La protección de la avifauna en subestaciones: Iberdrola estrena tecnología en Extremadura

Unas piezas de plástico recortables crean una barrera que evita que ramas y palos lleguen a los elementos eléctricos y protege los nidos de depredadores. La distribuidora i-DE prueba el sistema en la subestación de Jaraicejo con la vista puesta en extenderlo.

Una rama en el lugar equivocado. Basta eso para que una subestación eléctrica sufra una incidencia que corte el suministro a miles de clientes. El problema es más habitual de lo que parece, sobre todo en territorios con alta densidad de avifauna como Extremadura. Iberdrola, a través de su distribuidora i-DE, acaba de poner en marcha en Jaraicejo (Cáceres) una solución diseñada para que las aves sigan anidando en esos entramados metálicos sin que los materiales de sus nidos comprometan la red.

En sus 65 subestaciones extremeñas, i-DE ha identificado este riesgo como una de las causas recurrentes de pequeñas interrupciones y de un gasto en mantenimiento que podría reducirse. La propuesta, nacida en la Unidad Territorial de Subestaciones Cáceres-Plasencia, ya ha pasado del diseño a la instalación real.

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Barreras de plástico para conciliar nidos y electricidad

El invento es sorprendentemente sencillo: piezas de plástico recortables que se ajustan a los huecos del enlace de barras de las subestaciones. Crean una barrera que impide que ramas, palos y otros restos que transportan las aves alcancen los componentes eléctricos. Al mismo tiempo, su disposición dificulta el acceso de depredadores a los nidos, protegiendo así a la avifauna.

No se trata de expulsar a las aves de las subestaciones, sino de hacer compatible su presencia con la seguridad de la instalación. El sistema no interfiere en la nidificación; simplemente redirige el riesgo de contacto eléctrico. ‘Esta solución nos permite poner en práctica nuestra propuesta y tener un impacto medioambiental muy positivo’, han señalado los integrantes del equipo galardonado.

El dispositivo ha sido diseñado para fabricarse en serie. Tras la estandarización de la idea, el siguiente paso fue llevarla al terreno. La Subestación Transformadora de Reparto (STR) de Jaraicejo se ha convertido así en el escenario de la prueba piloto, donde se estudiará cómo responde el sistema en condiciones reales y qué efectos tiene sobre la calidad del suministro y sobre la propia avifauna.

Jaraicejo: la subestación que testa el futuro de la distribución

La elección de Jaraicejo no es casual. Se trata de una instalación representativa del entramado extremeño, una región donde i-DE gestiona 65 subestaciones eléctricas y 3.467 centros de transformación en servicio. Su red suma más de 10.600 kilómetros de líneas de baja y media tensión y otros 2.000 kilómetros de alta y muy alta tensión. Cualquier mejora que reduzca incidencias tiene un potencial de escalado considerable.

El proyecto ha sido reconocido con el Premio i-DEas en la categoría de Medio Ambiente, dentro del programa interno de innovación de la distribuidora. Ese reconocimiento permitió acelerar su desarrollo y dotarlo de recursos para la fase de validación en campo. La subestación cacereña será el laboratorio donde se compruebe si esta propuesta puede extenderse al resto del parque de distribución.

La compañía mantiene como objetivo alcanzar en 2030 un impacto neto positivo sobre la biodiversidad, mediante actuaciones dirigidas a la protección de especies y ecosistemas. La experiencia de Jaraicejo encaja en esa hoja de ruta y refuerza la idea de que las inversiones en red pueden tener un retorno ambiental directo.

Iberdrola aves

La sencillez de una pieza de plástico recortable esconde una ambición mayor: demostrar que la continuidad del suministro y la protección de la avifauna no están reñidas, sino que pueden reforzarse mutuamente.

El doble dividendo de la innovación: biodiversidad y continuidad del suministro

La iniciativa extremeña pone en evidencia un fenómeno que suele pasar desapercibido en el debate sobre la transición energética: la interacción entre la infraestructura eléctrica y la biodiversidad. A menudo se asume que el despliegue de redes y la conservación del entorno natural avanzan por caminos separados. El proyecto de i-DE demuestra que pequeñas innovaciones en el diseño de las subestaciones pueden generar un doble dividendo: reducir las incidencias que afectan a los clientes y, al mismo tiempo, proteger a las aves y sus nidos.

El factor clave está en el mantenimiento. Si las ramas y otros materiales dejan de alcanzar los elementos eléctricos, disminuye la probabilidad de interrupciones puntuales y se reducen las actuaciones correctivas. Menos averías significan menos desplazamientos de cuadrillas, menor desgaste de los equipos y una mayor continuidad del servicio. Todo ello se traduce en una reducción de los costes asociados a la conservación de la red.

Ahora bien, el salto del éxito en un piloto a la implementación masiva no es automático. Cada subestación tiene su propia geometría, sus propios puntos sensibles y una avifauna distinta. La adaptabilidad de las piezas recortables es una ventaja de diseño, pero la estandarización del proceso de instalación y la formación del personal serán determinantes. Si la solución no se integra en los protocolos rutinarios de mantenimiento, su impacto quedará limitado a un puñado de centros. El verdadero valor de la innovación no está en el ingenio técnico, sino en la capacidad de la compañia para desplegarla a escala.

En ese sentido, el programa i-DEas funciona como un catalizador de ideas internas que, de otro modo, podrían no abandonar nunca la fase conceptual. El premio en la categoría de Medio Ambiente reconoce un doble mérito: la propuesta técnica y la sensibilidad ambiental del equipo de Cáceres-Plasencia. Pero la auténtica prueba de fuego será la métrica de incidencias en Jaraicejo dentro de seis meses. Si los datos confirman las expectativas, Extremadura habrá exportado mucho más que un dispositivo de plástico: habrá demostrado que la red del futuro puede ser a la vez más fiable y más amable con el entorno que la rodea.

La paradoja es estimulante. Las mismas estructuras que simbolizan el desarrollo industrial pueden convertirse en aliadas de la biodiversidad si se les aplica una dosis de ingenio. Y en un momento en que la presión social por acelerar la descarbonización convive con una sensibilidad creciente hacia la protección de los ecosistemas, soluciones como la de Jaraicejo dejan de ser anecdóticas para convertirse en un modelo replicable en cualquier territorio con presencia de avifauna y redes eléctricas. La pregunta ya no es si merece la pena proteger los nidos en las subestaciones, sino cuánto puede ahorrar el sistema si se toma en serio esa protección.


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