La deuda pública de Estados Unidos acaba de atravesar una frontera que, en términos contables, cambia poco, pero en términos psicológicos lo transforma todo: 40 billones de dólares. En su último análisis, DW Español recuerda que el Tesoro confirmó la cifra tras su emisión más reciente y que el pasivo soberano equivale ya al 124% del producto interior bruto. El dato importa menos por el número redondo que por la velocidad.
El programa reunió a Alicia García Herrera, economista jefe para Asia Pacífico en Natixis e investigadora del Instituto Bruegel, y a Ezequiel Daray, corresponsal de DW en la Bolsa de Frankfurt. Ambos coincidieron en una idea, aunque con matices: la trayectoria del endeudamiento estadounidense se está acelerando y la ilusión de reducirlo pierde credibilidad.
Una barrera que deja de ser simbólica
Según García Herrera, el cruce de los 40 billones es sobre todo un umbral simbólico, pero el ritmo con el que se ha llegado a él no lo es. Sostuvo que en los últimos seis meses confluyeron dos factores inesperados: los aranceles que debían alimentar la recaudación se han visto limitados por decisiones judiciales, y la guerra con Irán ha disparado el gasto militar. Aun así, matizó que lo más relevante ha sido la reacción del Tesoro estadounidense.
La economista explicó que Washington ha optado por recomprar deuda en circulación con la intención de moderar los rendimientos. Para ella, esa decisión tiene una lectura incómoda: si el Tesoro sale a sostener sus propios bonos, es porque existe una preocupación real. Y el mercado, lejos de calmarse, ha empezado a preguntarse si esa inquietud está justificada.
Déficit, gasto y falta de coraje político
Ezequiel Daray puso el problema en perspectiva histórica. Recordó que la deuda superó el 100% del PIB tras la Segunda Guerra Mundial, pero entonces financiaba una reconstrucción. Hoy, en cambio, aumenta mientras la economía crece. Añadió que no es un problema atribuible a una sola administración: la deuda pasó de unos 20 billones con el primer mandato de Trump a cerca de 28 durante Biden, y ya se acercan a 4 billones adicionales en menos de dos años del segundo Trump.
Preguntada por la distancia entre las promesas electorales y la realidad fiscal, García Herrera fue directa: no ha habido coraje político para frenar el gasto. Recordó que la reforma fiscal del primer Trump prometía atraer beneficios repatriados, algo que no se cumplió del todo, y que Biden tampoco hizo el ajuste. En su lectura, sin reformas ni nuevos ingresos, el déficit sigue creciendo.
Estados Unidos es capaz de pagar intereses muy altos desde hace años y sin embargo no lo vemos reflejado en impagos masivos. Esa es su gran ventaja productiva.
— Alicia García Herrera en DW Español
Tras esa idea, el debate giró hacia el llamado privilegio exorbitante del dólar, un concepto atribuido al antiguo ministro francés Valéry Giscard d’Estaing. Emitir la moneda que el mundo exige como reserva permite a Washington endeudarse en una divisa que sigue teniendo demanda global.
Sin embargo, la economista añadió un matiz que suele quedar fuera del titular: la productividad estadounidense sigue siendo lo suficientemente alta como para soportar tasas elevadas. Lo contrapuso con Europa, donde reconoció que, pese a trabajar en un banco francés, la situación de Francia le inquieta más. No por el nivel de deuda, sino por la capacidad de pago que exige crecimiento, algo que el Viejo Continente no tiene en la misma medida.
La maniobra de Scott Bessent y sus riesgos
Daray detalló en qué consiste la intervención del secretario del Tesoro, Scott Bessent, a quien The Wall Street Journal apodó el trader de bonos en jefe. Explicó que el Tesoro está emitiendo deuda a corto plazo para recomprar títulos a 10 y 30 años, presionando así la parte larga de la curva. El objetivo es bajar los tipos que determinan, entre otras cosas, las hipotecas.
El corresponsal advirtió de un efecto colateral: el perfil de la deuda se acorta, y el país debe refinanciarse con más frecuencia. Eso incrementa la dependencia de la Reserva Federal y de sus decisiones sobre tipos de corto plazo. También recordó que la factura por intereses supera ya el billón de dólares anuales, un dinero que compite con otras prioridades presupuestarias.
En la conversación se mencionó además la vulnerabilidad frente a Japón, uno de los grandes tenedores de deuda americana. Si sus instituciones decidieran vender posiciones de forma desordenada, los rendimientos podrían escalar todavía más. No obstante, García Herrera matizó que el sector privado japonés ha mantenido o aumentado su exposición porque el rendimiento y el dólar siguen siendo atractivos.
Elecciones, tasas y economía real
De cara a las elecciones legislativas de noviembre, Daray sostuvo que las recompras de bonos continuarán al menos hasta el 4 de noviembre. Y subrayó por qué importa: en una sociedad acostumbrada al crédito, el tipo de interés fija el valor del tiempo. Si un inversor obtiene un 5% con un bono del Tesoro, cualquier proyecto real debe ofrecer más que eso para ser viable.
Esto afecta a las empresas, a las hipotecas y al apetito por invertir. Bessent ha defendido que los costes fiscales de las rebajas de impuestos son temporales y que se resolverán cuando la economía acelere. Sobre ese punto, García Herrera no ocultó su escepticismo. Afirmó que ningún economista acepta del todo esa lógica, aunque la economía estadounidense esté funcionando mejor de lo esperado gracias a la inteligencia artificial.
La inversión prevista en IA ronda este año el billón de dólares, precisamente la misma magnitud que el pago de intereses. Para la economista, eso es una señal de fortaleza, pero también un recordatorio de que el crecimiento no elimina la fragilidad. Recordó que Estados Unidos opera bajo una lógica de alto riesgo, alta rentabilidad, y que en 2008 esa lógica terminó en un golpe severo.
El programa cerró con una pregunta abierta: si el inversor dejara de financiar la deuda pública americana, la crisis resultante podría ser peor que la de 2008. García Herrera lo consideró improbable hoy, pero no imposible. Quizá ese sea el verdadero debate de fondo: no si Estados Unidos puede pagar, sino qué ocurre el día en que alguien decida que ya no quiere seguir comprando.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de DW Español en YouTube.






