la cabeza— ganarían un argumento legal de peso. La sentencia, además, sentaría jurisprudencia para los próximos acuerdos comerciales que Bruselas tiene en cartera.
Carne, soja y dos hamburguesas por europeo al año
El reportaje viaja después a Paraguay, un país con 14 millones de vacas y apenas 6 millones de habitantes, donde la ganadería celebra el acuerdo. Un propietario de una finca en el departamento Presidente Hayes, entrevistado por DW, defiende que el pacto beneficia a ambos bloques: Europa coloca maquinaria, tecnología y química, y el Mercosur exporta granos, carnes y materias primas. El ganadero relativiza, además, el impacto sobre el mercado europeo: la cuota de 99.000 toneladas, dividida entre los habitantes de la UE, equivaldría a apenas dos hamburguesas por persona y año.
El reportaje no oculta los puntos espinosos. La deforestación masiva asociada al sector agropecuario sudamericano y las exigencias ambientales europeas siguen siendo una zona de fricción. Voces académicas recogidas por DW alertan de que el comercio internacional que abre este acuerdo se da entre actores muy desiguales: los grandes industriales europeos y los grandes exportadores agrarios serán los principales beneficiarios, mientras que las pymes y la agricultura familiar, orientadas a mercados de cercanía, quedarán al margen del banquete.
Trump, aranceles y la urgencia de diversificar mercados
El programa enmarca el acuerdo en un escenario geopolítico tenso. Donald Trump ha vuelto a amenazar con elevar al 25% los aranceles a coches y camiones europeos, una presión que golpea especialmente a los fabricantes alemanes. Esa coyuntura, sugiere DW, refuerza el argumento de Bruselas para acelerar pactos con socios percibidos como más fiables.
A ello se suman otros frentes: la entrada en vigor de aranceles cruzados entre Ecuador y Colombia, con tasas que llegan al 75% en respuesta a la guerra comercial iniciada por Daniel Noboa, y la tímida apertura económica de Venezuela, que firma nuevos acuerdos energéticos con empresas estadounidenses mientras eleva sus exportaciones de petróleo a 1,23 millones de barriles diarios, su mejor cifra en siete años.
Lectura editorial: una prueba de estrés para Europa
Lo que se juega en estos meses, a mi modo de ver, va más allá del propio acuerdo UE-Mercosur. Es un test sobre la capacidad de la Unión para sostener pactos comerciales ambiciosos sin desangrar a su sector primario y, al mismo tiempo, mantener su discurso de exigencia ambiental. Si el periodo provisional confirma los temores de los agricultores franceses o polacos, el coste político será enorme; si los desactiva, Bruselas ganará margen para firmar nuevos acuerdos en plena ofensiva arancelaria de Washington.
El acuerdo nace, además con una paradoja incómoda: se vende como diversificación geopolítica frente a Trump, pero llega cuando el malestar agrario europeo aún no se ha apagado. Veinticinco años de negociación no garantizan veinticinco meses tranquilos.
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