Bloomberg alerta: La IA es el nuevo ‘Proyecto Manhattan’ que exige regulación inteligencia artificial urgente

Bloomberg Television explora cómo la carrera por la inteligencia artificial replica los dilemas del Proyecto Manhattan y por qué urge una regulación global.

He visto el análisis que Bloomberg Television acaba de publicar y la conclusión es tan demoledora como lúcida: la inteligencia artificial es el nuevo Proyecto Manhattan, y sus líderes son los Oppenheimer del siglo XXI. La comparación no es un simple guiño histórico; es una advertencia que el propio Sebastian Mallaby, autor de ‘The Infinity Machine’, desgrana a lo largo de doce minutos de entrevista.

Científicos, competidores y una pizca de divinidad

Mallaby, investigador del Council on Foreign Relations, desmenuza las motivaciones de los grandes nombres de la IA. Para Demis Hassabis, fundador de DeepMind, todo se reduce a una curiosidad científica casi espiritual. «Busca entender lo que él llama la fábrica de la realidad», explica Mallaby, «y habla de acercarse a Dios mediante el conocimiento». En el extremo opuesto sitúa a Mark Zuckerberg, cuyo impulso es puramente comercial: quiere que la IA haga más rentables Instagram y Facebook. Elon Musk persigue ser el más grande de todos los tiempos, mientras que Sam Altman, según el autor, «se sube a la ola oportunistamente para acumular poder».

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Esa mezcla de egos y obsesiones se volvió palpable tras el lanzamiento de ChatGPT en 2022. «Fui a ver a Demis justo después —relata Mallaby— y me dijo que habían aparcado sus tanques en el jardín. Eso es una guerra». La mirada del científico británico era de pura competitividad.

El modelo de negocio ‘C-Minus’ que financia un potencial colapso

Porque al final, la guerra se libra con dinero. El documento cifra en unos 725.000 millones de dólares la inversión prevista este año en computación e infraestructura. Mallaby no se muerde la lengua: «Tenemos una tecnología de matrícula de honor con un modelo de negocio de nota raspada». Y la tensión se agudiza cuando el capital escasea. Señala que OpenAI, sin el respaldo de una gran tecnológica que absorba sus pérdidas, vivía en 2025 una situación «extremadamente precario» —una evaluación que él mismo traduce en un 50 % de probabilidades de quiebra o absorción antes del verano de 2027.

Las guerras salariales también pasan factura. Mallaby presenció cómo un directivo de otra firma gritaba a un responsable de Meta: «Estáis vaciando nuestro talento. Sois un desastre; nunca construiréis un sistema potente, pero os lleváis a nuestra gente, y entonces los chinos nos adelantarán y nos matarán». Un reflejo de la psicosis que domina el sector.

El secreto ‘Proyecto Mario’ y la gobernanza corporativa

Pero aunque eso es cierto el libro revela algo más profundo: las estructuras internas que los laboratorios han intentado crear para contener el riesgo. El capítulo más fascinante es el Proyecto Mario, un plan secreto de Demis Hassabis para injertar un consejo sin ánimo de lucro dentro de Google y vigilar el desarrollo de una IA superpoderosa. Hassabis luchó tres años por ese modelo, sin éxito.

OpenAI también nació como fundación y luego añadió un brazo lucrativo. Anthropic experimenta su propia versión híbrida. Sin embargo, Mallaby sentencia: «La realidad descarnada es que la bestia del capital siempre termina dominando, porque el dinero no se detiene nunca». La gobernanza, por sofisticada que sea, palidece frente a la necesidad constante de cómputo y de talento.

Necesitamos una agencia como la FDA, con poder para vetar un modelo antes de que salga al mercado. La IA es tan peligrosa como un fármaco no probado.

— Sebastian Mallaby, autor de ‘The Infinity Machine’

Tres recetas urgentes para domar a la bestia

Por eso el entrevistado propone tres vías concretas. La primera, dotar de recursos y capacidad de veto a los organismos de supervisión nacionales; un ‘FDA para la IA’ que pueda bloquear un lanzamiento inseguro. La segunda, redirigir más fondos públicos hacia la investigación en alineamiento, ese campo que busca que los modelos respeten las prioridades humanas, algo que las empresas no persiguen por sí solas. Y la tercera, un tratado internacional que vincule a China, Francia y otros polos de desarrollo, al estilo del Organismo Internacional de Energía Atómica creado en los años 50. «Si un solo país es seguro y los demás no lo son —advierte Mallaby—, no hemos hecho a la humanidad más segura».

El paralelismo con la era nuclear es inevitable. Antes de que estallara la crisis de los misiles en Cuba, ya existía un mecanismo para rastrear el material fisible. En IA, dice Mallaby, nos estamos moviendo en sentido inverso: invertimos más en potencia bruta que en contención. La lección de 1945 es que solo una sacudida colectiva —quizá un susto controlado, como sugiere Geoffrey Hinton— obligará a los gobiernos a actuar con la urgencia que la tecnología exige. Mientras tanto, los Oppenheimer modernos siguen quemando etapas, cada uno con su propio dios, su propia cuenta de resultados y su propio concepto del poder. La pregunta ya no es si llegaremos a una inteligencia artificial general, sino quién estará al mando cuando por fin asome.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Bloomberg Television:


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