El rendimiento del bono estadounidense a 30 años rompió la barrera del 5,5% por primera vez desde 2023. La guerra entre Estados Unidos e Irán, que ya encadena su tercer mes sin visos de tregua, ha convertido al petróleo en el detonante de una venta masiva de bonos global que en pocas sesiones ha disparado los costes de financiación de las principales economías.
La sacudida de la deuda soberana: del Tesoro a 30 años al pánico en Japón
La curva de rendimientos del Tesoro estadounidense muestra un empinamiento agresivo: el papel a largo plazo se vende con una intensidad que recuerda a los peores episodios de 2022. Según los datos recopilados por Bloomberg, el bono a 30 años ha pasado de cotizar en torno al 4,8% a superar el 5,5% en apenas dos semanas, un movimiento que borra las ganancias de precio acumuladas en el último año y medio.
Y no se trata de un fenómeno aislado. La deuda pública japonesa (JGB) ha sufrido la mayor sacudida desde 2007. Los inversores huyen de los bonos nipones ante el temor a que el encarecimiento del crudo obligue al Banco de Japón a revisar su política de control de la curva de tipos mucho antes de lo previsto. La rentabilidad del bono a 10 años japonés ha escalado con fuerza, tensionando un mercado que parecía anestesiado.
Petróleo, inflación y bancos centrales: la tormenta perfecta
El crudo Brent, referencia en Europa, cotiza por encima de los 115 dólares, un nivel que no se veía desde los picos de la crisis energética de 2022. La prolongación del conflicto en Irán —con la refinería de El Segundo, en California, operando a máxima capacidad para cubrir el hueco que deja la interrupción de suministros en Oriente Medio— mantiene la presión sobre los futuros del petróleo. Cada barril adicional se traduce directamente en expectativas de inflación más altas, y eso golpea a la renta fija soberana sin piedad.
Los bancos centrales quedan atrapados: La Reserva Federal y el BCE se enfrentan a un escenario donde subir tipos para contener los precios estrangularía aún más el crecimiento, mientras que no actuar validaría una espiral inflacionaria. Los fondos de pensiones, las aseguradoras y, los grandes inversores institucionales han acelerado las ventas, recolocando carteras hacia activos reales y materias primas. La renta fija está perdiendo su estatus de activo refugio. Los movimientos de esta semana apuntan a una desconfianza profunda en la capacidad de los bancos centrales para controlar la inflación sin provocar una recesión.
La partida de ajedrez que no admite errores
He cubierto varios episodios de pánico en deuda a lo largo de mi carrera y este comparte el ADN de 1994 y de 2013: los llamados bond vigilantes vuelven a imponer su ley. Pero la diferencia ahora es la superposición de un choque de oferta energético con unos balances públicos hinchados tras la pandemia. La deuda global sobre PIB ronda el 330%, según el FMI, y cada punto adicional de rendimiento supone decenas de miles de millones en intereses extra para los Estados.
Creo que el mercado está descontando no solo un repunte temporal de la inflación, sino un cambio estructural en el coste de la energía que los modelos de los bancos centrales tardarán en asimilar. Si el barril se mantiene por encima de 120 dólares durante tres o cuatro meses más, el bono a 30 años podría probar el 6% antes de que acabe el verano. Las primas de riesgo se ensancharán, y la financiación de déficits fiscales se convertirá en el verdadero talón de Aquiles de las economías avanzadas.
Queda la incógnita de si la diplomacia logrará un alto el fuego en el estrecho de Ormuz antes de que la hemorragia en los mercados de deuda fuerce una intervención coordinada de los bancos centrales. Ese es el único asidero que impide, por ahora, una corrección aún más violenta.




