Wall Street se ha lanzado a por el negocio menos glamuroso y más rentable del universo cripto: guardar el dinero que respalda las stablecoins (las monedas digitales cuyo valor está anclado al dólar). Morgan Stanley acaba de mover ficha con el lanzamiento de un fondo monetario pensado específicamente para los emisores de estas divisas, y lo hace pisando el terreno que BlackRock consideraba casi suyo.
La jugada, avanzada por Decrypt y CoinDesk este viernes, tiene un trasfondo más interesante de lo que parece. No va de precios ni de especulación. Va de quién se queda con las comisiones de gestionar cientos de miles de millones de dólares que hoy respaldan monedas como USDC o USDT, unos fondos que hasta hace poco languidecían en bancos tradicionales y que ahora, con la Ley GENIUS estadounidense ya en vigor, necesitan estar colocados en productos muy concretos.
Qué ha lanzado Morgan Stanley y por qué importa
El banco ha estructurado un money market fund (fondo monetario, un vehículo de inversión que mete el dinero en activos muy líquidos y de bajo riesgo, típicamente deuda pública estadounidense a corto plazo) dirigido en exclusiva a los emisores de stablecoins. Es decir, a compañías como Circle, Tether, PayPal o Paxos, que emiten las monedas digitales ancladas al dólar y que por ley están obligadas a mantener reservas equivalentes.
La Ley GENIUS, aprobada por el Congreso de EE.UU., obliga a los emisores a respaldar cada stablecoin con dinero en efectivo o bonos del Tesoro de vencimiento muy corto. Dicho de otro modo: por cada dólar digital en circulación debe haber un dólar real, o casi real, guardado en algún sitio. Y ese ‘algún sitio’ se ha convertido en un botín que Wall Street quiere administrar.
Las cifras explican el apetito. El mercado de stablecoins ronda los 280.000 millones de dólares en circulación según los agregadores del sector, una cantidad comparable al PIB anual de un país como Portugal. Solo en comisiones de gestión, a tipos habituales del 0,15%-0,25% anual, hablamos de un negocio recurrente de cientos de millones de dólares al año sin apenas riesgo para el intermediario.
El choque con BlackRock: dos gigantes, un pastel
Hasta ahora, BlackRock era el nombre dominante en esta esquina del mercado. Su fondo BUIDL, lanzado en 2024, tokeniza deuda pública estadounidense y es el vehículo que utiliza Circle (emisor de USDC) para parte de sus reservas. La gestora de Larry Fink había entendido antes que nadie que las stablecoins no eran una amenaza para la banca tradicional, sino un cliente nuevo y muy bien pagador.
Morgan Stanley llega ahora con una propuesta similar pero con una diferencia de enfoque: en lugar de tokenizar el fondo y ofrecerlo también a inversores cripto, lo estructura como un producto clásico de banca mayorista dirigido solo a los emisores. Menos sofisticación tecnológica, más relación directa con el cliente institucional. Es la diferencia entre vender un producto en Amazon o hacerlo a través de un comercial de toda la vida.

La competencia no se queda ahí. JPMorgan, State Street y Goldman Sachs también han movido ficha en los últimos meses con distintos vehículos orientados al mismo segmento. El mensaje de la banca tradicional es nítido: si las stablecoins van a ser tan grandes como algunos proyectan, las reservas que las respaldan las gestionamos nosotros.
Qué dice esto sobre la fase actual del sector cripto
Conviene leer este movimiento con perspectiva. Hace apenas tres años, tras la caída de Terra-Luna en mayo de 2022 (aquella stablecoin algorítmica que perdió su paridad con el dólar y arrastró más de 40.000 millones en pérdidas), las stablecoins eran vistas por muchos reguladores como una amenaza sistémica. La posterior quiebra de FTX y los problemas de liquidez de varios emisores menores terminaron de enfriar el entusiasmo.
El giro lo marcó la Ley GENIUS, aprobada en 2025 tras años de debate. Al establecer reglas claras sobre qué puede ser stablecoin y qué no, cómo deben custodiarse las reservas y quién supervisa a los emisores, Washington transformó un producto cuasi clandestino en un instrumento financiero regulado. Y cuando un producto se regula, Wall Street acude.
El movimiento de Morgan Stanley es, en ese sentido, muy revelador de dónde estamos. El dinero grande ya no entra al sector cripto por la puerta de bitcoin o ethereum, sino por la cañería menos vistosa: la fontanería de las reservas, la custodia, los fondos monetarios. Es donde se generan ingresos estables, recurrentes y con poco riesgo reputacional. Eso sí, también es donde aparece la contradicción más evidente del cripto actual: un sector nacido para prescindir de intermediarios acaba apoyándose en los mayores intermediarios del planeta para funcionar.
El riesgo para los emisores es concentrar demasiado su destino en un puñado de gestoras. Si mañana la SEC decide endurecer los requisitos de los fondos que respaldan stablecoins, o si uno de estos vehículos sufre un tropiezo, el efecto dominó sería inmediato. La próxima fecha a vigilar es la revisión técnica de la Ley GENIUS prevista para la segunda mitad de este año, donde se espera que se concrete qué activos exactos pueden formar parte de las reservas. De esa letra pequeña dependerá quién gana realmente la batalla.




