Fallece Josep Vilarasau, el banquero que refundó La Caixa y creó el mayor grupo financiero español

Josep Vilarasau modernizó las cajas de ahorro, impulsó la expansión territorial y diseñó el holding industrial que hoy sostiene a la Fundación La Caixa. Su fallecimiento deja sin un referente clave a la élite financiera catalana.

El pasado 28 de julio, a los 93 años, fallecía en Barcelona Josep Vilarasau, el hombre que transformó una caja de ahorros regional en el mayor grupo financiero español. Su muerte cierra un capítulo esencial en la historia de la banca española.

Nombrado director general en 1976, en plena transición, Vilarasau comprendió antes que nadie que las cajas necesitaban músculo industrial y una red de sucursales que desbordara Cataluña. Apostó por la tecnología cuando la banca aún funcionaba con talonarios, y protagonizó adquisiciones decisivas: absorbió cajas como la de Canarias o la de Baleares, y disparó el volumen de negocio hasta convertir a La Caixa en la primera entidad financiera del país por activos.

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Pero su jugada maestra fue la creación de un holding inversor que hoy sostiene los dividendos de la Fundación La Caixa. Con participaciones en Repsol, Telefónica, Naturgy y CriteriaCaixa, dotó a la entidad de una pata industrial que garantizó su independencia y su obra social. De hecho, fue él quien ligó la actividad bancaria con la cultura y la cooperación internacional, anticipándose a la RSC una generación antes de que se pusiera de moda.

Entre los jóvenes que fichó y encauzó destacó la infanta Cristina, a quien contrató en 1993 y años después puso al frente del programa de cooperación. Un fichaje hoy controvertido, pero que en su momento fue la mejor carta de presentación de la Fundación. Vilarasau supo leer el momento y proyectó una imagen de modernidad que reforzó el prestigio de la entidad en círculos nacionales e internacionales.

El funeral, celebrado en Barcelona, congregó a la plana mayor de la política y la economía catalanas. Asistieron los expresidentes Pujol y Montilla, el presidente del Parlament Josep Rull, y la cúpula de CaixaBank y la Fundación, desde Isidro Fainé hasta el consejero delegado Gonzalo Gortázar. Una despedida que dejó claro el peso específico de Vilarasau en la arquitectura institucional del país.

Fue quien puso la primera piedra de un modelo de banca social que aún hoy asombra a los analistas.

Un legado que va más allá de las finanzas

Vilarasau no se limitó a los balances. Impulsó la colección de arte contemporáneo de la Fundación y participó en el el diseño de una estrategia cultural que hoy es referente en Europa. La fotografía, las exposiciones itinerantes y la cooperación internacional llevaron el nombre de la entidad a lugares donde las sucursales nunca habrían llegado.

Esa visión integral encontró en la infanta Cristina una aliada inesperada. En 1994, un viaje discreto a un hospital de Sierra Leona despertó en ella la vocación por la cooperación. Vilarasau, atento a las señales, le ofreció en 1997 ponerse al frente del área cuando La Caixa decidió destinar el 0,7% de su presupuesto a proyectos solidarios. Fue un movimiento de largo recorrido: tres décadas después, la obra social de la Fundación sigue siendo uno de los pilares de su reputación.

El modelo Vilarasau: ¿herencia o espejismo?

El esquema caja-fundación-holding que diseñó Vilarasau sobrevivió a la reconversión bancaria, a la crisis financiera de 2008 e incluso a la transformación en CaixaBank. Sin embargo, el entorno actual de tipos bajos, digitalización forzosa y consolidación europea plantea dudas sobre su vigencia. La rentabilidad del negocio ya no descansa tanto en las participadas como en el margen recurrente de clientes, y la presión regulatoria ha diluido la capacidad de la Fundación para influir en la estrategia del banco.

No obstante, la hoja de ruta que él trazó sigue siendo el ADN de la entidad. Los más de 11 millones de clientes, la red de oficinas capilar y el dividendo social son herencia directa de un banquero que nunca fue ‘hombre de un solo tercio’. Vilarasau entendió la banca como un servicio público antes que como una máquina de crear valor para el accionista. Y eso, en una España acostumbrada a la fusión constante, es su gran victoria póstuma.

La pregunta que queda en el aire es si este modelo resistirá el siguiente ciclo. Por ahora, la capilla ardiente ha servido para recordar que, sin Vilarasau, La Caixa no sería lo que es. El tiempo dirá si su legado aguanta otro cuarto de siglo.


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