Greenpeace Africa ha desvelado un dato que refuerza el peso de la desigualdad en la crisis climática: la deuda climática asociada a las inversiones del 0,01% más rico del mundo ascendió a 992.000 millones de dólares en 2022, más del doble que la generada por su consumo directo. El informe propone gravar a los ultrarricos para destinar esos recursos a la financiación climática de los países más vulnerables.
992.000 millones de dólares: la cifra que marca la diferencia
El estudio, titulado Understanding the Climate Debt of Extreme Wealth y elaborado por el Fórum Ökologisch-Soziale Marktwirtschaft (FÖS) para Greenpeace Africa, utiliza por primera vez una doble contabilidad. No solo mide las emisiones derivadas del consumo (jets privados, residencias, alimentación), sino que incorpora las generadas por la propiedad y las inversiones de los ultrarricos en sectores intensivos en carbono.
En 2022, la deuda climática por consumo del 0,01% más rico se estimó en 405.000 millones de dólares. Sin embargo, la vinculada a sus carteras de inversión —acciones de petroleras, cementeras, fondos que financian nueva infraestructura fósil— casi la triplica: 992.000 millones de dólares. Cada individuo de ese grupo acumuló una deuda climática media de 1,24 millones de dólares por sus inversiones, frente a los 506.783 dólares atribuibles a su estilo de vida.
El hallazgo es contundente: las emisiones asociadas a la propiedad del capital son el doble de relevantes que las del consumo. Y el 1% más rico concentra aproximadamente el 41% de todas las emisiones por propiedad, mientras que apenas representa el 16,5% de las derivadas del consumo. Estos datos, según el informe, demuestran que los marcos actuales de política climática están ciegos ante la verdadera dimensión de la huella de carbono de la élite financiera.
El peso de las inversiones: el verdadero indicador de la huella climática
La investigación subraya que la crisis climática es también una crisis de concentración de riqueza. Mientras los gobiernos piden a la ciudadanía que recicle o use menos el coche, los ultrarricos siguen sembrando emisiones a través de los consejos de administración y los mercados financieros. La letra pequeña no engaña: un miembro medio del 0,01% genera una deuda climática por propiedad más de 130 veces superior a la de un miembro medio del 10% más rico global.
El análisis, basado en el presupuesto de carbono restante para no superar 1,5 °C, monetiza los daños climáticos asociados a las emisiones que exceden un reparto equitativo. Y ahí es donde la brecha se dispara, porque los más ricos sobrepasan con mucho su parte justa. Vamos a los datos: la desigualdad no solo es económica, es directamente una máquina de emisiones que funciona a toda velocidad.
La deuda climática de los ultrarricos se duplica cuando se mira más allá del consumo y se analiza el verdadero motor de sus emisiones: la propiedad de activos contaminantes.

Un impuesto a los que más contaminan para cubrir el billón de dólares de la financiación climática
El informe aterriza en una propuesta concreta: aplicar el principio de quien contamina paga al ámbito fiscal. Greenpeace International reclama que los gobiernos integren la tributación de los grandes patrimonios y de las corporaciones más contaminantes en la Convención Fiscal de la ONU (UNFCITC), con normas vinculantes de transparencia, derechos de imposición y lucha contra la elusión.
“Grabar a los milmillonarios por el coste real de sus inversiones y estilos de vida contaminantes no es radical, es un paso justo y necesario”, afirma Koaile Monaheng, responsable de Fair Share Global Political Lead en Greenpeace Africa. La organización sostiene que solo con el impuesto a la deuda climática del 0,01% más rico se podría contribuir de forma significativa al billón de dólares anuales que los países en desarrollo necesitan para adaptarse y mitigar los efectos del cambio climático.
En la práctica, la propuesta choca con la arquitectura fiscal internacional, diseñada para proteger los capitales. Pero el contexto de financiación climática está cambiando: las necesidades aumentan, y la brecha entre lo prometido y lo desembolsado se amplía. El marco de la UNFCCC y la negociación de la convención fiscal deben verse como procesos complementarios, insiste Greenpeace.
El análisis: ¿puede un impuesto a los ultrarricos cerrar la brecha de la justicia climática?
No es la primera vez que se pone sobre la mesa un impuesto a las grandes fortunas para fines climáticos. Oxfam lleva años documentando la huella de carbono de los más ricos; la Taxonomía Verde europea exige ya transparencia, aunque solo opera en el ámbito corporativo. Lo novedoso de este informe es la metodología: traslada la responsabilidad al lugar donde realmente se concentran las emisiones, la propiedad del capital, y no solo al acto de gastar.
Ojo con el dato: en 2022, la deuda climática total del 0,01% más rico (992.000 millones de dólares) equivale aproximadamente a lo que se necesita cada año para la financiación climática global, que asciende al menos a un billón de dólares. Es decir, cubrirla fiscalmente no es utópico si existe voluntad política. Sin embargo, la mayoría de esas fortunas residen en un puñado de países —Estados Unidos, China, Europa— que aún no han coordinado medidas efectivas.
La transición hacia un modelo bajo en carbono necesita recursos masivos, y este tipo de informes empujan el debate de la justicia fiscal como palanca. Lo que está claro es que, mientras los ultrarricos sigan acumulando activos contaminantes sin pagar por el daño, la factura la seguirán pagando, con creces, los países del sur global que menos han contribuido a la crisis.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: Un impuesto sobre el 0,01% más rico podría movilizar cerca de un billón de dólares anuales para financiar la adaptación y la mitigación climática en los países más vulnerables.
- Modelo que cambia: La contabilidad climática incorpora la propiedad del capital como fuente de emisiones, superando el enfoque limitado al consumo y forzando a los reguladores a mirar donde más contamina la élite.
- Para las próximas generaciones: Cada dólar que se grave a las inversiones contaminantes se traduce en menos infraestructura fósil, más renovables y menos carga de desastres climáticos para los jóvenes de hoy.





