Marc Vidal alerta: un juez autoriza la destrucción de libros para reescribir el pasado con IA

Detrás de la trituradora hay una resolución judicial de 2025 que permite digitalizar libros viejos para IA si se destruye el original. Marc Vidal conecta los puntos entre un librero de Badalona, el hambre de texto humano limpio y el arquitecto del proyecto Google Books.

En su último análisis, Marc Vidal destapa una operación silenciosa que une la obsolescencia del papel con el hambre voraz de las grandes tecnológicas por datos humanos. Un librero de Badalona fue el primero en detectarlo: pedidos automatizados de cientos de ejemplares descatalogados que acababan en una trituradora en Estados Unidos. Pero la máquina judicial —y no la cortadora hidráulica— es lo que debería quitarnos el sueño.

El patrón del expolio: cómo un librero de Badalona encendió las alarmas

Marsalfon, propietario de la librería Phoenix, notó algo extraño a finales de abril. Un manual de los años 70 sobre el mundo Castellier, sin salida comercial en dos décadas, se vendió por 5 euros, pero el comprador pagó 67 euros de envío para mandarlo a un operador logístico en EE.UU. Tirando del hilo, el librero descubrió que el patrón se repetía: pedidos masivos, a veces de más de mil ejemplares, de actas de congresos, dietarios de la Guerra Civil o recetarios comarcales, todos prácticamente inhallables en otro sitio. No eran joyas bibliográficas, sino papel viejo sin valor aparente.

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Según explica Vidal, el mismo esquema se ha replicado en Alemania, Países Bajos, Australia o Nueva Zelanda. Tras la cortadora hidráulica, un escáner de producción digitaliza cientos de páginas por minuto. El original acaba convertido en pasta de papel. La facturación apunta a la empresa canadiense Zoom Books, dedicada al reciclaje, aunque tras las primeras publicaciones que hablaban de alimentar algoritmos con esos libros, esas entradas desaparecieron de su web y ahora la compañía niega cualquier vínculo con la destrucción para entrenar inteligencia artificial.

La nueva materia prima: texto humano anterior a 2022, sin contaminar

El creador del vídeo recuerda el data wall: los grandes modelos de lenguaje ya han absorbido casi todo internet, y ahora se enfrentan al colapso del modelo. Cuando una IA se entrena con la salida de otra, cada generación degrada la calidad, como una fotocopia de una fotocopia. Por eso, el texto impreso antes de 2022 —año en que la IA generativa empezó a contaminar la red con contenidos sintéticos— se ha convertido en reserva de texto humano sin contaminar. Así lo comercializa ya algún intermediario que mantiene bases de más de 110 millones de títulos.

Marc Vidal subraya la ironía: un libro descatalogado sobre elaboración de vino o una guía local adquieren un nuevo precio de mercado, no por lo que cuentan, sino por el año en que fueron impresos. El papel anterior a 2022 vale más que el contenido que transporta. Esa mercancía ficticia, diría Karl Polanyi, convierte el conocimiento acumulado en un activo sujeto a fecha de caducidad.

El conocimiento acumulado en papel durante el siglo XX se ha convertido de repente en una mercancía con fecha de caducidad. Lo que importa no es lo que dice, sino el año en que fue impreso.

— Marc Vidal

La resolución judicial que convierte la destrucción en uso legítimo

El nudo del asunto está en la segunda mitad del fallo del juez William Alsup, del distrito norte de California, sobre el caso Bart contra Anthropic (febrero de 2025). La primera parte resolvió la descarga masiva de más de siete millones de copias piratas de repositorios como Books3 o Library Genesis: el tribunal rechazó el uso legítimo como defensa y cerró un acuerdo de 1.500 millones de dólares, aprobado definitivamente el 20 de julio de 2026. Pero, según detalla Vidal, la otra mitad del documento autoriza algo mucho más sibilino. Si una empresa compra un libro físico, lo destruye para escanearlo y guarda el archivo sin que salga de la compañía, no hay creación de una copia adicional —cada ejemplar en papel se «sustituye» por un archivo digital— y, por tanto, esa destrucción es uso legítimo sin coste. Si guardasen los libros en un almacén, habría dos copias y la defensa se caería.

Así, piratear siete millones de libros cuesta 1.500 millones de dólares, pero comprarlos, triturarlos y digitalizarlos es gratis. El propio magistrado basó su razonamiento en el cambio de formato, no en el destino material del ejemplar. Un tecnicismo legal que, en la práctica, convierte la destrucción del soporte en la vía más limpia para construir bibliotecas privadas de entrenamiento.

El regreso del arquitecto: Tom Turvey y el proyecto Panamá

Vidal conecta los puntos con un nombre que lo explica casi todo. Tom Turvey, fichado por Anthropic en febrero de 2024, fue el responsable de alianzas del proyecto de digitalización de Google en 2004. Entonces, los libros volvían intactos a las estanterías y cualquiera podía buscar fragmentos desde casa. Dos décadas después, al frente del proyecto interno bautizado como Panamá, el encargo es el mismo («conseguir todos los libros del mundo»), pero con un final diametralmente opuesto. Según los documentos revisados por The Washington Post, el plan incluye escáneres destructivos, lotes de hasta dos millones de ejemplares en seis meses y acuerdos de confidencialidad con proveedores como Better World Books. Si en 2004 se preservaba el acceso público, hoy se blinda el archivo dentro de una empresa privada.

Lo que la inteligencia artificial no recordará

El investigador catalán que colaboró con el librero de Badalona no vio nada raro al rastrear la propiedad de los dominios implicados; todo apuntaba a un arbitraje de precios entre plataformas. Pero el vídeo insiste en que la anécdota del arbitraje es la parte pequeña. Lo verdaderamente inquietante es la coincidencia entre la resolución judicial que bendice la destrucción, el auge del «texto humano limpio» y el regreso de Turvey con fondos y propósito. Como ya advertía el anterior análisis de Vidal sobre el 38% de las páginas web desaparecidas desde 2013, la desaparición del soporte original —sea digital o en papel— deja el relato en manos de quien entrena el modelo. Si el ejemplar físico ya no existe y el archivo no sale de los servidores corporativos, la historia no se prohíbe: se reescribe sin testigos.

El librero de Badalona empezó tirando del hilo de un envío de 35 euros. Lo que encontró al otro extremo no fue un comprador excéntrico, sino una maquinaria legal, financiera y tecnológica que convierte el papel viejo en la memoria editable del mañana. La pregunta ya no es cuántos libros se han triturado, sino quién decidirá qué pasado nos devuelven las máquinas cuando les preguntemos por él.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Marc Vidal:

Youtube video

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