El orden global experimenta una mutación cuyas réplicas se sienten en despachos gubernamentales y centros tecnológicos de todo el planeta. En el epicentro de este fenómeno se encuentra el gigante asiático, una potencia que ha dejado atrás la era del made in China para abrazar con fuerza la vanguardia de la innovación propia.
Claudio Feijóo, catedrático y economista, desentraña las claves de esta transformación estructural. Según su análisis, el posicionamiento geopolítico de Pekín no busca el caos inmediato, sino una consolidación estratégica pausada. De hecho, el experto afirma que “China se aprovecha de nuestro ciclo político; con Trump solo tienen que aguantar el tirón”.
De la copia a la vanguardia: cómo China reescribió las reglas

Hace apenas una década, «made in China» era sinónimo de producto barato y de segunda categoría. Hoy esa etiqueta ha desaparecido del vocabulario oficial de Pekín, sustituida por otra más ambiciosa: invented in China. El cambio no es cosmético. Feijóo recuerda que todos los países que han aspirado al liderazgo tecnológico pasaron por una fase de imitación, incluidos los propios Estados Unidos hace un siglo. La diferencia es que China ha comprimido ese proceso en pocas décadas y ahora acumula más patentes en determinados sectores que cualquier otro país del mundo.
El repaso sectorial que propone el economista resulta difícil de rebatir: coches eléctricos, baterías, paneles solares, drones, robots, pagos móviles. En todos ellos China no solo compite, sino que marca el ritmo. Y en inteligencia artificial, la irrupción de DeepSeek envió un mensaje inequívoco al mercado global: «China ya entrena inteligencia artificial sin depender de los chips de Nvidia», apunta Feijóo, refiriéndose al modelo entrenado con procesadores Huawei que apareció semanas después de que Washington anunciara una inversión monumental en OpenAI.
La explicación profunda, según él, tiene raíces históricas. El Partido, y Xi Jinping en particular, ha interiorizado una lectura muy concreta del pasado: «Los imperios siempre lo han sido porque tenían un dominio de la tecnología». De esa convicción nace el plan quinquenal 2026-2030, que incrementará aún más el gasto en investigación y desarrollo. China no improvisa. Planifica.
El problema demográfico y la trampa del ciclo electoral
Pero el gigante asiático no está exento de contradicciones. Una de las más acuciantes es demográfica. La natalidad china se desploma hasta niveles que, según algunas proyecciones, podrían situar la población en 550 millones de habitantes en pocas décadas, la mitad de la actual. Países como Nigeria o Indonesia podrían superarla en población. La edad de jubilación, 60 años para los hombres y 55 para las mujeres, es políticamente intocable pese a la presión creciente sobre el sistema.
Feijóo ve en esa crisis una de las razones que explican la apuesta feroz por la robótica y la automatización. Si China quiere seguir siendo la fábrica del mundo con menos mano de obra y costes laborales crecientes, necesita robots. Muchos. Y los robots que bailan en las exhibiciones públicas, dice, no solo son tecnología de consumo: tienen una lectura militar que no conviene ignorar.
En el plano geopolítico, el economista traza una distinción que resulta clave para entender el momento actual. China prefiere la turbulencia controlada al caos absoluto. «A China no le interesa un mundo completamente caótico; no están preparados ni tienen experiencia en ser líderes», sostiene. Han construido cartas para jugar la partida, desde el control del 80% del refinado de tierras raras hasta acuerdos energéticos con Irán en yuanes para esquivar el dólar. Pero liderar el orden mundial es otra cosa, y Pekín lo sabe.
Frente a eso, Occidente llega con la desventaja estructural de los ciclos electorales. «China se aprovecha de nuestro ciclo político: con Trump solo tienen que aguantar el tirón», resume Feijóo. Tres años de mandato, aranceles, contramedidas, ruido mediático y, al final, un nuevo presidente con una nueva agenda. China, mientras tanto, sigue ejecutando su plan.
Según el economista, Europa tiene -algunas- opciones: protegerse con aranceles, atraer fabricantes chinos para reconvertir su industria auxiliar o invertir los ahorros del abaratamiento tecnológico en la siguiente generación de innovación. Ninguna es fácil. Todas requieren algo que hoy escasea: un acuerdo de largo plazo que ningún gobierno se atreva a romper. Mientras no exista, China seguirá jugando con la paciencia que da saber que el rival cambia de estrategia antes de que la partida termine.





