La NASA ha seleccionado el telescopio espacial PRIMA para entrar en la fase B de su desarrollo. El nuevo observatorio mirará el universo en el infrarrojo lejano, una franja del espectro que ningún telescopio espacial ha cartografiado todavía con verdadera ambición. La agencia lo presentó a finales de septiembre de 2026.
PRIMA responde a las siglas inglesas de PRobe far-Infrared Mission for Astrophysics y nace con una lista de preguntas muy concreta: de dónde vienen los planetas, cómo se forman las estrellas y las galaxias, qué historia esconden los agujeros negros supermasivos y, quizá la más llamativa, cuál es el origen del agua que hoy corre por la Tierra. Así lo resumió Nicky Fox, administradora asociada de la Dirección de Misiones Científicas de la NASA, en el comunicado difundido por la agencia el 23 de septiembre: la misión será una nueva ventana hacia el universo profundo.
El anuncio, recogido en la página oficial de la NASA, no describe un telescopio terminado, sino un proyecto que acaba de superar un filtro. La entrada en la fase B implica que la agencia da por bueno el concepto y financia el desarrollo detallado de la tecnología que lo hará posible. Todavía queda camino antes de ver un cohete en la rampa.
Un espejo de 1,8 metros para mirar donde nadie ha mirado
El corazón del observatorio es un espejo de 1,8 metros, el equivalente a los 5,9 pies que detalla la ficha técnica de la misión. Es una abertura modesta comparada con los 6,5 metros del James Webb, y esa diferencia importa: menos superficie significa menos luz recogida en cada instante. La apuesta es otra. PRIMA no buscará retratos de objetos concretos, sino barridos amplios del cielo en longitudes de onda que hasta ahora se han estudiado poco o nada desde el espacio.
La clave está en el hueco que el infrarrojo lejano ocupa entre dos mundos ya explorados. Por un lado, los telescopios infrarrojos como Webb, que trabajan en rangos más cortos. Por otro, los grandes radiotelescopios. Entre ambos queda una franja en la que buena parte de la energía radiante del universo resulta invisible para nuestros instrumentos actuales. La NASA espera que PRIMA funcione como el puente que conecte las dos orillas y permita ver lo que hoy se escapa.
Ese hueco no es un capricho técnico. Buena parte del polvo y de los elementos pesados que viajan por el cosmos emiten precisamente ahí. También los discos de material que rodean a las estrellas jóvenes, los lugares donde se están gestando planetas. Observar en el infrarrojo lejano es, en cierto modo, levantar la persiana de una habitación que llevamos décadas iluminando solo por las rendijas.
Entre la luz que Webb sí ve y las ondas que captan los radiotelescopios queda una franja entera del universo sin vigilancia.
De la fase B a un lanzamiento en 2033
Entrar en la fase B no equivale a tener un cohete en la rampa. La NASA avanza así el diseño preliminar y el desarrollo tecnológico antes de la revisión de confirmación, el examen en el que el proyecto se juega seguir adelante o volver al cajón. Solo si supera ese trámite, la agencia mantiene su plan actual: un lanzamiento en 2033 y una misión de cinco años como línea base.
Si nada se tuerce, la gestión correrá a cargo del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) en Pasadena, California, con aportaciones del centro Goddard, del centro Marshall y de varios colaboradores internacionales. Cabe recordar que el programa Explorers, del que forma parte esta iniciativa, arrancó en 1958 con el Explorer 1, el primer satélite lanzado por Estados Unidos, y lleva desde entonces encadenando misiones de coste contenido y ambición quirúrgica.
PRIMA será, además, la primera misión de la clase Probe Explorers, una categoría nueva que nace de una recomendación del informe decadal de astronomía y astrofísica de las Academias Nacionales de 2020. El objetivo de esa clase es doble: misiones más rápidas y más contenidas que los grandes observatorios insignia, pero con capacidad para responder preguntas que ningún otro instrumento puede abordar. La NASA ya ha dejado claro que PRIMA no sustituye a Webb, sino que lo complementa, igual que lo hará el futuro telescopio Roman.
Una pieza más de un puzle que se juega en varias longitudes de onda
La astronomía moderna se ha convertido en un ejercicio de suma. Cada telescopio cubre una parte del espectro y la gracia está en combinar todas las piezas para reconstruir un mismo objeto. Webb ha demostrado hasta dónde se puede llegar en el infrarrojo cercano y medio. Roman ampliará esa mirada con campos de visión enormes. PRIMA aspira a cerrar el tramo que queda entre ambos y el territorio de las ondas de radio, y ese tramo concentra información sobre procesos que hoy solo intuimos: cómo se enfría el gas, en las nubes moleculares, cómo crece el grano de polvo hasta formar planetas, cómo se enriquecen las galaxias con elementos forjados en estrellas muertas.
El entusiasmo tiene que convivir con la letra pequeña. El anuncio no incluye instrumentos definitivos, ni rango exacto de longitudes de onda, ni presupuesto cerrado. La aprobación de la fase B es un hito administrativo relevante, pero no garantiza que PRIMA vuele: entre aquí y 2033 hay una revisión de confirmación, posibles reprogramaciones y la incertidumbre presupuestaria que acompaña a cualquier gran proyecto científico. Tampoco conviene exagerar el alcance del espejo. Con 1,8 metros, PRIMA no competirá en detalle con los observatorios más grandes, sino en cobertura y en acceso a una franja espectral inédita.
Mi lectura es que el valor de esta misión se mide mejor en negativo: en lo que hoy no podemos ver. Un telescopio que abre una ventana nueva rara vez entrega respuestas inmediatas; lo que entrega son preguntas que nadie sabía formular. El siguiente hito del calendario es la revisión de confirmación, de la que depende que el lanzamiento de 2033 siga en pie. Hasta entonces, PRIMA seguirá siendo un plano muy bien argumentado, un espejo que aún no existe y una lista de misterios pendientes: el agua de la Tierra, el polvo de las galaxias, los agujeros negros que crecieron demasiado deprisa.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: la NASA ha seleccionado el telescopio espacial PRIMA, un observatorio de infrarrojo lejano, para entrar en la fase B de su desarrollo.
- Dónde: proyecto gestionado desde el JPL en Pasadena (California); observará el cielo en longitudes de onda del infrarrojo lejano, entre lo que capta Webb y lo que captan los radiotelescopios.
- Institución responsable: NASA, con el Laboratorio de Propulsión a Chorro al frente y contribuciones de Goddard, Marshall y colaboradores internacionales.
- Cuándo: anuncio a finales de septiembre de 2026; lanzamiento previsto en 2033 si supera la revisión de confirmación.
- Impacto a futuro: cubriría la franja del espectro que hoy queda sin telescopio espacial, clave para entender la formación de planetas, la evolución de las galaxias y el origen del agua.




