Hay una diferencia enorme entre preguntarle cosas a Claude y ponerlo a trabajar. Adrián Sáenz, creador del canal homónimo, lo resume con un dato que impone: junto a su equipo ha acumulado más de 1000 horas de uso de esta inteligencia artificial. No para probar curiosidades, sino para montar proyectos, páginas web y automatizaciones. En su último tutorial, Sáenz propone una escalera de cinco niveles que va del usuario que trata a Claude como un buscador hasta quien lo convierte en un sistema que trabaja mientras duerme.
El vídeo no es una simple demostración de funciones. Es, sobre todo, una tesis sobre cómo cambia la relación con la herramienta cuando se le da contexto. Sáenz insiste en que Claude no sabe nada de ti al abrir un chat nuevo. Por eso el salto de nivel no depende tanto de prompts sofisticados como de construir memoria, estructura y autonomía alrededor del asistente.
Nivel 1: usar Claude como si fuera Google
El primer nivel es el más común: copiar un correo, pedir una respuesta rápida y cerrar el chat. Sáenz lo llama el nivel del buscador. El problema no es la herramienta, sostiene, sino la falta de contexto. Cada conversación empieza de cero, como si tuvieras que explicarle a un trabajador nuevo quién eres y qué esperas de él todos los días.
Su recomendación para salir de ahí es configurar el perfil. En ajustes se puede indicar nombre, cómo quieres que te llame y qué hace falta que Claude sepa de ti. También conviene activar la memoria para que recuerde lo hablado. Sáenz propone además importar memoria desde otros proveedores de IA mediante un prompt que pide a ChatGPT, por ejemplo, toda la información que tiene sobre ti.
Otra práctica del nivel uno es fijar chats ya entrenados. Si corregiste varias veces cómo responder correos, ese chat queda anclado y no hace falta repetirle las preferencias. Es un detalle simple, pero cambia la eficiencia. La señal de que sigues atrapado aquí, apunta Sáenz, es que tus chats recientes apenas superan los cinco o diez mensajes.
Claude no sabe absolutamente nada de ti cada vez que abres un chat nuevo. Sin contexto, es imposible que te dé buenas respuestas.
— Adrián Sáenz
Nivel 2: proyectos como espacio de trabajo
El organizador deja de usar chats sueltos y crea proyectos. La lógica es agrupar información relevante para que Claude responda con contexto: instrucciones de tono, documentos, PDFs, datos de ventas. En el ejemplo del vídeo, Sáenz configura un proyecto para una tienda online ficticia llamada Vitaru.
Dentro del proyecto carga preguntas frecuentes, guía de marca, productos y ventas de los últimos 90 días. Luego pide a Claude que recomiende combos de productos. La respuesta no sale de la nada: se apoya en los pedidos reales registrados. Menciona, por ejemplo, una combinación de masajeador cervical y esterilla lumbar que ya aparecía junta en decenas de pedidos. Un cruce de datos que, sin ese contexto cargado, sería imposible de obtener.
Nivel 3: delegar tareas sin perder el control
El delegador ya no solo consulta: entrega trabajos concretos a Claude. La transcripción del vídeo no detalla tanto este escalón como los anteriores, pero deja clara la idea. Quien delega bien define qué espera, revisa los resultados y ajusta. Es un estadio intermedio entre organizar información y construir sistemas.
Sáenz sostiene que aquí se nota el verdadero cambio de mentalidad. No se trata de obtener textos, sino de asignar responsabilidades con criterio. El asistente deja de ser un buscador caro y se convierte en una pieza del flujo de trabajo diario.
Niveles 4 y 5: herramientas que se mejoran solas
Los niveles superiores son los del arquitecto y el autónomo. Sáenz describe un salto enorme: no solo creas herramientas a medida, sino que esas herramientas incorporan inteligencia artificial para autogestionarse. En el vídeo habla de un servidor personal suyo, con tarjeta gráfica y IAs instaladas en local, al que accede mediante una IP desde el navegador.
Ese servidor funciona como una suite creada a medida: generador de imágenes, de voz, buscador de stock y un generador de vídeo en desarrollo. Nada de eso es software instalado de fábrica, asegura Sáenz. Es código que Claude ayudó a montar según sus necesidades. La ventaja que destaca es doble: control total y coste local, sin pagar por cada uso en la nube.
El nivel cinco va un paso más allá. Sáenz relata que su sistema le manda un informe nocturno con lo aprendido. Ese parte no solo resume: reescribe sus propias reglas, actualiza instrucciones y corrige su código. Después vuelve a empezar. En el caso de Twitter, el sistema analiza qué tipo de respuestas funcionan mejor, cuáles atraen más visitas a la web y cuáles retienen más tiempo a los lectores. Para Twitter, afirma Sáenz, lo tiene implementado de forma totalmente autónoma.
Qué implica esto para quien empieza
La lectura editorial del tutorial es clara: el valor de Claude no está en la caja de respuestas, sino en los sistemas que se construyen encima. Pasar del nivel uno al dos es relativamente barato: configurar el perfil, activar memoria y crear un proyecto. Pasar al cuatro o al cinco exige conocimientos técnicos, pero Sáenz insiste en que la barrera es más de mentalidad que de programación.
Conviene tomar el vídeo como lo que es: una hoja de ruta personal basada en su experiencia. Algunas afirmaciones, como la autonomía total del sistema de Twitter, son difíciles de verificar desde fuera. Nada impide que un creador con equipo y servidor propio llegue a ese punto, pero no es el punto de partida realista para la mayoría. El mérito del tutorial está en ordenar el camino, no en prometer resultados inmediatos.
La pregunta que deja abierta es hasta qué nivel merece la pena escalar. Para un negocio pequeño, un proyecto bien configurado puede rendir más que un servidor propio. Para quien maneja volumen alto, la automatización nocturna cambia las reglas. Sáenz ofrece un mapa; la decisión de hasta dónde llegar sigue siendo de cada uno.
Puedes ver el vídeo completo de Adrián Sáenz en YouTube aquí:





