La superinteligencia artificial como proyecto único y centralizado es un espejismo peligroso. Mark Zuckerberg lo ha dejado claro en una serie de entrevistas a Financial Times, The Wall Street Journal y The New York Times, donde ha cargado contra la visión de OpenAI y Anthropic, sus grandes rivales en la carrera por dominar la IA. El CEO de Meta defiende un modelo radicalmente distinto: sistemas abiertos, personalizados y descentralizados, en contraposición a lo que califica de ‘marketing del miedo’.
Claves de la operación
- Zuckerberg apuesta por la IA abierta y personalizada. Rechaza los sistemas cerrados y centralizados que proponen sus competidores, defendiendo modelos que se adaptan a cada usuario y contexto.
- La ofensiva verbal coincide con un momento regulatorio crítico. OpenAI y Anthropic han solicitado más controles para los modelos frontera, una medida que, de prosperar, frenaría a Meta, que va rezagada en el desarrollo de sus propios modelos.
- El mercado publicitario como telón de fondo. Mantener la IA en código abierto permite a Meta integrarla en sus plataformas masivas sin depender de licencias externas, protegiendo su principal fuente de ingresos.
La jugada maestra de Zuckerberg: abrir la IA para ampliar el mercado
El debate sobre si la inteligencia artificial debe ser abierta o cerrada se ha recrudecido con la irrupción de Kimi K3, el modelo chino que ha igualado a los mejores sistemas estadounidenses. Mientras más de 25 empresas, entre ellas Nvidia y Microsoft, han firmado una declaración a favor del código abierto, OpenAI y Anthropic han quedado fuera. Zuckerberg no ha desaprovechado la ocasión para señalar la contradicción: ‘¿Los laboratorios de vanguardia van a querer que un modelo de código abierto tenga éxito? Creo que ha habido señales contradictorias al respecto’, declaró al FT.
La postura del fundador de Facebook tiene una lógica comercial aplastante. Meta no lidera la carrera de la IA generativa, pero sus plataformas —WhatsApp, Instagram, Facebook— suman miles de millones de usuarios. Si la tecnología se encapsula en modelos propietarios de OpenAI o Anthropic, el imperio publicitario de Meta dependería de las condiciones que impongan estos proveedores. En cambio, fomentar la IA abierta le permite desarrollar sus propias soluciones —como Llama— e integrarlas sin cortapisas, al tiempo que debilita el foso competitivo de sus rivales.
Una jugada de libro.
Además, el carácter descentralizado que defiende Zuckerberg encaja con su visión de una ‘superinteligencia personalizada’: sistemas que aprenden de cada usuario —recetas de cocina, rutinas de entrenamiento— y no un Dios algorítmico que decida por todos. El propio Zuckerberg ha contado cómo utiliza cámaras en su gimnasio para que la IA le corrija la postura. La idea es que ese nivel de personalización solo es viable si los modelos se distribuyen y adaptan localmente, no si permanecen encerrados en los servidores de un puñado de empresas. Aquí es donde su defensa de la IA abierta descentralizada y personalizada adquiere todo su sentido.
La verdadera batalla no es técnica, sino de modelo de negocio: quien controle la infraestructura de la IA decidirá qué voz tiene el usuario y cuánto paga por ella.
El miedo como herramienta de ventas y el frente regulatorio
En su ofensiva, Zuckerberg no solo critica la estrategia de sus rivales, sino el tono alarmista con el que venden sus avances. ‘Gran parte del discurso de los otros laboratorios está repleto de pesimismo. Es necesario que haya una voz, o varias, que aporten realismo a este debate’, declaró al NYT. Se refería a afirmaciones como la de Dario Amodei, CEO de Anthropic, quien llegó a comparar sus modelos con ‘un arma total’ que debería requerir licencia. Esa narrativa catastrofista, según Zuckerberg, no es inocente: busca empujar a los reguladores a endurecer los requisitos para los modelos frontera, lo que beneficiaría a quienes ya los tienen desarrollados y frenaría a los que, como Meta, aún están en fase de alcanzarlos.
La administración estadounidense estudia medidas restrictivas, incluida la posible prohibición de modelos chinos como Kimi K3, acusados de plagiar a Anthropic. Zuckerberg se ha mostrado contrario a estas sanciones, argumentando que no serían efectivas y que la mejor defensa es eliminar barreras competitivas internas. En otras palabras, menos regulación y más libertad para que empresas como Meta puedan competir sin ataduras. El problema es que una desregulación total también abriría la puerta a riesgos sistémicos que ni el propio Zuckerberg puede prever.
Miedo vende, pero también veta.

Lo que está en juego para Meta en el ajedrez de la superinteligencia
La virulencia de las declaraciones de Zuckerberg se entiende mejor al repasar la hoja de ruta de Meta. En 2024, la compañía invirtió más de 30.000 millones de dólares en infraestructura de IA, y para este año se espera que la cifra supere los 40.000 millones. Gran parte de ese gasto se está materializando en centros de datos, algunos en España, como el proyectado en Talavera de la Reina. Perder la batalla del código abierto significaría amortizar mal esa inversión y quedar a merced de los modelos cerrados de sus competidores, que podrían decidir tarifas y condiciones de acceso.
La regulación europea añade una capa de complejidad. El AI Act, plenamente en vigor desde hace meses, establece obligaciones para los modelos de propósito general, pero no impone el cierre del código. Sin embargo, si las presiones de OpenAI y Anthropic calan en Bruselas y se imponen auditorías previas o certificaciones obligatorias para los modelos abiertos, el coste de cumplimiento podría erosionar la ventaja competitiva de Meta. En España, el ecosistema de IA se ha decantado mayoritariamente por estándares abiertos: Telefónica Tech promueve soluciones basadas en Llama, y numerosas startups han adoptado modelos similares. Una sobrerregulación podría frenar ese dinamismo justo cuando el sur de Europa aspira a convertirse en un polo de infraestructura digital.
Zuckerberg ha sido inteligente al enmarcar el debate en términos de valores —apertura, descentralización, libertad de elección—, pero su cruzada también responde a una necesidad perentoria: evitar que la regulación mate a su negocio antes de que su negocio alcance a los líderes. La pregunta no es si la superinteligencia será posible, sino si cuando llegue, los ciudadanos tendrán algo que decir sobre cómo se gobierna. Y eso, hoy por hoy, se decide más en los despachos de Bruselas y Washington que en los laboratorios de IA.




