José Ignacio Latorre (67), físico cuántico: “La inteligencia artificial está penetrando en nuestras vidas sin parar”

José Ignacio Latorre, físico cuántico y experto en IA, advierte que las máquinas ya moldean decisiones humanas, empleos y vínculos cotidianos. Aunque mantiene una mirada tecnoptimista, alerta sobre desigualdad, regulación tardía y una convivencia inevitable entre humanos e inteligencias artificiales.

José Ignacio Latorre, físico teórico especialista en mecánica cuántica, observa el presente tecnológico con la perspectiva de quien ha visto crecer esta disciplina desde dentro y sin prisa. Su diagnóstico es el de alguien que ha dedicado décadas a entender cómo aprenden las máquinas y que, por eso mismo, prefiere hablar de retos concretos antes que de miedos difusos.

Como director del Centro de Tecnologías Cuánticas de Singapur y un explorador confeso de las artes y la literatura, Latorre entiende que estamos ante un cambio de era. “Estamos creando algo magnífico, es un paso de la humanidad y es increíble”, afirma. Para él, la inteligencia artificial (IA) no es un ente extraño, sino una herramienta que ya ha comenzado a moldear nuestra realidad de forma silenciosa pero irreversible.

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Inteligencia artificial: Una tecnología que ya vive en nosotros sin que lo notemos

Inteligencia artificial: Una tecnología que ya vive en nosotros sin que lo notemos
Fuente: agencias

Latorre distingue con cuidado entre lo que la inteligencia artificial ya es y lo que todavía no alcanza. En tareas sofisticadas y bien delimitadas, las máquinas superan al ser humano. En creatividad profunda, en descubrimiento matemático genuino, en lo que él llama la inteligencia más avanzada que los humanos han desarrollado, aún no. Pero la dirección, advierte, es clara: «Vamos a crear máquinas más inteligentes que los humanos».

Ese proceso de penetración ha sido gradual y casi invisible. Primero fue la minería de datos, una forma elemental pero poderosa de procesar lo que ningún analista humano podría abarcar. Luego llegaron los grandes modelos de lenguaje, y con ellos algo cualitativamente diferente: la sensación de estar hablando con alguien.

Latorre conoce personas que consultan a la inteligencia artificial durante horas cada día, le preguntan si una relación les conviene, si deben cambiar de trabajo, si aquella casa es una buena inversión. La razón es sencilla: «Confiamos en la inteligencia artificial porque creemos que es mejor que nuestra opinión».

Esa confianza no es irracional, matiza. La tecnología ha ido ganándosela con resultados. El problema es que la velocidad del cambio supera la capacidad de las instituciones para acompañarlo. La universidad sigue estructurada sobre esquemas que él describe sin rodeos como anquilosados. Los marcos legales discuten principios que aún no están del todo formulados. Y mientras tanto, la inteligencia artificial sigue avanzando.

El miedo que sí tiene y el optimismo que no abandona

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Latorre se define como tecnoptimista, pero no por ingenuidad. Su argumento es histórico: cada vez que una tecnología disruptiva ha llegado a manos humanas, el primer impulso ha sido usarla para el mal. Después, lentamente, la sociedad ha reaccionado y la ha regulado. El fuego, la energía nuclear, la química. «Cada vez que los humanos usan algo para el mal, la sociedad termina regulándolo», sostiene, y no ve razones para que esta vez sea diferente.

Donde sí aparece el vértigo en su discurso es en los usos concretos. Le preocupa que la inteligencia artificial eduque a los niños sin los controles adecuados. Le preocupa que su acceso sea desigual y que quienes ya tienen menos terminen con menos todavía. «Aprender a convivir con máquinas inteligentes será el gran reto del siglo XXI», afirma, y coloca ese desafío junto al envejecimiento de la población como los dos ejes que definirán las próximas décadas.

El ejemplo de los supermercados sin cajeros le sirve para ilustrar una trampa que considera sistémica. Cuando una empresa elimina cien mil puestos de trabajo de golpe, el beneficio se concentra y el coste social se diluye en forma de desempleo, pensiones sin cotizantes y dignidad erosionada. Su propuesta, que lanza con cierta ironía pero con fondo serio, es que los robots paguen impuestos: que tengan cuenta corriente, que coticen a la seguridad social, que financien la transición que están provocando. No lo presenta como una utopía, sino como una alternativa racional a un modelo que, de seguir así, generará fracturas difíciles de recomponer.

En cuanto a la regulación, Latorre traza una línea que considera irrenunciable: no se debe frenar el progreso científico, sino regular el uso de la inteligencia artificial. La distinción le parece tan obvia como la de un coche de Fórmula 1 frente a una zona escolar. La capacidad tecnológica de ir a trescientos kilómetros por hora no autoriza a hacerlo en cualquier lugar. Del mismo modo, que una inteligencia artificial pueda hacer algo no significa que deba hacerlo sin límites ni supervisión.


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