Donald Trump aterriza en Pekín con la intención de regresar a Washington agitando un cheque, o al menos la promesa de uno. Esa imagen, que The Economist utiliza como punto de partida en su último análisis, resume la dinámica de una visita que inaugura una serie de cuatro encuentros previstos para este año. Los próximos seis meses de diplomacia, sostienen los expertos del canal británico, podrían moldear las relaciones entre Estados Unidos y China durante la próxima década.
Tres frentes en la agenda bilateral
La conversación en el podcast de The Economist se ciñe deliberadamente a tres asuntos: inteligencia artificial, Taiwán y comercio. De todos ellos, el que más ha cambiado de cariz en las últimas semanas es el de la seguridad en la inteligencia artificial. El equipo de análisis recuerda que la administración Biden ya mostró interés en hablar con Pekín sobre este tema, pero sugiere que ahora la Casa Blanca está más abierta a ello tras haberse “asustado bastante” con el lanzamiento parcial de Mythos, el nuevo modelo de Anthropic.
Inteligencia artificial: una desconfianza mutua
Desde el lado chino, The Economist dibuja un enfoque muy distinto al estadounidense. Pekín está menos centrado en la inteligencia artificial general y más en encontrar usos prácticos para modelos menos potentes, desarrollando sistemas más baratos y eficientes. Sin embargo, los analistas apuntan a un motivo más profundo de recelo: el Partido Comunista se siente incómodo ante la posibilidad de que actores privados acumulen un conocimiento sobre la sociedad y la economía china que ni siquiera el propio partido posee.
A pesar de las diferencias, existen áreas donde ambos países comparten inquietudes. La combinación de IA con armamento nuclear, el uso por parte de actores no estatales para desarrollar patógenos o el fraude cibernético son riesgos que, en teoría, deberían empujar a una coordinación regulatoria. El problema, subraya The Economist, es que la desconfianza es tan profunda que ninguna de las partes está dispuesta a aceptar limitaciones ni a creer que la otra las cumpliría, por mucho que se firmaran acuerdos.
«Ninguna de las partes tiene interés en aceptar limitaciones a sus propias actividades ni confía en que la otra respete esos límites, aunque pudieran negociarse.»
— The Economist
Con todo, la administración Biden alcanzó un entendimiento básico con los chinos: el compromiso de que los humanos mantendrían el control sobre el botón nuclear y la inteligencia artificial no tomaría esa decisión. Un listón bajo, admite el medio, pero una base quizá aprovechable para discusiones más amplias.
Taiwán: la ambigüedad histórica y la nueva negociación
El segundo punto caliente es Taiwán. The Economist recuerda que las relaciones entre la isla y China descansan sobre los tres comunicados conjuntos de 1972, 1979 y 1982. El de 1982 es especialmente significativo porque, tras el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Washington y Pekín, el presidente Reagan se comprometió a reducir gradualmente la venta de armas a Taiwán, siempre que China optara por una vía pacífica. Pekín acusa a Estados Unidos de incumplir aquella promesa, mientras Washington señala las amenazas militares chinas como justificación para mantener el flujo de armamento.
Sin embargo, los analistas del canal británico detectan un giro inquietante para el gobierno taiwanés. En enero, tras una conversación telefónica en la que Xi Jinping insistió en que la cuestión de las armas debía tratarse “con extrema precaución”, Trump hizo unas declaraciones públicas sorprendentes: reconoció estar discutiendo directamente con Pekín las futuras ventas militares. Poco después, la Casa Blanca retrasó un nuevo paquete de 13.000 o 14.000 millones de dólares. Esto, señala The Economist, supone negociar un asunto que los compromisos secretos de 1982 prohibían expresamente tratar con China, lo que ha provocado un enorme malestar en Taiwán y entre sus partidarios.
El tablero comercial: ¿un consejo a medida de Trump?
En el ámbito económico, una de las propuestas que llega a la cumbre es la creación de un consejo de comercio bilateral. Para Washington, explica el canal, sería un mecanismo para distinguir entre bienes sensibles y no sensibles y así relajar restricciones en ciertas áreas. Los chinos ven con buenos ojos un diálogo regular que permita trabajar los desacuerdos económicos. El nombre —consejo de comercio— parece pensado para el gusto de Trump, pero The Economist advierte de que iniciativas similares del pasado fracasaron porque, sin un impulso de alto nivel, los funcionarios chinos carecen de autoridad para hacer concesiones reales y estas mesas acaban siendo meros foros de discusión sin resultados concretos.
El precio de un gesto para Xi Jinping
El presidente estadounidense busca siempre un triunfo tangible. En la relación bilateral se habla a menudo de las tres «B»: carne de vacuno, soja y Boeing. La pregunta que plantea The Economist es si Xi Jinping pagaría algún precio político interno por concederle a Trump una victoria en forma de grandes compras. La respuesta es que no: el control político de Xi es tan absoluto —como demostró la reciente purga militar— que no le preocupa esa factura doméstica. Lo que sí le inquieta es el coste económico para China. El medio recuerda que las exportaciones masivas chinas son, en parte, un síntoma de debilidad por la sobrecapacidad y la falta de consumo interno que Pekín no ha logrado estimular durante años. Xi necesita algo a cambio, y ahí reside el verdadero pulso de la negociación.
La visita de Trump a Pekín abre un tiempo diplomático intenso que pondrá a prueba si la desconfianza entre las dos superpotencias puede gestionarse con acuerdos parciales o si, por el contrario, la acumulación de gestos sin contenido estructural solo servirá para aplazar los conflictos de fondo. El mundo observa si, esta vez, el cheque que Trump quiera agitar al volver tendrá un respaldo sólido o será un simple pagaré.
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