En apenas tres días, la Fundación Bill y Melinda Gates liquidó su última acción de Microsoft y Bill Ackman lanzó una de sus mayores apuestas en el valor. La presentación del formulario 13F del 13 de mayo ante la SEC confirmó la venta de los 2,8 millones de títulos que le quedaban del gigante de Redmond. Tres días después, la carta trimestral de Pershing Square revelaba la compra de 2,2 millones de acciones a un precio medio de 448 dólares. La coincidencia temporal, con menos de 72 horas entre ambos anuncios, ha desatado un debate inusitado entre los analistas del sector.
La salida de Gates no es casualidad. Desde 2024, la fundación ha ido reduciendo su exposición al gigante para financiar una cartera mucho más diversificada (con inversiones en bonos del Tesoro, suelo logístico y energías limpias). La pregunta que sobrevuela los mercados es si el fundador desconfía del valor que cofundó.
Una liquidación con mensaje: la Fundación Gates dice adiós
Según el documento de la SEC, Microsoft representaba en 2023 casi el 40% de la cartera bursátil de la fundación; ahora es cero. La venta coincide con una mayor inversión en bonos del Tesoro y activos tangibles. Gates vende por oportunidad, no por pánico.
Microsoft cotiza a un PER de 35 veces beneficios, una cota que no visitaba desde hace dos décadas ajustada al crecimiento. Para un inversor paciente sin necesidad de batir al mercado, una cartera diversificada ofrece mayor rentabilidad por unidad de riesgo.
Gates no vende por miedo. Vende por convicción.
Ackman contra el consenso: la apuesta que sorprende a Wall Street
Bill Ackman califica a Microsoft de ‘infraestructura crítica no reconocida’. Su tesis se apoya en la integración de Copilot, el dominio de Office 365 y Azure, y la generación de caja para recompras masivas. Ha entrado con un descuento del 5% sobre máximos históricos. Pershing Square no es nueva en apuestas contracorriente: en 2020, Ackman ganó miles de millones con coberturas durante la pandemia. Ahora ve en Microsoft un valor refugio con músculo para la próxima década.
Mientras la mayoría de gestores reducían su exposición a las grandes tecnológicas en el primer trimestre de 2026, Ackman aumentaba la suya. Su historial en valores sobrevendidos respalda la apuesta, pero el verdadero test será la publicación de resultados del segundo trimestre de 2026. El mercado de opciones ya descuenta un movimiento brusco: las primas de los puts protectores sobre MSFT han subido un 18% en las dos últimas semanas.
Dos lecturas del mismo balance: el análisis
Gates gestiona un patrimonio de más de 75.000 millones de dólares con un mandato conservador de preservación de capital y filantropía. Su salida es una decisión de asignación de activos, no un veredicto sobre Microsoft. El fondo de Ackman, con cerca de 18.000 millones en activos, puede permitirse concentrar posiciones; para la fundación, un 30% en un solo valor habría sido una temeridad. Ackman, en cambio, busca rentabilidad absoluta y ve una oportunidad de revalorización del 20% en un par de ejercicios.
En mi opinión, el múltiplo de valoración es el punto de fricción. A 35 veces beneficios, Microsoft necesita crecer al 12% anual durante cuatro años para justificar su precio. Pocas empresas lo logran en un entorno de tipos altos. Sin embargo, la tesis de Ackman se apoya en recompras y apalancamiento financiero que pueden comprimir el PER sin necesidad de crecimiento orgánico. Cualquier tropiezo en Azure o Copilot haría añicos su argumento. La historia lo demuestra: en los últimos cinco años, las acciones de Microsoft han subido un 150%, pero los retrocesos intradía tras presentar resultados han superado el 5% en tres de esas citas.
Y la historia de Microsoft está llena de guidances a la baja.
El riesgo es de mercado. Cuando un fundador vende y un gestor activista compra, los institucionales esperan. 2026 será un año de rotaciones, y la respuesta definitiva llegará con los datos de adopción de IA, no con cartas trimestrales. La presentación de resultados del segundo trimestre, prevista para julio de 2026, será la primera gran prueba.
La batalla Gates-Ackman reabre el debate sobre el valor razonable de Microsoft. Para el inversor particular, la lección es clara: las ventas de un fundador no anticipan caídas, y las compras de un gestor de prestigio no garantizan subidas. La decisión final debe apoyarse en los números, no en los nombres.




