4Dormir menos de seis horas o con horarios caóticos
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La noche es el único tramo del día en el que la presión arterial debe bajar. En adultos sanos desciende entre un 10% y un 15% respecto a las cifras diurnas —el llamado descenso o dip fisiológico—, y ese es el margen con el que el corazón se recupera y se protege. Cuando el sueño se queda por debajo de las seis horas, ese descenso se aplana: el sistema nervioso simpático no llega a desconectarse, el cortisol sigue elevado y el organismo amanece con la tensión ya alta. La evidencia epidemiológica respalda ese umbral: los metaanálisis sitúan el exceso de riesgo de hipertensión en torno al 21% en quienes duermen poco de forma crónica, y la Clínica Mayo advierte de que las personas que duermen seis horas o menos presentan ascensos más pronunciados de la presión arterial y, si ya son hipertensas, un peor control.
El segundo problema no es cuánto se duerme, sino a qué hora. Acostarse y levantarse a horas distintas cada día desancla el reloj interno que gobierna la presión arterial y genera una suerte de jet lag permanente. Un estudio publicado en Hypertension con adultos jóvenes y de mediana edad comprobó que a más variabilidad e irregularidad del sueño, menor descenso nocturno de la presión: la dispersión del punto medio del sueño explicaba hasta el 29,2% de las diferencias en ese descenso entre grupos de población. En enfermeras con turnos de noche, dormirse a horas dispares se asoció con una caída de la tensión nocturna más pobre, y los metaanálisis sobre trabajo a turnos rotatorios sitúan el riesgo de hipertensión incidente en torno al 31% por encima. Los datos del UK Biobank —118.523 personas con prehipertensión seguidas 12,5 años— cifran en un 27% menos de riesgo de hipertensión a quienes mantienen un patrón de sueño saludable.



