Incendios forestales en Europa: un 39% más de superficie quemada sin mejor gestión

El estudio publicado en Global Change Biology advierte de que incluso el mejor escenario climático amplía la superficie quemada. Una gestión forestal activa evitaría más del 70% del incremento, según el modelo.

Un estudio publicado en Global Change Biology proyecta que los incendios forestales en Europa arrasarán un 39% más de superficie a finales de siglo incluso en el mejor escenario climático. La mejora de la gestión del fuego podría mitigar más del 70% de ese aumento, según el trabajo que recoge The Guardian.

El dato corrige una idea instalada: que la política climática se juega solo en la reducción de emisiones. La adaptación del territorio importa, y mucho. El modelo describe cómo el calor, la sequía y el viento transforman pequeños focos en incendios incontrolables a medida que la contaminación de carbono eleva las temperaturas.

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En el peor escenario analizado, con un calentamiento global de 3,6 °C sobre niveles preindustriales, la superficie quemada en Europa casi se triplicaría. No es una cifra menor: hablamos de riesgo para viviendas, infraestructuras y sumideros naturales de carbono.

Un 39% más de superficie quemada: la cifra que obliga a repensar la política forestal

Vamos a los datos. El 39% no es un aumento lineal: es la proyección del escenario más favorable. Aun cumpliendo los objetivos de descarbonización, el clima ya arrastra inercia suficiente para ampliar la temporada de incendios y endurecer las condiciones meteorológicas.

La gestión forestal aparece como la gran palanca. Los autores calculan que una mejor planificación del fuego —con quemas prescritas, limpieza de combustible y paisajes menos densos— mitigaría más del 70% del incremento proyectado.

Reducir emisiones no basta: la Europa que arde necesita otra gestión del territorio antes de que el fuego decida por ella.

La letra pequeña del modelo: gestión del fuego frente a escenarios climáticos

La proyección no depende de un solo factor. El modelo separa el efecto del clima del efecto de la intervención humana. La segunda no elimina el riesgo, pero reduce la superficie quemada de forma muy relevante, incluso sin frenar el calentamiento.

En en el contexto mediterráneo, la acumulación de biomasa tras décadas de abandono rural convierte el monte en un depósito de combustible listo para arder. En España, Grecia o Italia, esa dinámica multiplica el riesgo estructural.

Aquí aparece una decisión de fondo: tratar el fuego como enemigo estacional o como un proceso ecológico que exige gestión permanente. La letra pequeña manda.

Qué implica una mejor gestión del fuego

  • Quemas prescritas para reducir el combustible vegetal acumulado.
  • Limpieza de cortafuegos y apertura de mosaicos agroforestales.
  • Restauración de paisajes menos densos y más resistentes al viento.
  • Planes de prevención municipal conectados con la ordenación del territorio.

La lectura para la Europa mediterránea es directa: sin gestión activa, la vegetación se densifica, el riesgo se acumula y la extinción llega tarde. Eso no se resuelve solo con más hidroaviones; se resuelve ordenando el territorio antes del verano.

📊 Impacto ecológico en cifras

  • Superficie quemada adicional: 39% más en el mejor escenario climático a finales de siglo.
  • Escenario extremo: con 3,6 °C de calentamiento, la superficie quemada casi se triplicaría.
  • Palanca de mitigación: una mejor gestión del fuego evitaría más del 70% del aumento.
  • Equivalencia tangible: no detallada en la fuente oficial; el estudio prioriza superficie y probabilidad.

Prevenir incendios es inversión, no gasto: la cuenta que cambia la política forestal

La Comisión Europea ha enmarcado la resiliencia forestal dentro de la Estrategia Forestal Europea 2030. El estudio de Global Change Biology aporta un argumento cuantitativo a esa hoja de ruta: si la gestión activa puede evitar más del 70% del incremento de superficie quemada, cada euro destinado a prevención compite en rentabilidad con cualquier partida de extinción.

Aquí está la clave. La prevención no solo evita pérdida de biomasa; reduce emisiones de CO2, protege suelos y mantiene la capacidad de los montes como sumideros. La extinción, en cambio, actúa cuando el carbono ya se ha liberado y el daño ecológico está hecho.

El efecto dominó es evidente. Una política forestal seria obliga a municipios, propietarios y empresas a ordenar el paisaje. También empuja a los fondos de inversión con criterios ESG a mirar la exposición al riesgo climático de sus activos forestales y urbanísticos.

El coste de no actuar se mide en hectáreas, pero también en infraestructuras y en primas de riesgo para aseguradoras y fondos. La gestión forestal deja de ser una política sectorial y se convierte en una variable de estabilidad económica.

La responsabilidad intergeneracional no es retórica: el estudio sitúa el grueso del impacto a finales de siglo. Las decisiones de gestión que se toman hoy condicionan el paisaje que recibirán las próximas décadas.

🌍 El Impacto Real para el Futuro

  • Beneficio medible: una gestión forestal activa puede mitigar más del 70% del aumento proyectado de superficie quemada.
  • Modelo que cambia: la extinción estacional cede paso a la prevención permanente y a la ordenación del territorio.
  • Para las próximas generaciones: un paisaje menos combustible conserva sumideros de carbono y reduce el riesgo estructural de incendio.

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