5El bosque atlántico que envuelve las cascadas: musgo, helechos y setas
El verdadero protagonista de este tramo no es el salto de agua, sino el bosque que lo encierra. Hayas, robles, castaños y avellanos levantan un dosel que deja pasar poca luz y mantiene el suelo en penumbra casi todo el día; a eso se suma la humedad que desprenden las cascadas, y el resultado es un microclima fresco y estable en el que rocas, troncos caídos y viejos muros acaban tapizados de musgo, hepáticas y líquenes. Los helechos, algunos de gran porte, se adueñan de las orillas y de las grietas de la roca. En los bosques atlánticos mejor conservados del norte se han llegado a catalogar 136 especies de musgos y 85 de hepáticas, además de helechos relicto como Woodwardia radicans, presentes en estos valles desde hace unos 50 millones de años. Un verde que no se apaga ni con el frío.
El otoño añade a ese escenario su capítulo más discreto: las setas. La lluvia frecuente, las temperaturas suaves y la hojarasca acumulada disparan la fructificación de los hongos, que asoman en los bordes del sendero y bajo castaños y robles. Entre las especies habituales están el Boletus edulis —conocido como cep o porcino— y la cantarela (Cantharellus cibarius), que viven asociadas a las raíces de los árboles. En esos mismos hábitats crece también la venenosa Galerina marginata, de ahí que se insista en no coger nada que no se reconozca con absoluta seguridad y en no arrancar ejemplares desconocidos. No es raro cruzarse con gente del valle con la cesta al hombro: en buena parte del norte la afición micológica es una tradición de temporada, y aquí convive sin agobios con el senderismo.



