Hay una teoría que el doctor Horacio Anselmi lleva décadas repitiendo y que la industria del fitness prefiere ignorar: correr no es entrenar. Con más de cuarenta años de experiencia trabajando con medallistas olímpicos, jugadores de fútbol y atletas de élite de múltiples disciplinas, Anselmi tiene credenciales suficientes para cuestionar lo que millones de personas hacen cada día pensando que cuidan su salud.
Su mensaje no está dirigido a los deportistas de alto rendimiento sino al ciudadano de a pie que un día decide ponerse las zapatillas y salir convencido de que con eso alcanza. Para Anselmi no alcanza. Y la diferencia entre lo que la gente hace y lo que debería hacer es la distancia exacta que separa el esfuerzo de los resultados.
Por qué correr sin método no sirve para bajar de peso ni para mejorar

La primera provocación de Anselmi apunta directo al mito más extendido del ejercicio popular: quien quiere bajar de peso y sale a correr está eligiendo el camino equivocado. No porque correr sea malo sino porque correr sin estructura no produce los estímulos necesarios para transformar el cuerpo. Para eso existen los circuitos intermitentes de zona media, herramientas diseñadas específicamente para ese objetivo.
El problema de fondo es conceptual. Anselmi distingue con claridad entre actividad física y entrenamiento. Moverse está bien. Ejercitarse también. Pero entrenar significa organizar la actividad física para obtener resultados sostenidos y medibles a lo largo de años. Si alguien lleva una década corriendo cincuenta kilómetros semanales y su rendimiento no ha cambiado, no está entrenando: está repitiendo un hábito sin propósito.
Correr exige muy poco al cerebro y eso no es un elogio. Mientras se trota se puede pensar en el gato encerrado en el baño o en las llaves olvidadas en el coche. Esa facilidad cognitiva es exactamente la señal de que el sistema nervioso no está siendo desafiado. El entrenamiento real obliga al cerebro a concentrarse, a coordinar movimientos complejos y a crear nuevas conexiones. Trotar no hace nada de eso.
Para quien disfruta correr y quiere mejorar sus tiempos el consejo de Anselmi es otro: que el entrenador dedique siete minutos antes de cada sesión a trabajar la zona media. Esos minutos no son un capricho sino una inversión directa en todo aquello que puede romperse por el camino.
Además propone algo tan sencillo como filmar la zancada desde el lateral para comparar el paso derecho con el izquierdo y el tiempo de contacto de cada pie con el suelo. Si hay diferencia y casi siempre la hay, el corredor está girando en círculos sin saberlo.
La fuerza como base de todo: lo que nadie te enseñó en el colegio
El verdadero eje del pensamiento de Anselmi es la fuerza. No la potencia ni la resistencia cardiovascular sino la fuerza entendida como la cualidad que sostiene todo lo demás. Si la fuerza es el dinero, sin ella no se puede comprar nada. Con ella se puede construir velocidad, coordinación, resistencia y calidad de vida hasta los noventa años.
Antes de correr antes de levantar pesas y antes de cualquier otro objetivo físico existe un paso que la mayoría omite: nivelar el cuerpo. Eso significa equilibrar la pelvis, estabilizar la columna y asegurarse de que la pierna derecha pueda hacer exactamente lo mismo que la izquierda.
Cuando esa base no existe las lesiones no son mala suerte sino una consecuencia matemática. El hombro que se va al coger el jabón en la ducha o el esguince al girarse en el coche no son accidentes sino el resultado de un sistema nervioso que nunca aprendió a activar los músculos pequeños y profundos que protegen las articulaciones.
Anselmi lo explica sin tecnicismos: es como entrar en una habitación a oscuras sin saber dónde está el interruptor. El trabajo inicial consiste en encontrar esa tecla. Una vez encendida la luz y equilibrado el cuerpo la fuerza puede desarrollarse y a partir de ahí cualquier objetivo resulta alcanzable.
De los setenta y tres jugadores de élite internacional que pasaron por sus manos solo cuatro sabían correr correctamente. Eso no es una anécdota curiosa. Es la evidencia de que aprender a correr bien a los diez años es sencillo y a los cincuenta se complica aunque no sea imposible. La diferencia entre hacerlo bien y hacerlo mal equivale a un treinta por ciento más de eficiencia en cada zancada.





