Las grandes tecnológicas han superado ya el billón de dólares acumulado en inversión en inteligencia artificial. Una cifra que equivale al PIB de Países Bajos y que, sin embargo, oculta un dato inquietante: el flujo de caja libre conjunto de Google, Amazon, Microsoft y Meta apenas alcanza los 7.000 millones de dólares, el nivel más bajo en una década.
Claves de la operación
- Las Big Tech han destinado 745.000 millones solo en el último año. El ritmo de inversión se acelera trimestre a trimestre, y el billón se duplicará en poco tiempo si la tendencia continúa.
- Google y Amazon registran flujo de caja libre negativo. Sólo Microsoft y Meta logran generar más efectivo del que queman, aunque en el caso de Meta la cifra se ha desplomado un 91%.
- La nube es el único escudo frente al castigo bursátil. Los inversores toleran el gasto en Google y Amazon porque sus divisiones cloud crecen a doble dígito. Meta, sin ese negocio, sufrió una caída del 9% en bolsa tras presentar sus cuentas.
El pasado trimestre dejó cifras récord de inversión. Google elevó su previsión de gasto de capital para 2026 a una horquilla de entre 195.000 y 205.000 millones de dólares, desde los 180.000-190.000 previstos. Su directora financiera, Anat Ashkenazi, advirtió que el flujo de caja libre seguirá bajo presión. La compañía cerró el periodo con un flujo negativo de 5.900 millones. Aun así, los ingresos totales alcanzaron los 120.000 millones y su división de cloud facturó 24.800 millones, un 82% más que un año antes. El beneficio neto se cuadruplicó hasta 112.000 millones, aunque parte es atribuible a plusvalías por su participación en SpaceX.
Amazon también revisó al alza sus estimaciones: invertirá 220.000 millones de dólares en 2026, 20.000 más de lo anunciado en abril, en parte por el encarecimiento de los chips de memoria. Su flujo de caja libre quedó en negativo (-7.600 millones), pero el mercado reaccionó con una subida del 9% en la acción. El motivo: AWS creció un 37%, su mejor ritmo en más de cuatro años, y la demanda de servicios de IA no da señales de agotarse. Andy Jassy, CEO de Amazon, justificó el aumento del gasto por la falta de capacidad para atender todos los pedidos.
Microsoft, por su parte, aumentó un 70% su inversión trimestral en IA, hasta los 41.000 millones de dólares, dentro de un presupuesto anual de 190.000 millones. Azure, su plataforma cloud, creció un 43% y ya supera los 100.000 millones de facturación anual. La compañía ingresó 90.000 millones en el trimestre y sus acciones subieron un 3%, aunque desde enero acumulan una caída del 17%.
Meta es la nota discordante. Su flujo de caja libre se desplomó un 91% dejándolo en apenas 784 millones de dólares, la compañía planea un gasto de capital de 145.000 millones de dólares en 2026, y los inversores respondieron con una contundente caída del 9% en bolsa. Mark Zuckerberg defendió la estrategia apelando a una futura generación de agentes de IA personales y a ofertas para alquilar capacidad de cómputo. Pero, a diferencia de sus rivales, Meta no cuenta con un negocio de nube que convenza al mercado de que la inversión tendrá retorno tangible.
El flujo de caja libre agregado de las cuatro tecnológicas apenas supera los 7.000 millones de dólares, la cifra más baja en una década.
Esa presión sobre la caja refleja una paradoja: nunca se había gastado tanto en una tecnología con tan poca visibilidad sobre cuándo será rentable. Incluso Google, que lidera la monetización de la IA a través de la nube, admite que el flujo de caja seguirá tensionado. Y la pregunta que sobrevuela todas las conferencias con analistas es la misma: ¿hasta cuándo aguantarán los inversores?
La nube, el único bálsamo en medio de la tormenta inversora
Los datos dejan claro que tener una división cloud pujante marca la diferencia entre ser castigado o premiado en bolsa. Google Cloud creció un 82%, AWS un 37% y Azure un 43%. Esos incrementos, unidos a la promesa de que la demanda de IA generativa seguirá disparada, son el argumento que sostiene las valoraciones de Google y Amazon pese a sus flujos de caja negativos.
En el caso de Meta, la ausencia de ese colchón convierte cada anuncio de mayor gasto en un lastre para la cotización. La promesa de agentes de IA o alquiler de cómputo suena bien, pero los inversores buscan negocios recurrentes y escalables. La nube lo es. Los asistentes virtuales, de momento, no.

Eso no significa que la estrategia de Meta esté equivocada. La compañía está construyendo una infraestructura de IA que podría ser la envidia del sector dentro de unos años. Pero en un entorno de tipos de interés aún elevados y con márgenes bajo presión, la paciencia de Wall Street es limitada.
España, espectador de lujo y beneficiario condicionado
En nuestro país, las inversiones de las grandes tecnológicas tienen una traducción directa. AWS ha comprometido 17.000 millones de euros en Aragón hasta 2032 para construir la mayor región cloud del sur de Europa. Google Cloud ha desplegado centros de datos en Madrid y compite con Microsoft Azure por los contratos del sector público español. Más de 30.000 empleos directos e indirectos dependen ya de esos proyectos, según estimaciones del sector.
Pero esa bonanza está condicionada a que el gasto en IA ofrezca retornos. Si la burbuja inversora se desinfla, los planes de expansión podrían ralentizarse. No estamos ante un riesgo inminente, pero la salud financiera de los gigantes tecnológicos afecta directamente al ecosistema digital español. Cellnex, por ejemplo, que compite por albergar infraestructura de datos, observa con atención cada movimiento de estos hyperscalers.
La experiencia histórica también da pistas. En la burbuja de las puntocom, el exceso de inversión en fibra óptica dejó cicatrices durante años. Ahora el despliegue es más ordenado y la demanda de servicios cloud es real y creciente, pero el riesgo de sobrecapacidad no ha desaparecido.
En última instancia, el desenlace se escribirá en los próximos trimestres. Los inversores aguantarán siempre que la nube siga creciendo a doble dígito. En cuanto esas tasas se moderen, la presión sobre los consejos de administración se multiplicará. Y en ese escenario, ciudades como Zaragoza o Madrid notarán antes que nadie si el gigante tropieza.




