Treinta años analizando mercados financieros dejan cicatrices útiles. Pablo Gil llegó a gestionar fondos de 500 millones de dólares, pasó por el Banco Santander en sus años de mayor expansión internacional y hoy sigue mirando la economía global con la misma mezcla de rigor técnico y desconfianza hacia los consensos. Cuando menciona la inteligencia artificial, lo hace desde un sitio incómodo: el de quien ya se equivocó una vez subestimando una tecnología.
«No quiero cometer con la IA el mismo error que cometí con internet», dice. Era de los primeros usuarios, programaba cuando en España no había facultades de informática, venía de vivir en Estados Unidos y aun así todas sus proyecciones sobre el impacto de la red se quedaron infinitamente cortas. Amazon vendía libros. Las redes sociales eran inimaginables. El comercio global parecía ciencia ficción. Con la inteligencia artificial, asegura, no piensa repetir el error de quedarse corto.
Invertir con cabeza cuando la incertidumbre por la inteligencia artificial es extrema
Antes de hablar de tecnología, Gil habla de dinero. Su inversión principal está en la financiación de promociones inmobiliarias. No en vivienda para alquilar, sino en préstamos a promotores que construyen. La lógica es directa: según el Banco de España faltan 700.000 viviendas en el país, el problema no se resuelve controlando precios sino construyendo más, y quien financia esa construcción obtiene rentabilidades de doble dígito con un riesgo relativamente acotado. Sus proyectos tienen una duración media de año y medio, mantiene unos veinte en paralelo y va recibiendo liquidez de forma escalonada cada mes. «Todos los meses yo recibo liquidez y decido si quiero reinvertirla en un proyecto nuevo», explica.
En lo que respecta a los mercados bursátiles, su posicionamiento actual también resulta contraintuitivo. Hace meses vendió exposición a Estados Unidos y compró Japón. El argumento tiene que ver con la nueva primera ministra japonesa y su apuesta por políticas similares a las de los célebres Abenomics de 2012: estímulo fiscal agresivo, control de tipos de interés y endeudamiento masivo.
Japón ya debe 2,4 veces lo que produce al año, la cifra más alta del mundo, pero Gil apuesta por el impacto de corto plazo de esos estímulos. «He comprado Japón y he vendido Estados Unidos», resume, y aclara que no es una apuesta sobre la dirección del mercado sino sobre cuál de los dos lo hará mejor. Si bajan los dos, lo que espera es que Japón baje menos. Si suben, que Japón suba más. Una forma de jugar sin necesidad de adivinar hacia dónde va la marea.
La inteligencia artificial y el error que no quiere repetir

La conversación cambia de registro cuando llega el turno de la inteligencia artificial. Gil se define como usuario avanzado y dice que su sensación, después de tres años siguiendo la evolución de cerca, es que el impacto va a romper los esquemas en formas que todavía no somos capaces de proyectar correctamente.
Los ejemplos que maneja son concretos. La conducción autónoma ya existe en Shanghai y en varias ciudades estadounidenses, y su extensión eliminará millones de empleos de conductores en todo el mundo. Los robots humanoides hoy doblan ropa despacio, pero tienen 24 horas al día para hacerlo y aprenden a un ritmo que se acelera cada mes. Un modelo que hoy cuesta 24.000 euros puede volver obsoleto el servicio doméstico tal como lo conocemos en un plazo de pocos años.
La universidad, en su formato actual, tampoco sobrevive intacta a este cambio: en un entorno donde lo aprendido sobre inteligencia artificial queda obsoleto en semanas, la formación continua reemplaza al título como modelo educativo.
Lo que más le preocupa a Gil, aunque reconoce que no tiene control sobre ello, es la pregunta que le planteó en un podcast un físico teórico que construyó el primer ordenador cuántico de los Emiratos Árabes Unidos: ¿qué pasa si la humanidad es una anécdota en la historia de la Tierra, igual que los dinosaurios, y la inteligencia artificial termina siendo la especie que la reemplaza? La inteligencia mayor somete a la menor. Lo vemos razonable cuando hablamos de animales. No tanto cuando somos nosotros los que podríamos estar en el lado equivocado de esa ecuación.
Pero Gil vuelve siempre al pragmatismo. «La inteligencia artificial puede convertirte en un superhumano comparado con quien no la usa», dice, y esa es la parte sobre la que sí tiene control. Usarla como herramienta, maximizar su impacto en el trabajo, monetizarla si es posible. Lo que venga después, ya se verá.





