Bienal de Venecia 2026: guía para no perderse lo que vale la pena, incluyendo la vergüenza del Pabellón de España

La 61ª Bienal de Venecia está abierta hasta el 22 de noviembre y ofrece algunas de las mejores propuestas artísticas que se han visto en los Giardini en años: una pintora británica con uno de los mejores lienzos narrativos de la última década, un mural de 17 metros de un kosovar que te sigue cuando sales, y Anish Kapoor con sus modelos imposibles en un palacio del siglo XVI en Cannaregio

La Bienal de Venecia de 2026 es uno de los eventos culturales más importantes del planeta y acaba de abrir sus puertas. Esta edición llega con el peso adicional de haber sido concebida por Koyo Kouoh, curadora camerunesa que murió en mayo de 2025 antes de ver su visión hecha realidad, y cuyo equipo la completó exactamente como ella la dejó diseñada. «In Minor Keys» —en tonos menores— se llama la muestra central. Un título que parece modesto y que en realidad es una declaración de intenciones: arte que no grita, que pide paciencia, que recompensa la lentitud. Y en medio de todo eso, España ha mandado un stand con postales de mercadillo. Pero vayamos por partes.

Venecia en mayo huele a pintura húmeda, agua de canal y ambición artística de la que no necesita anunciarse. Hay 111 artistas participantes, más de 100 pabellones nacionales y por primera vez en años el Pabellón Central de los Giardini reabre tras una renovación de 31 millones de euros. La Bienal dura hasta el 22 de noviembre. Pero la mayoría de lo verdaderamente interesante lo verás mejor si vas antes de que el verano llegue a su pico de masificación.

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Lo que hay que ver: pintores y escultores que justifican el viaje

El Pabellón del Reino Unido lo ocupa Lubaina Himid, artista ganadora del Turner Prize, con una suite de grandes pinturas y esculturas que conectan migración y sentido de pertenencia. Su obra más impactante, Architects —un conjunto de varios paneles que sitúa centros comunitarios, mezquitas e iglesias junto a retratos de personas evaluando si quedarse o marcharse— es exactamente el tipo de gran pintura narrativa que la Bienal suele rehuir en favor de instalaciones de neón y vídeo. Que esté aquí, y de este calibre, ya merece el precio del billete de avión. El British Council ha anunciado además que la muestra itinerará por Coventry, Belfast y Swansea desde 2027, lo que da la medida de su peso institucional.

Bienalle Venecia 2026 Merca2

En el Pabellón de Kosovo, instalado en la Chiesa di Santa Maria del Pianto, Brilant Milazimi presenta Hard Teeth, una instalación de pintura inmersiva construida alrededor de un paisaje monumental de 17 metros de ancho. Figuras en fila, suspendidas en un estado de espera en un terreno montañoso. La pintura al óleo con bolígrafo, los dientes apretados como motivo recurrente, la historia política de Kosovo resonando en cada centímetro de lienzo. Es el tipo de pintura que intimida y que no te abandona al salir. Si solo vas a ver un pabellón fuera de los Giardini, que sea este.

Armen Agop representa a Egipto con el Silence Pavilion: Between the Intangible and the Tangible, obra de un artista que es simultáneamente pintor y escultor y cuyo trabajo busca revivir la tradición mística del arte copto invitando al espectador a desacelerarse y sintonizarse con lo imperceptible. El tipo de propuesta que en una era de pantallas encendidas resulta casi subversiva. Experiencia recomendada.

En el Pabellón de Estados Unidos, el escultor Alma Allen —nacido en Utah, afincado en México— presenta Call Me the Breeze, unos treinta trabajos en piedra, madera y bronce trabajados con procesos preindustriales y tecnologías contemporáneas simultáneamente. Sus formas biométricas y orgánicas parecen estar siempre a punto de moverse. Varios de los trabajos más grandes han sido producidos específicamente para Venecia, incluyendo una escultura de gran escala para el exterior del pabellón.

El Pabellón de Austria, con Florentina Holzinger y SEAWORLD VENICE, es la propuesta más físicamente provocadora de los Giardini: performance convertida en instalación, cuerpos, residuos, desnudez y malestar corporal como herramientas para hablar de fallo sistémico. No es para todo el mundo. Pero si buscas algo que te saque de la zona de confort intelectual y sensorial, aquí está.

El Pabellón de la Santa Sede —con Hans Ulrich Obrist y Ben Vickers comisionando obras sonoras para un jardín monástico, interpretaciones de la compositora del siglo XII Hildegard von Bingen por artistas como Brian Eno, FKA Twigs, Terry Riley y Devonté Hynes— es la mejor razón para alejarse del ruido de los Giardini y encontrar algo que en la Bienal no suele encontrarse: silencio con sustancia. Lo de que el Papa ganó a Trump en el voto artístico de Venecia 2026 es un titular que alguien debería colgar en el Vaticano.

El Pabellón de Bahamas —financiado en gran parte por la propia comunidad creativa del país, sin apoyo gubernamental— es emocionalmente el más poderoso de toda la edición: un homenaje póstumo al artista John Beadle, que iba a representar a Bahamas en 2015 y falleció el año pasado sin haber visto su oportunidad de Venecia. El escultor Lavar Munroe construyó la instalación final en Venice en un solo mes, con apoyo comunitario masivo. Hay algo en eso —un país pequeño, sin presupuesto ministerial, llevando a Venecia lo que realmente quiere decir— que hace que algunos pabellones de países grandes resulten todavía más vacíos por comparación.

Anish Kapoor en el Palazzo Manfrin: imprescindible y con fecha de caducidad

Cuando Anish Kapoor compró el Palazzo Manfrin en el sestiere de Cannaregio en 2018, no estaba comprando solo un estudio y una sede para su fundación. Estaba resolviendo un problema que siempre ha acompañado a su trabajo: dónde colocar obras que a menudo resisten la coexistencia con cualquier otra cosa. Sus esculturas exigen, casi por definición, espacio, vacío, distancia. Y Venecia, con un palacio del siglo XVI en un barrio que el turismo de masas todavía no ha devorado del todo, le da exactamente eso.

La exposición en el Palazzo Manfrin, abierta desde el 6 de mayo y hasta el 8 de agosto de 2026, reúne instalaciones a gran escala, entre 50 y 70 modelos arquitectónicos que abarcan los últimos 50 años de trabajo, y obras en acero inoxidable pulido. Piezas monumentales como At the Edge of the World (1998) y Descent into Limbo (1992) conviven con la maqueta del Cloud Gate de Chicago —ese frijol gigante reflectante que lleva años siendo campo de batalla político en Illinois, desde una demanda contra la NRA por uso no autorizado de su imagen hasta fotografías de agentes de la Border Patrol haciéndose selfies frente a él que Kapoor comparó con las SS nazis— y el primer proyecto de sala de conciertos inflable del mundo, Ark Nova.

Lo que vale la pena Anish Kapoor, el pabellón de Egipto y de la Santa Sede. La verguenza de la Bienal el Pabellon de España, para olvidar con la propuesta absurda de tercera de Oriol Vilanova comisariado por Carles Guerra.

La primera sorpresa es que la exposición no parece diseñada para impresionar de la manera más predecible. Los efectos ópticos que hicieron famoso a Kapoor están presentes, pero se dedica espacio generoso a los modelos arquitectónicos: pequeños, a menudo frágiles, hechos de materiales básicos de estudio y poblados por figuritas que miden su escala. No es una retrospectiva blanca y aséptica. Es un palacio aún áspero, irregular, parcialmente desnudo, donde la escultura puede volver a ser arquitectura y la arquitectura puede ser material que se moldea. Entre sus proyectos más ambiciosos sin realizar hay planes para una obra en el espacio exterior: «Es realista en el sentido de que estamos en conversaciones serias —no puedo decir con quién— sobre hacer algo muy ambicioso ahí fuera, con suerte lo suficientemente grande como para verse desde la Tierra

Sobre lo que realmente le importa del arte, Kapoor lo dice con el tono de alguien que lleva décadas en el ojo de esa tormenta y ya no se molesta en disimular el cansancio: «Parece que hemos sido eclipsados en cierta medida por la importancia del origen étnico, y hay que tener cuidado con eso, porque lo que importa al final no es de dónde viene el arte. Lo que importa al final es cómo abre nuestro lenguaje visual y emocional.»

El Palazzo Manfrin está en Fondamenta Venier, Cannaregio 342. Abre de 10 a 18 horas, última admisión a las 17:30. Las entradas se compran en biglietteria.culturatela.it. Ojo crítico: la exposición cierra el 8 de agosto de 2026. Si vas en septiembre u octubre para ver la Bienal, Kapoor ya no estará. Planifica en consecuencia.

El Pabellón de España: postales de mercadillo como representación de un país

Y llegamos a la parte incómoda. Que es también la más corta, porque no hay mucho que decir sobre muy poco.

España presenta en los Giardini «Los restos», proyecto del artista Oriol Vilanova comisariado por Carles Guerra. La dupla se ha cubierto de gloria. La propuesta transforma el interior del pabellón en un pseudomuseo basado en la acumulación: la recopilación sistemática de postales recuperadas en mercadillos y establecimientos de segunda mano que Vilanova ha desarrollado durante más de dos décadas. Estos fragmentos, vestigios de la era del turismo global, se despliegan en una composición mural sin jerarquías ni relato lineal.

Voy a concederle al proyecto todo el beneficio de la duda que merece, que no es poco. Hay una idea interesante enterrada en esto: la postal como reliquia de una forma de comunicar que ha desaparecido, los mercadillos como archivo caótico de lo que fuimos, la acumulación como crítica a los sistemas de legitimación cultural del museo. Lo entiendo. Se lo reconozco.

Y aun así, cuando España ocupa uno de los pabellones históricos de los Giardini —recién renovado con una inversión integral concluida en 2025— y lo que propone para representar a este país ante la comunidad artística mundial es una colección de postales compradas en el Rastro y equivalentes europeos, algo ha fallado en la cadena de decisiones. No porque sea conceptualmente indefendible. Sino porque con el nivel de talento artístico que hay en España en 2026, elegir esto parece el resultado de un comité que busca seguridad académica y no riesgo artístico real.

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El comité que eligió este proyecto incluye a los directores del MNCARS, el CA2M, el CGAC y el Museu Antoni Tàpies, entre otros nombres de peso. El apoyo institucional incluye a la Fundación Botín. Con todo ese capital cultural detrás, y con el pabellón recién renovado, el resultado es un stand de postales con un libro de artista adjunto y una performance de Buñuel que nadie sabe cuándo va a pasar porque es «no anunciada». Bon appétit, sector cultural. Luego nos preguntamos porque los artistas españoles no pintan absolutamente nada en el mundo del arte internacional hace decadas. La respuesta es obvia, presentando al mundo bobadas, artistas de segunda con propuestas de tercera.

Cómo moverse por Venecia: lo que nadie te explica y debería

Venecia tiene la particularidad de ser simultáneamente la ciudad más bonita y más incómoda de Europa para moverse si no sabes lo que estás haciendo.

Hay que comprar los tickets de la Bienal online y con antelación en labiennale.org. Ya no existe taquilla en puerta operativa. El precio estándar es de 30 euros. Menores de 26: 16 euros. Mayores de 65: 20 euros. Un pase de tres días cuesta 40 euros. Un billete da acceso tanto a los Giardini como al Arsenale —el complejo histórico de astilleros de la República de Venecia del siglo XIV donde hoy se instalan buena parte de los pabellones nacionales—. Ambos espacios están a unos diez minutos caminando a lo largo de la orilla de la laguna.

Sólo 28.000 Venecianos y 20 Millones de turistas… si vas a acudir saber como moverte y alojarte es clave

Evita la semana de inauguración, del 6 al 15 de mayo. El mundo del arte desciende sobre Venecia para el Vernissage y las primeras jornadas. Las colas son más largas, los restaurantes están reservados con semanas de antelación y los vaporetti van a rebosar. Llegar a partir de finales de mayo es una experiencia radicalmente diferente y más disfrutable.

Para el transporte interno, el pase de 48 horas del vaporetto cuesta 35 euros y cubre todos los trayectos. Si tienes menos de 30 años, existe la Rolling Venice Card por 6 euros que da acceso a tarifas reducidas. No cojas taxis acuáticos: cuestan más que la entrada a la Bienal y no te dejan más cerca de ninguna puerta. La línea 1 o 5.1 del vaporetto desde Santa Lucia —la estación de tren— te deja directamente en la parada «Giardini Biennale». La caminata desde la estación hasta los Giardini dura unos 45 minutos y atraviesa la columna vertebral de la ciudad: una buena primera mañana si te alojas cerca del Rialto. Con maletas, vaporetto sin pensarlo dos veces.

Calcula tres horas mínimo por cada sede y entre cinco y siete si vas a ver ambas en el mismo día. La mayoría de los visitantes experimentados dividen la visita en dos días: los Giardini el primero, el Arsenale el segundo. El arte contemporáneo en dosis masivas produce el mismo efecto que leer cuatro periódicos seguidos: al final ya no absorbes nada.

Para comer, el consejo más valioso que nadie te da en ninguna guía oficial: evita los restaurantes con vistas a la laguna en la Riva degli Schiavoni. Cobran 25 euros por una copa de vino mediocre porque pueden. Camina dos calles hacia el interior del sestiere de Castello, donde los bacari —los bares tradicionales venecianos— sirven cicchetti y un ombra de Raboso por menos de quince euros. El bacaro Al Portego y El Refolo son buenas opciones.

Los pabellones que están fuera de los Giardini y el Arsenale —dispersos por palacios y espacios históricos de toda la ciudad— tienen entrada gratuita en la mayoría de los casos. Kosovo en Santa Maria del Pianto, la Santa Sede en un jardín monástico, Kapoor en Cannaregio: ninguno incluido en la entrada de la Bienal, pero tampoco ninguno te cobra nada o te cobra poco. Son algunas de las mejores cosas que puedes ver.

Una advertencia final sobre el alojamiento: Mestre, la zona continental de Venecia, ofrece hoteles más baratos pero es incómoda. Dependes de horarios de tren, necesitas tiempo extra de desplazamiento y pierdes el ritmo de la ciudad. Si puedes permitirte estar dentro de Venecia, merece la diferencia de precio. Saber de antemano que el último tren de vuelta sale a las 23:47 puede arruinarte las últimas horas de la mejor tarde de tu viaje.

La Bienal de Venecia 2026 es, contra todo pronóstico y a pesar del duelo por Kouoh, una de las ediciones más emocionantes de los últimos años. Vale el viaje, el esfuerzo y los pies destrozados en el empedrado. Solo asegúrate de no perderte el tiempo que te queda mirando postales de mercadillo en el Pabellón de España.

Italia tiene su Bienal. España tiene «Los restos». Parece el título de una metáfora que nadie pidió.


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