El palacio de La Promesa no parece haber seguido el mismo sendero. Las paredes, que han sido las testigos mudas de un dilatado número de dramas, parecen retener la respiración, la misma que sostienen los habitantes de este espacio. La preocupación por el estado de salud de Catalina y su bebé ha recorrido cada uno de sus rinconcitos, saturando el aire de una tensión casi palpable por cada uno de sus rincones.
Ni los pasillos más recónditos están a salvo, al igual que en la planta noble, donde los señores tratan de disimular su inquietud mediante gestos que quieren aparentar serenidad; en los cuartos de servicio, las miradas furtivas y los murmullos revelan el temor colectivo. Son precisamente en estos momentos de crisis cuando las máscaras caen y se intenta ver hasta donde aguantarán los lazos.
RICARDO Y RÓMULO

Ricardo de Villamayor en La Promesa no es un hombre a quien le cueste mucho decidir a quién confiar, pues cuando en un circunstancial momento de baja tensión apela a Rómulo, los criados más anciano quedaron rezagados, sujetando sus respiraciones. «¿Puede el hombre cambiar de la noche a la mañana o solo es otra de las artimañas del destino?», interroga el propietario del palacio, enfocado en el mayordomo.
Ana, su esposa, ha cambiado de repente: gestos afables, palabras templadas, una tranquilidad que antes le era ajena. Pero Ricardo, curtido en desengaños, únicamente aprecia un puzzle sin partes. Rómulo escucha, como de costumbre, con la tranquilidad de quien ya ha visto caer imperios. La gente cambia, señor, pero las intenciones suelen dejar huellas», dice Rómulo sin tomar sentencia.
Su diplomacia es el antídoto, pero no es suficiente para calmar el desconfiar de Ricardo, un desconfiar desde el seno en el que cada sonrisa podría dejar bajo el cuchillo que albergase. La conversación toma derroteros más siniestros, Ricardo, con los nudillos blanquecinos como el gres por apretar el bastón, confiesa su mayor temor: «¿Si esto es un teatro para ganar tiempo? ¿Si detrás de esta dulzura hay otra traición?».
Rómulo no le responde de inmediato. Sabe que una palabra mal colocada puede avivar el fuego de la desconfianza. Le aconseja: «Las acciones hablan, señor. Obsérvela por la casa cuando no sepa que la miran. Ahí está la verdad». Ana pasea por el jardín, ajena al huracán que se desata en la mente de su marido.
MARÍA FERNÁNDEZ Y EL VALOR DE LO INVISIBLE

En la cocina de La Promesa, donde el humo, la atención y los aromas mezclan historias, María Fernández empieza a llorar. No se trata de lágrimas de dolor, sino de gratitud. «Ustedes me salvaron cuando ni yo quería salvarme», dice con la mano apretando entre las manos un trozo de pan recién salido del horno; en aquellos días oscuros que había pasado cuando el hambre y la desesperación la llevaron a robar la vida, los demás fueron los que cubrieron sus turnos y compartieron su ración con ella.
Los demás restan importancia; como siempre. «Aquí nadie se hunde solo», responde uno de los mozos secándose las manos en el delantal. Pero María sabe que su deuda no son favores: su deuda son dignidades. En un mundo donde los poderosos hacen la vista gorda, la solidaridad de los invisibles es el verdadero sustento del palacio. Esa imagen, tan poderosa y, al mismo tiempo, tan íntima, choca con la frialdad de los salones aristocráticos.
La conversación se alza hacia el futuro. «¿Y si un día os necesito de nuevo?», dice ella con un hablar tembloroso. «¡Pues gritarás y vendremos!», expresa la cocinera deteniendo el cuchillo en la tabla con aquello que se denomina firmeza. Pero ahí está la promesa no escrita: no dejarán que caiga. Al repartir la sopa para el servicio, alguien se lanza a cantar una de aquellas coplas viejas que hablan de la esperanza en lo oscuro.
Fuera llueve. Hacia la ventana, María observa de paso lo frágil que es todo. Lo fuerte que puede llegar a ser un grupo unido. Con los goterones marcando las bajadas en los cristales, sonríe por primera vez en varios días. Ha encontrado algo que ni el oro ni los títulos que poseen pueden comprar: un sitio al que pertenecer.
LA JUSTICIA EN LA PROMESA

Curro no descansa. Pía no relaja su tarea. Sus esfuerzos intensos se intercalan entre papeles robados y conversaciones a media luz, entre ambos les consume la obsesión por esclarecer el caso de la muerte de Jana. «No fue un accidente. Fue un crimen», repite Curro mientras señala las notas manuscritas con una escritura temblorosa. La teoría del veneno se va haciendo fuerte: ¿quién tuvo acceso al supuesto vaso de Jana?
Pía, más prudente, pero igual de obsesionada, avisa sobre la prudencia: «Si el asesino se encuentra entre nosotros, cualquier palabra puede ser mortal», dice. Sin embargo, Curro se muestra impulsivo y devorado por la rabia, ya no teme a las consecuencias. La verdad es su única bandera, aunque por izarla tengan que quemar el palacio. El proceso de investigación de ambos les lleva a cruzar determinadas líneas peligrosas, seguidos por miradas que pueden seguir a los sospechosos.
Las páginas del capítulo se cierran con una imagen perturbadora: Pía de pie ante el retrato de Jana, jurando a voz baja: «No vamos a parar hasta que tu asesinato tenga nombre». Al mismo tiempo, en la penumbra, alguien también está observando desde lejos; tal vez el asesino. El gato y el ratón acaban de comenzar.
Dos horas después, Curro encuentra una pista importante. Entre los pliegues de un libro olvidado en la biblioteca encuentra una pequeña mancha oscura. ¿Sangre? ¿Veneno? Su pulso se acelera imaginándose a Jana hojeando las mismas páginas. El objeto va de mano en mano, hasta llegar a Pía, cuyo rostro se ensombrece al reconocer el volúmen: era el libro preferido de Jana.
Mientras tanto, en las caballerizas, un jinete desconocido llega al palacio. Trae consigo un sobre sellado con un símbolo familiar. ¿Es la pieza que falta al rompecabezas o, por el contrario, el inicio de una pesadilla nueva? Curro y Pía intercambian una mirada cómplice. La partida acaba de llegar a un momento crucial, y el siguiente movimiento lo puede cambiar todo.













































