El James Webb ha captado los chorros estelares que agitan NGC 7129, una guardería estelar a 3.300 años luz de la Tierra. La imagen, difundida por la ESA y la NASA este mes de octubre, muestra cómo las estrellas jóvenes esculpen la nube de gas y polvo de la que acaban de nacer. No es una postal bonita: es el retrato de una agitación química que hace posibles las estrellas siguientes.
La observación se hizo en luz infrarroja, la única capaz de atravesar el polvo denso que dispersa o absorbe otras longitudes de onda. De ahí que esta región, plagada de objetos en fases muy distintas de su vida, aparezca ahora con una claridad que ningún instrumento anterior había alcanzado aquí.
Un crisol de estrellas a 3.300 años luz
NGC 7129 es una región de formación estelar: una nube molecular de hidrógeno en la que el gas frío se fragmenta y colapsa hasta encender estrellas. La luz que ha registrado el Webb partió de allí hace 3.300 años, cuando en Egipto gobernaba Ramsés II y faltaban más de cinco siglos para la fundación de Roma. Lo que vemos hoy es, literalmente, arqueología.
En el centro del encuadre brilla LkHα 234, la estrella más masiva y más madura del grupo, con una masa de entre 5 y 8 veces la del Sol. Es una estrella de presecuencia principal: ha terminado casi por completo de acumular materia y ahora se contrae por la gravedad, lo que eleva su temperatura. Con el tiempo, igual que nuestro Sol, empezará a fusionar su propio hidrógeno.
A su izquierda se abre una cavidad dorada de unos 3,5 años luz de longitud, la huella mayor que ha dejado esta estrella en su entorno. Los flujos de materia expulsados en una fase anterior de su ciclo excavan la nube molecular, y tanto esos flujos como la radiación estelar energizan el gas hasta hacerlo brillar. Parte del hidrógeno sale despedido; otra parte se comprime, y esa compresión prepara el terreno para que nazcan más estrellas.
Tres años luz y medio de gas dorado no son una cicatriz: son la prueba de que una estrella joven fabrica el material del que nacerán las siguientes.
Conviene traducir la cifra. 3,5 años luz es algo menos que la distancia que separa el Sol de Proxima Centauri, la estrella más cercana: la cavidad excavada por un solo astro joven ocupa casi el trayecto completo entre dos sistemas solares vecinos. La Voyager 1, el objeto humano más rápido que ha salido del Sistema Solar, viaja a unos 17 kilómetros por segundo y tardaría más de 60.000 años en cubrir ese trecho.
Por qué el infrarrojo muestra lo que el polvo escondía
El polvo interestelar funciona como un filtro brutal. Sus partículas microscópicas de silicatos y carbono dispersan la luz visible y absorben buena parte del ultravioleta, así que las zonas más densas de una nebulosa aparecen desde fuera como manchas oscuras. El infrarrojo atraviesa ese muro. Los instrumentos del Webb, sensibles a longitudes de onda largas, recogen la radiación que emiten el gas calentado y las estrellas envueltas en materia.

Dentro de la cavidad dorada se distinguen varias estrellas jóvenes, también de presecuencia principal, que generan sus propios vientos estelares. Al empujar contra el gas energizado, esos vientos forman arcos de choque, los bordes curvos y comprimidos que rodean a algunos astros, y cavidades más pequeñas: versiones en miniatura de la gran burbuja central.
A la derecha de la estrella principal, la historia cambia de tono. La materia grumosa que aparece en rojo esconde objetos mucho más jóvenes, protoestrellas, una fase anterior a la de presecuencia principal que arranca justo después de que la nube molecular se comprima y se fragmente. Conforme acumulan materia y ganan masa, expulsan flujos de material sobrecalentado que chocan con el gas gris y denso que las envuelve, generan ondas de choque y producen el aspecto texturado y el resplandor rojo de la zona. Desde nuestra línea de visión, los flujos de varias estrellas se superponen. Parece un caos. En realidad es una coreografía.
Por qué NGC 7129 importa: cómo las estrellas remodelan su propia nube
El interés de NGC 7129 no está en su belleza, sino en lo que ocurre en la frontera entre lo caliente y lo frío. La estrella central y sus compañeras crean una burbuja cálida que empuja contra el gas molecular, más denso y más gélido, y ese borde recibe el nombre de región de fotodisociación, allí donde las moléculas de hidrógeno se rompen en átomos sueltos. Esa franja controla cómo se calienta y se enfría el gas, y también su química. Dicho de otro modo: las estrellas erosionan su propia nube.
Hay aquí un debate abierto de la astrofísica: hasta qué punto la retroalimentación estelar, es decir los vientos, la radiación y las explosiones, regula el ritmo al que una nube molecular fabrica estrellas. Durante décadas se pensó que la formación estelar era un asunto pasivo, de mera acumulación gravitatoria. Las observaciones en infrarrojo de los últimos años apuntan a un sistema con mando y contramando. Las estrellas nacen del gas, lo comprimen, lo calientan y lo dispersan, y con ello deciden si la nube se apagará poco a poco o si seguirá pariendo astros durante millones de años.
Eso sí, conviene poner freno al entusiasmo. Una imagen, por detallada que sea, es una fotografía instantánea de un proceso que dura millones de años, y no permite medir velocidades, densidades ni temperaturas con precisión. Para eso hacen falta espectros, el desglose de la luz por longitudes de onda que revela composición y movimiento. La propia ESA presenta el material como una imagen, no como un resultado con conclusiones cuantitativas. Es cartografía, no demostración.
La instantánea tampoco cubre todas las escalas: parte de la región queda fuera del encuadre y las estructuras más difusas escapan al campo de visión. Lo que sí queda claro es hacia dónde va el trabajo. Datos como estos alimentan los modelos que aspiran a predecir cuántas estrellas nacerán de una nube concreta y cuándo se cerrará el grifo. La imagen completa y la descripción de cada zona están disponibles en la web oficial del telescopio. Cuando lleguen los espectros de esta misma región, se podrá poner número a lo que hoy es, sobre todo, una imagen espléndida.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: una imagen en infrarrojo de alta resolución que muestra los chorros y flujos de las estrellas jóvenes excavando su nube natal en NGC 7129.
- Dónde: nebulosa NGC 7129, a 3.300 años luz de la Tierra.
- Institución responsable: telescopio espacial James Webb, operado conjuntamente por la NASA, la ESA y la CSA.
- Cuándo: imagen publicada por la ESA en octubre de 2026.
- Impacto a futuro: ayuda a entender cómo la actividad de las estrellas jóvenes regula la formación de las generaciones siguientes.




