Menos de tres meses después del bloqueo parcial del estrecho de Ormuz, la Comisión Europea ha puesto cifras al desastre. Y son más negras de lo que anticipaban los mercados. Las previsiones económicas de primavera 2026 publicadas hoy, 21 de mayo, reflejan un escenario que muchos analistas temían, pero que pocos se atrevían a cuantificar. Un nuevo shock energético, originado por el conflicto en Oriente Medio, está estrangulando la recuperación europea y, en especial, la economía española.
Bruselas ha tenido que revisar a la baja sus expectativas de crecimiento para este año. El PIB de la zona euro apenas crecerá un 0,9% en 2026, lejos del 1,6% que se barajaba en febrero. El motivo es claro: el bloqueo del estrecho de Ormuz, que canaliza una quinta parte del tráfico mundial de petróleo, ha disparado los precios energéticos justo cuando la inflación empezaba a dar tregua a los hogares.
El impacto en España es especialmente duro. La economía española, que en 2025 creció un 2,5% apoyada en el turismo y el consumo, perderá fuelle de forma brusca. Según los cuadros macroeconómicos que acompañan al documento, la previsión de crecimiento del PIB español se recorta del 2,0% al 1,6% para 2026. Un frenazo de cuatro décimas que se traduce en menos empleo, menor recaudación fiscal y un invierno social más complicado.
El detonante es el precio de la energía. El precio medio del crudo Brent se dispara hasta los 110 dólares por barril en las proyecciones de la Comisión, muy por encima de los 85 dólares que se manejaban hace solo tres meses. El gas TTF, referencia europea, ronda los 55 €/MWh, un nivel que no se veía desde la crisis energética de 2022. Para un país como España, que importa casi todo el petróleo y el gas que consume, la factura energética se convierte en un lastre insoportable.
El shock energético: petróleo a 110 dólares y gas por encima de 50 €/MWh
La subida de los precios no es una hipótesis académica. En las últimas semanas, el Brent ya ha coqueteado con los 95 dólares y los futuros apuntan hacia los tres dígitos. El contango es real. La Comisión asume un promedio de 110 dólares para el año, pero no descarta picos de 130 dólares si las tensiones en el Golfo Pérsico se agravan. El gas europeo, por su parte, ha acumulado una subida superior al 40% desde marzo. La razón es la misma: los cargueros de GNL que salen de Catar y Emiratos Árabes Unidos tienen que sortear un Ormuz militarizado, con primas de seguro prohibitivas y rutas alternativas más largas.
El consumidor español lo sufre directamente en el recibo de la luz y en el surtidor. El precio mayorista de la electricidad ha vuelto a superar los 200 €/MWh en varios días de mayo, arrastrado por el gas. Y los carburantes: la gasolina 95 roza ya los 1,80 euros por litro, niveles que no se veían desde el verano de 2022. La Comisión advierte de que este repunte de los costes energéticos alimentará una inflación persistente que no se limitará a un trimestre.
El frenazo económico: España pierde dos décimas de PIB y la inflación repunta al 3,2%
Las previsiones de primavera 2026 traen un jarro de agua fría para el Gobierno español. La inflación media del año se eleva al 3,2%, ocho décimas más que en la anterior proyección, mientras que la subyacente —que excluye energía y alimentos frescos— se sitúa en el 2,7%. Esto tiene un efecto corrosivo sobre la capacidad de compra de las familias y sobre la competitividad de las empresas. Los sectores del transporte, la industria química, y la agricultura son los más golpeados, con costes operativos que se disparan y márgenes que se evaporan.
El Banco Central Europeo se enfrenta a un dilema complejo. Había iniciado la senda de bajadas de tipos con la esperanza de aterrizar suavemente la economía. Ahora, se encuentra con una inflación que no cede y un crecimiento que se desvanece. La presidenta del BCE, Christine Lagarde, ha señalado en las últimas horas que la situación es «muy incierta» y que la política monetaria dependerá de los datos. La palabra clave es wait and see, pero los inversores ya descuentan una pausa en las rebajas y quizá alguna subida si el crudo escala más.

Análisis: la dependencia energética europea, el espejo de Ormuz y el dilema de la transición
Este no es un choque más. El bloqueo de Ormuz vuelve a poner sobre la mesa la fragilidad del modelo energético europeo. Tres años después de la invasión rusa de Ucrania, la UE había avanzado en diversificación: más GNL de EE.UU. y Argelia, más renovables, almacenamiento. Pero el talón de Aquiles sigue siendo el tránsito marítimo por puntos críticos. Ormuz es el nuevo frente. Y las consecuencias van más allá de los precios.
Creo que la Comisión ha sido demasiado optimista en sus escenarios anteriores. En febrero, cuando se elaboraron las previsiones de invierno, ya había señales de que la tensión en Oriente Medio podía escalar, pero se optó por un riesgo acotado. Ahora, el escenario base es un shock persistente. España, en particular, va a sufrir un doble castigo: es muy dependiente del petróleo en el transporte —el 94%— y mantiene una factura eléctrica muy vinculada al gas natural, a pesar del despliegue renovable.
Más allá del corto plazo, el verdadero debate es si esta sacudida va a acelerar o a frenar la transición energética. Yo me inclino por lo segundo. Los gobiernos, bajo presión social, optarán por rebajas fiscales a los carburantes o por topar precios, medidas que drenan recursos públicos que podrían destinarse a renovables y electrificación. La derecha energética, la que siempre ha defendido el gas como combustible puente, gana argumentos. La izquierda verde pierde fuelle. Es un déjà vu.
Además, en España, el plan de cierre nuclear previsto entre 2027 y 2035 se tambalea. Varias voces del sector industrial y energético piden al Gobierno que reconsidere el calendario, al menos para Almaraz, que debería parar en 2027. Con los precios de la luz desbocados, mantener una capacidad firme y barata como la nuclear resulta tentador. Pero la decisión tiene un coste político alto; el PSOE se juega su alianza con Sumar. No será fácil.
La gran incógnita es si el BCE tendrá margen para mantener los tipos en este entorno. Si la inflación subyacente sigue pegajosa, es probable que veamos un otoño con el precio del dinero más alto del que anticipábamos. Y eso pincharía el consumo, la inversión empresarial y la construcción. El verano será largo, y septiembre, un mes de verdades. El estrecho de Ormuz se ha convertido en el barómetro de la economía mundial.
Por último, las previsiones de la Comisión no son una profecía, sino una fotografía de lo que puede ocurrir si nada cambia. El documento, consultable en el comunicado de prensa de la Comisión, parte de un supuesto de conflicto persistente en Oriente Medio. Si la diplomacia desbloquea el tránsito de petroleros en las próximas semanas, el escenario podría mejorar. Pero esa opción, hoy, es la menos probable.




