José Luis Marín (75), psicoterapeuta: “La depresión no está en tu cabeza; está en tu vida”

El psicoterapeuta José Luis Marín cuestiona el enfoque dominante de la psiquiatría: sostiene que la depresión no es un fallo químico, sino el resultado de una historia vital no escuchada ni comprendida.

Hay frases que sacuden y esta es una de ellas. José Luis Marín, médico y psicoterapeuta, sostiene que la salud mental no existe. Lo que existe, según él, es simplemente la salud. Y desde esa convicción construye una mirada radicalmente distinta sobre el sufrimiento humano, la depresión y el enorme vacío que deja la medicina contemporánea.

Formado como psiquiatra, Marín prefiere que no se note. No porque reniege de su especialidad sino porque la psiquiatría actual ha tomado un camino que él no comparte: tratar diagnósticos en lugar de personas. En su consulta, y en su libro, defiende que la depresión no nace en un desequilibrio químico del cerebro sino en la historia de vida de cada individuo. Una historia que, según él, comienza incluso antes del nacimiento.

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La mirada que nos construye: por qué todos necesitamos ser vistos para evitar la depresión

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Fuente: agencias

Marín insiste en un concepto que aparece una y otra vez en su práctica clínica: la necesidad humana de ser mirado. No visto, sino mirado. La diferencia, explica, no es semántica. Un médico de atención primaria con diez minutos por paciente ve a cincuenta personas al día pero no mira a ninguna. Y esa carencia tiene consecuencias profundas que van mucho más allá de la consulta.

Desde los primeros días de vida, el ser humano necesita la mirada de sus figuras de apego para construir su identidad y literalmente para sobrevivir. Los bebés que no reciben esa atención en los primeros momentos de existencia enfrentan consecuencias físicas reales. «O me miras por las buenas o me vas a mirar por las malas», resume el psicoterapeuta con una frase que aprendió de sus propios pacientes. Cuando esa mirada no llega de forma natural el ser humano la busca por cualquier medio disponible, incluso a través del síntoma, del comportamiento disruptivo o de conductas que la sociedad juzga sin entender.

Ese es el origen, según Marín, de fenómenos como los llamados therians, adolescentes que se identifican con animales y reclaman una atención que nadie les ha sabido dar de otro modo. La reacción social mayoritaria ha sido el juicio y la burla. La reacción correcta, en su opinión, sería preguntarse qué historia personal llevó a esos jóvenes hasta allí.

El psicoterapeuta aplica la misma lógica a la depresión. Afirma que la hipótesis de la serotonina, esa idea de que la depresión se debe a un déficit de un neurotransmisor y se corrige con una pastilla, nunca pudo demostrarse científicamente. Sin embargo durante décadas se transmitió a la población como una verdad consolidada.

El resultado es una psiquiatría volcada en la farmacología con escasos recursos para la psicoterapia y una sociedad que asocia la depresión a una avería cerebral en lugar de a una circunstancia vital.

Una medicina que trata etiquetas y deja a las personas sin respuesta

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Marín describe con precisión el momento en que la psiquiatría moderna tomó el rumbo equivocado: 1980, con la llegada del DSM y la estandarización de los diagnósticos. Desde entonces la especialidad trata categorías y no personas. La depresión pasó a ser una etiqueta que activa un protocolo de prescripción en lugar de una señal que invita a explorar la historia de quien la padece.

Las consecuencias son visibles en varios frentes. Los propios médicos abandonan la profesión en cifras alarmantes porque sienten que no están haciendo lo que vinieron a hacer. Los pacientes salen de las consultas peor que cuando entraron. Y el espacio vacío que deja el sistema sanitario lo ocupan las llamadas pseudoterapias, no porque engañen sino porque ofrecen algo que la medicina oficial niega: una mirada real y un tiempo de escucha.

El problema de la depresión, insiste Marín, no está en la cabeza sino en la vida. En la autoexigencia aprendida desde la infancia, en las pérdidas no procesadas, en los vínculos que no funcionaron, en una historia personal que comienza mucho antes de que aparezcan los síntomas. Tratar la depresión con un antidepresivo sin explorar esa historia es, en sus palabras, atender el motivo de consulta ignorando el problema real.

La solución no pasa por rechazar la ciencia sino por integrarla con la escucha. Marín cree que es perfectamente posible combinar el conocimiento científico más avanzado con la capacidad de mirar a una persona en su totalidad. El reto, concluye, es recuperar esa compatibilidad que la medicina fue abandonando por el camino.


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