Pocos profesionales de la salud mental se atreven a decir en voz alta lo que José Luis Marín lleva décadas defendiendo en consulta: que la depresión como diagnóstico es una construcción artificial. Con más de 40 años de trayectoria como psiquiatra y psicoterapeuta, el experto propone una mirada totalmente distinta a la que busca imponer el sistema.
Su tesis no niega el sufrimiento de las personas. Lo que cuestiona es la costumbre de convertir ese sufrimiento en una etiqueta médica, como si el dolor emocional fuera un desequilibrio biológico que se corrige con una pastilla. La depresión no está en el cerebro, sostiene. Está en la vida de cada persona.
Por qué los diagnósticos psiquiátricos de depresión pueden hacerte más daño que bien

Durante décadas, el modelo dominante en psiquiatría explicó la depresión como un déficit de serotonina en el cerebro. Ese relato justificó millones de prescripciones de antidepresivos en todo el mundo. El problema, como reconoce hoy la propia comunidad científica, es que ese modelo es falso.
Nunca existió evidencia sólida de que la depresión fuera consecuencia de un desequilibrio en los neurotransmisores, y sin embargo el mito prosperó durante cuarenta años porque resultaba conveniente tanto para la industria farmacéutica como para un sistema sanitario que prefiere soluciones rápidas a escuchas largas.
Marín propone en su lugar un cambio de pregunta. En lugar de cuestionarle al paciente qué le pasa, el psiquiatra defiende que el punto está en preguntarle qué le ha pasado. Esa diferencia puede parecer menor, pero lo cambia todo. La pregunta busca síntomas para encajarlos en un diagnóstico, pero su idea abre la puerta a una historia, y es en esa historia donde se encuentra el verdadero origen del sufrimiento.
Cuando alguien llega a consulta sin poder levantarse de la cama, sin apetito ni ganas de nada, lo que Marín ve no es un cuadro clínico de depresión sino a una persona con una biografía que la ha llevado hasta ese punto. Poner una etiqueta encima no solo no resuelve nada, sino que puede agravar el problema al hacer creer al paciente que lo suyo es una enfermedad médica ajena a su propia historia.
Los primeros años de vida y su huella invisible en la salud mental adulta
Marín va más lejos todavía cuando habla del origen del malestar emocional. Su punto de partida, literal, es el día en que los padres de una persona se conocieron. Desde ese instante comienza a configurarse una historia que determinará en gran medida cómo esa persona afrontará la vida adulta, incluyendo si acabará o no en la consulta de un psiquiatra con lo que el sistema llamaría depresión.
Los seres humanos nacen con un cerebro rudimentario que necesita de los vínculos afectivos para desarrollarse. No basta con alimentar al bebé; necesita ser mirado, tocado y hablado. Sin esos estímulos emocionales el desarrollo no es el mismo, y esa carencia deja una marca que no desaparece con el tiempo.
Para explicarlo con claridad, Marín recurre a la metáfora del depósito de combustible. Cada persona llega al mundo con ese depósito completamente vacío, y son los primeros años de vida los que determinan hasta qué nivel se llena. Si los padres estuvieron presentes y disponibles emocionalmente, el depósito puede llegar al 80% y esa persona tendrá recursos para afrontar las dificultades sin derrumbarse. Si en cambio la infancia estuvo marcada por la inseguridad, la ausencia o el desprecio, el depósito apenas llegará al 20% y cualquier bache de la vida adulta puede convertirse en una crisis de la que resulta muy difícil salir.
Sin embargo, el especialista señala que ningún padre llena ese depósito al 100%, y no tiene por que hacerlo. La tarea de los padres no es la perfección sino la presencia real y la capacidad de poner límites, algo que considera mucho más difícil y más valioso que intentar ser el mejor amigo de los hijos.
La depresión adulta, en muchos de los casos que ha visto a lo largo de su carrera, tiene sus raíces en esa primera infancia donde el depósito se quedó demasiado vacío. Y ningún diagnóstico, por muy preciso que parezca, puede sustituir a comprender esa historia.





