La guerra de Irán, junto a otros conflictos que estamos viviendo recientemente como es el caso de Ucrania, han puesto sobre la mesa un concepto clave: la seguridad energética. El último informe de DNV lo tiene claro: a día de hoy, debido a la volatilidad de los precios de la energía y a las amenazas y riesgos de pérdida de suministros energéticos como el gas en Europa por el bloqueo del estrecho de Ormuz, está dando pie a que el modelo energético deje de priorizar sólo el desarrollo de renovables y opte por impulsar todo tipo de fuentes de energía con tal de garantizar esa seguridad.
La seguridad energética ha cambiado las prioridades renovables
El informe confirma un cambio de enfoque profundo dentro del sector. La transición energética continúa, pero lo hace ahora bajo una lógica más pragmática. Ya no se trata únicamente de reducir emisiones, sino de asegurar que el sistema energético sea capaz de responder a crisis, interrupciones y picos de demanda. De hecho, el 76% de los profesionales del sector considera que la transición se ha vuelto más realista, priorizando el suministro seguro y fiable por encima de objetivos estrictamente climáticos.
La presión sobre los sistemas energéticos es creciente. Según el estudio, un 57% de los encuestados afirma que la demanda energética está aumentando más rápido que la oferta, mientras que el 69% advierte que la dependencia de importaciones convierte a los países en vulnerables frente a shocks externos. En Europa, esta situación es especialmente delicada debido a su alta dependencia del gas exterior, lo que refuerza la necesidad de diversificar fuentes.

Este escenario ha impulsado lo que el informe denomina un modelo de “todo a la vez”. Las renovables siguen creciendo con fuerza (especialmente la solar y el almacenamiento), pero ya no son la única prioridad. El petróleo y el gas recuperan peso estratégico; de hecho el 74% de los expertos considera que seguirán siendo esenciales para garantizar la seguridad energética en la próxima década. Al mismo tiempo, un 79% defiende que ampliar la capacidad renovable también es clave para reforzar esa seguridad.
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La consecuencia es un sistema más complejo, donde conviven distintas fuentes en lugar de competir directamente. Esta convergencia responde a la necesidad de equilibrar los tres grandes pilares del sector energético: seguridad de suministro, asequibilidad y sostenibilidad. En este nuevo equilibrio, ninguna tecnología por sí sola es suficiente.
Por otro lado, el informe advierte de que las infraestructuras actuales no están preparadas para esta transformación. El crecimiento acelerado de la demanda eléctrica, impulsado por la electrificación, los centros de datos y la inteligencia artificial, está tensionando las redes. Según recoge el informe, más del 70% de los expertos señala que las redes eléctricas no son capaces aún de integrar adecuadamente las energías renovables.
A esto se suman otros obstáculos, como los retrasos en permisos, el aumento de costes o la incertidumbre regulatoria, que están ralentizando algunos proyectos, especialmente en tecnologías emergentes como el hidrógeno verde. En paralelo, la inversión en grandes proyectos energéticos se mantiene contenida, reflejo de un entorno marcado por la cautela y la incertidumbre geopolítica.
En definitiva, el informe dibuja un nuevo escenario energético global en el que la seguridad ha pasado a ocupar el centro del debate. La transición continúa, pero ya no como una sustitución rápida de los combustibles fósiles, sino como una integración progresiva de todas las fuentes disponibles. En un mundo más inestable, la prioridad ya no es sólo avanzar hacia un sistema más limpio, sino hacerlo sin poner en riesgo el suministro.




