Los ordenadores están por todas partes, pero no en las estadísticas de productividad. Cuatro décadas después de que el Nobel Robert Solow acuñara esa paradoja, la inteligencia artificial (IA) y la digitalización masiva de empresas enfrentan el mismo veredicto: más innovación no se traduce en un mayor crecimiento económico. De acuerdo con el primer informe del Consejo de la Productividad de España, los sectores tecnológicos son el principal motor de avance, pero el PIB mundial avanza a ritmo anémico en los países más avanzados.
Claves de la operación
- La inversión tecnológica no elevó el crecimiento estructural. Los datos del FMI de las últimas seis décadas muestran que, pese a la revolución digital, las economías desarrolladas crecen hoy menos que en los años 60.
- Estados Unidos, cuna de la IA, apenas supera el 1,5% anual, en línea con España. La paradoja se vuelve más elocuente cuando el país menos innovador iguala al líder mundial.
- Salarios estancados, desindustrialización y demografía apagan el efecto de la tecnología. El trabajo migra a sectores de menor valor añadido, la sindicalización cae y la población envejece, reduciendo la velocidad del consumo.
La revolución que no logra impulsar el PIB
Robert Solow ya se mosqueó en los años 90. Entonces, la revolución de los ordenadores personales apenas se reflejaba en las tasas de productividad. Hoy, con una inteligencia artificial generativa en pleno despliegue, la historia se repite. El FMI estima que el PIB de los países avanzados crecerá un 1,5% en 2030, una décima más que en 2026. Estados Unidos, el mayor inversor en I+D, se quedaría en el 1,8%; la eurozona, en el 1,1%; y Japón, en el 0,5%.
El estancamiento no es coyuntural. Si se echa la vista atrás, en los años 60 el mundo crecía al 5%. Tras las crisis del petróleo, la década de los 80 cerró con un 3,3% global, y los 90, con otro 3,2%, pese al auge de internet. La digitalización no aceleró la maquinaria economica: entre 2007 y 2016, las economías avanzadas apenas arañaron un 1,3%, lastradas por la crisis financiera pero también por una productividad que no despegaba.
El Banco Central Europeo ha puesto cifras a la contribución de la IA: 0,35 puntos porcentuales anuales de mejora en la productividad para la zona euro. Una migaja que difícilmente compensa el retroceso industrial y la atonía salarial.
España, la excepción que no encaja en la teoría
El caso español es un contraejemplo. España crece el triple que la eurozona y al mismo ritmo que Estados Unidos, sin encabezar la inversión en tecnología. El país destina poco más del 1,4% del PIB a I+D, frente al 3,5% estadounidense, pero el empleo resiste gracias al turismo y la construcción. La paradoja de Solow se vuelve aún más incómoda cuando se observa que la digitalización de las empresas no garantiza aumentos de productividad agregada.
El propio Consejo de la Productividad de España apunta a la regulación y a la baja predisposición al riesgo como frenos. Sin embargo, la economía española sortea la atonía gracias a un mercado laboral que absorbe trabajadores en sectores de poco valor añadido; una solución de corto plazo que no genera saltos de productividad.
La productividad ahogada por los salarios y la desindustrialización
La raíz de la paradoja no está en los chips ni en los algoritmos, sino en la estructura salarial y productiva. Los empleos creados en la era digital son mayoritariamente de servicios con bajo valor añadido: hostelería, comercio minorista, cuidados. Mientras, los puestos cualificados se concentran en menos manos, y la masa salarial total apenas crece. Con sindicatos debilitados y una globalización que deslocalizó la industria, el consumo privado —motor del PIB— se estanca.
A esto se suma el declive demográfico. La población en edad de trabajar se reduce, y la tasa de natalidad en Europa cae a mínimos. Donde faltan trabajadores, el crecimiento se ralentiza, por muy inteligente que sea la máquina.
La tecnología digital ha transformado la sociedad, pero las cifras del PIB se mantienen tercamente planas, como si la revolución nunca hubiera llegado a las fábricas de verdad.
Cabe recordar que los grandes inventos del siglo XX —el motor de combustión, la electricidad, los antibióticos— sí dejaron una huella profunda en la productividad. La era digital, de momento, es más promesa que balance. Y la inteligencia artificial, con sus 0,35 puntos de aportación, parece insuficiente para revertir el estancamiento secular.
En esta redacción entendemos que la paradoja no invalida la digitalización, pero sí obliga a repensar las políticas de inversión. España debería acelerar la incorporación de tecnología en sectores exportadores y manufactureros, y no conformarse con una economía de servicios de bajo valor. La próxima cita con los datos de productividad llegará con el segundo informe del Consejo de la Productividad; ahí se verá si la brecha se está cerrando.




