Treinta años en quirófanos, miles de paros cardíacos y una pregunta que no la abandonó nunca: ¿qué ocurre cuando el cerebro se apaga y la persona, sin embargo, sigue viendo, sintiendo y recordando? Luján Comas, médica anestesióloga y presidenta de la Fundación ICLOBY, lleva años investigando las experiencias cercanas a la muerte y ha llegado a una conclusión que la ciencia materialista todavía no sabe cómo rebatir.
Uno de cada cinco supervivientes de un paro cardíaco describe haber vivido algo que ningún modelo neurológico convencional logra explicar. Y eso, dice Comas, no es anecdótico. Es el punto de partida de una investigación que involucra a los mayores especialistas mundiales en el campo y que por primera vez se realiza en habla hispana, incluyendo a niños desde los cuatro años.
Cuando el cerebro se detiene y la conciencia no
La pregunta que Comas lleva planteando desde los años noventa tiene una precisión clínica que deja poco margen para la especulación: «El paro cardíaco hace que no haya sangre al cerebro. No puedes decir que es una alucinación». En esas condiciones, el electroencefalograma es plano a los diez o quince segundos. No hay oxígeno, no hay glucosa, no hay actividad eléctrica. Y sin embargo, hay personas que vuelven con relatos detallados de lo que sucedió en la sala mientras su corazón no latía.
Describen al cirujano saliendo a hablar con la familia. Recuerdan quién lloraba y quién subía y bajaba escaleras nervioso. Identifican a personas que nunca habían visto antes de ese momento. Y algunos, en el caso más perturbador para la medicina convencional, mencionan a familiares fallecidos de cuya muerte aún no habían sido informados. «Si el cerebro produce la conciencia, ¿cómo puedes tener conciencia plena cuando el cerebro está en paro?», se pregunta Comas.
Lo que la investigación de la Fundación ICLOBY documenta, replicando el célebre estudio del Dr. Pim van Lommel publicado en The Lancet pero adaptado a la cultura hispánica y con tecnología actual, es que estos relatos son transversales a cualquier variable: religión, edad, sexo, época histórica o nivel educativo. No hay un perfil de persona que los experimente. Hay, en cambio, un conjunto de patrones que se repiten con regularidad: salir del cuerpo y observar la propia reanimación, atravesar un túnel de luz, encontrarse con seres queridos ya fallecidos, sentir un amor que los entrevistados describen como sin equivalente en la experiencia ordinaria, y recibir una especie de instrucción para regresar. Comas prefiere no llamarlas experiencias cercanas a la muerte, sino, siguiendo a varios colegas, experiencias de muerte real, porque en términos clínicos eso es exactamente lo que son.
El regreso de la muerte y lo que cambia para siempre

Volver no es sencillo. «Es muy duro volver al cuerpo porque tú eres expansión y el cuerpo está estrecho y comprimido», explica Comas. Después llega otro obstáculo: contarlo. Muchos supervivientes guardan silencio durante años por miedo a que se los considere inestables o se los medique.
Quienes sí hablan, a menudo en voz baja al principio, describen que esa experiencia reorganiza por completo su escala de valores. Lo material pierde peso. La naturaleza, el altruismo y el presente cobran un protagonismo que antes no tenían. Los datos de la investigación son elocuentes: entre el 70 y el 75% de quienes han vivido una de estas experiencias se separa de su pareja, no por ruptura emocional sino porque ya no comparten el mismo marco de referencia vital.
Para Comas, que llegó a esta investigación después de perder a su primer marido siendo joven y de buscar desesperadamente herramientas para acompañarlo en ese tránsito, el mayor problema no es la muerte en sí sino el miedo que genera. «El problema del miedo a la muerte es que dejan de vivir porque están siempre temiendo», dice, y lo dice desde la consulta, donde ha visto a pacientes con cáncer describir su enfermedad como la mejor época de su vida porque los devolvió al presente.
Lo que la doctora Comas propone no es un sistema de creencias sino una reorientación de la atención. Estas personas que vuelven de algo que la medicina considera muerte clínica traen, según ella, un mensaje bastante concreto: que el presente es la única moneda real, que el miedo al futuro solo gasta esa moneda en vano, y que existe algo al otro lado que se parece mucho a estar, por fin, en casa.





