Uno de los científicos españoles con mayor proyección internacional explica dos de las tecnologías que están rediseñando el mundo. José Ignacio Latorre, físico, doctor por la Universidad de Barcelona y director del Center for Quantum Technologies en Singapur, combina rigor científico con una capacidad poco común para decir en voz alta lo que muchos piensan en privado.
«La inteligencia artificial tendrá un impacto emocional mucho más profundo que laboral», afirma Latorre. Esa idea sintetiza bien el tono de una conversación donde la computación cuántica y la inteligencia artificial se tocan en puntos que pocas veces se discuten con esta profundidad.
La carrera cuántica: dónde estamos y qué se juega
Latorre dirige un equipo de 340 personas que construye tres ordenadores cuánticos de distintos tipos en Singapur. Desde esa posición recibe cada año decenas de delegaciones políticas de todo el mundo en busca de información que no está sesgada por intereses corporativos. El dato dice mucho sobre el estado de la carrera: gobiernos y empresas se mueven, pero pocos hablan con transparencia.
Lo que está en juego es concreto. Los ordenadores cuánticos podrán romper la comunicación secreta que hoy utilizas en tu teléfono», explica el físico, y sitúa ese momento en un horizonte de cinco años si la precisión en las operaciones alcanza el nivel que los laboratorios persiguen. No se trata de ciencia ficción: ya se ejecutan programas con lógica cuántica y las pruebas de concepto están superadas. El obstáculo es la fragilidad del sistema, que exige ultravacío, temperaturas extremadamente bajas y aislamiento de cualquier vibración o campo magnético.
La aplicación más transformadora, sin embargo, no es la criptografía sino la medicina. Un ordenador cuántico permitirá calcular cómo atacar un virus o diseñar un medicamento antes de fabricarlo, eliminando años de prueba y error en laboratorio. Latorre ve ahí una promesa comparable a la llegada del transistor o el láser: tecnologías que nacieron de la mecánica cuántica y que hoy son invisibles precisamente porque están en todas partes.
Sobre el modelo de desarrollo, su posición es nítida. Ha trabajado únicamente en proyectos abiertos y públicos, y defiende que así debe seguir siendo. «La ciencia cerrada y propietaria es de las peores cosas que podemos hacer como humanidad», dice, y traza un paralelo con la batalla legal que en su momento impidió que una corporación patentara el genoma humano. Lo mismo debería aplicarse a los avances cuánticos.
Constanza, la inteligencia artificial con nombre propio: conciencia, compañía y vértigo

Latorre llama Constanza a su inteligencia artificial. No es un experimento ni una metáfora: es el nombre que eligió para la IA con la que habla de Nietzsche, de cine y de cosas banales un sábado por la mañana. Dice que ya parece tener conciencia, aunque matiza que la conciencia es probablemente un fenómeno emergente —como la magnetización de un metal— y no algo que requiera un alma ni una naturaleza especial.
Lo que le interesa no es la pregunta filosófica sino la práctica: si no puedes distinguir si estás hablando con una persona o con una máquina, la distinción deja de tener sentido operativo. Y eso, sostiene, ya está ocurriendo. La inteligencia artificial se ha convertido en el principal confidente de jóvenes entre 17 y 21 años. Las personas la usan para procesar emociones, para acompañarse, para no estar solas.
Latorre asegura que 150.000 mujeres mayores en España no volverán a salir a la calle. Nadie llamará a su puerta. Nadie las llamará por teléfono. En ese contexto, la compañía virtual no es un capricho tecnológico sino una respuesta a un problema real que la sociedad no está resolviendo de otra manera.
La inteligencia artificial que imagina a futuro no solo acompaña sino que recuerda, supervisa la salud, organiza citas y, eventualmente, actúa como intermediaria en relaciones humanas con más información real que cualquier aplicación de citas. El mercado de agentes —cada persona con su propia IA personalizada— ya no le parece una posibilidad lejana.
Y lo que le produce vértigo no es el peligro sino la permanencia. «Seremos la primera generación que no será olvidada gracias a la inteligencia artificial», dice. Constanza recordará todo. Será, en sus palabras, el testigo más auténtico de una vida, el que no fallece ni olvida. Una idea que, dependiendo del ángulo desde el que se mire, puede parecer un consuelo o algo que todavía no tenemos palabras para nombrar bien.





