3El ‘vaso de noche’ de alcohol: sube la tensión y rompe el sueño
El ritual del vaso antes de acostarse se apoya en una sensación engañosa: en la primera hora el alcohol dilata los vasos y la tensión baja. La revisión Cochrane de 2020 —32 ensayos, 767 participantes— cuantifica el giro: con una dosis alta (más de 30 g, unas tres copas) la sistólica cae unos 3,5 mmHg durante las seis primeras horas, pero a partir de la decimotercera sube de media 3,7 mmHg, la diastólica 2,4 mmHg y el pulso sigue alto 24 horas después. Quien cena con vino se duerme justo en la ventana del rebote, de modo que el descenso nocturno del 10-20% que permite recuperarse a corazón y arterias se queda a medias. En adultos de mediana edad sin medicación antihipertensiva, los bebedores de riesgo registraban 118 mmHg de sistólica nocturna frente a 107, y en otra muestra de bebedores intensos la caída nocturna era del 10,6% frente al 14,5% de los no bebedores.
El segundo golpe llega en la arquitectura del sueño. El alcohol acorta la latencia (se tarda menos en dormirse), pero fragmenta la segunda mitad de la noche. En estudios con polisomnografía, una noche de atracón —cuatro o cinco bebidas en dos horas— bajó el sueño REM del 20% al 15% del tiempo total, subió la fase 2 y disparó la diuresis de 2,1 a 2,9 litros, con más microdespertares. Y no es solo cuestión de cantidad: esos mismos trabajos vieron caer la variabilidad cardiaca y la sensibilidad del barorreflejo en las fases N2 y REM, es decir, el corazón pierde el freno vagal justo cuando debería recuperarse, y a la mañana siguiente el pulso amanece más alto (65 frente a 58 lpm). Según un trabajo de 2025 en adultos de 50 a 64 años, la presión nocturna elevada de los bebedores de riesgo no se explicaba por las catecolaminas ni por la calidad del sueño percibida.



